
Según los peluqueros mi corte no me favorece nada. Tengo el cabello seco, las puntas destrozadas. El champú que utilizo es malísimo, no me puedo alisar el pelo con planchas porque se estropea. Y me tendría que aplicar una mascarilla todas las noches, sérum todas las mañanas, sanearme cada tres semanas y por supuesto comprar todos los productos que encarecidamente me recomiendan.
Lo primero, ¿habrá alguien que tenga la dedicación para seguir sus consejos a rajatabla?
Lo segundo, ¿desde cuando sacarse el título de peluquería conlleva una pérdida de la respeto al prójimo y de la discreción?
No voy a la peluquería para que me digan que voy hecha un adefesio, que he llevado un crimen en la cabeza durante meses, para que tenga que disculparme si no quiero comprar productos capilares en cantidades industriales. Y después viene ese intento de amabilidad, cuando te ofrecen té a la mandarina o agua de los manantiales de Tahití. Por favor, si me acabas de mirar las puntas con cara de asco absoluto. ¡¡Sólo quiero que me cortes el pelo, por el amor de Dios!!
Luego está el efecto "molo mazo". Una vez pasé por delante de una peluquería en el Soho londinense. Tenía butacas de cuero de barbería, papel pintado en las paredes. Me gustaba el aspecto de los peluqueros, sonaba buena música y había polaroids en el escaparate de clientes recién peinados con cortes estupendos y sin complicaciones (nada de puntas disparadas o tintes de concurso regional de estilismo capilar)
Entré y no me ofrecieron té de flor de jazmín, les tuve que pedir que me sirviesen un vaso de agua. Lo que me pareció una buena señal: que iban al grano. Pero entonces el peluquero me empezó a hablar de que había vivido en una casa ocupa para artistas en París, y les cortaba el pelo a todos ellos, de que componía música en su cabeza mientras pedaleaba en su bicicleta de camino al trabajo. Más adelante le dio por poner en el ipod música de sus grupos favoritos: "¿Conoces a The The Teenagers?, escucha esta canción, es lo mejor." Y acto seguido se pone a cantar: "Me gustan tus tetas, me gusta tu culo" mientras me desfila mechones. Yo no es que sea una novicia, pero como una tonta, me pongo roja como un tomate, más que nada porque no te esperas escuchar eso en boca de tu peluquero.
Me entraron ganas de decirle: querido mío, tienes una historia personal bohemia y encantadora, un gusto impecable en letras de canciones. Pero ¿no te das cuenta de que no quiero pagar un riñón para que me dejes como alguien que duerme en una casa ocupa, por mucho que sea de artistas, y en París? Quiero que me dejes de portada de revista. ¿Capito? ¿O es mi petición demasiado banal para tu aguda sensibilidad estética?
A lo que iba: necesito urgentemente un tijeretazo pero no se dónde ir. La única peluquera del mundo que me gustaba ha desaparecido sin dejar rastro. Me regañaba sólo cariñosamente ("qué pelos de hippy que traes" era lo máximo que me decia), era amable, divertida y cortaba el pelo tan bien... Tamara, si lees esto, ponte en contacto con tu cliente que te echa de menos.
¿Soy una maniática y una exagerada?¿Os sucede a vosotros lo mismo?