Es de cajón que debamos adaptar nuestro vestuario a cada ocasión. Nos vestimos para ir a trabajar, para un cierto tipo de ceremonia, para una fiesta, para la ópera o para descansar. Pero resulta que hay quien lo lleva hasta las últimas consecuencias. Una de las cosas que más me impactó en un artículo sobre la vida de Pattie Boyd, es que su segundo marido, Eric Clapton veía los partidos de cricket en la tele vestido con la ropa que se usa en este deporte. Y cuando decidía poner alguna de las partes de la trilogía El Padrino, cocinaba pasta, e intentaba verse lo más italiano posible.
Un comportamiento que más que excéntrico debe calificarse como "infantil". Me recuerda a los niños que se ponen a ver un DVD de Superman con la capa roja encima. Pero Clapton no es el único dado a estas excentricidades, por lo visto, Kelly Osbourne intenta hacer lo mismo cada vez que sale, porque le gusta y porque le divierte: ha declarado que cuando va a restaurantes chinos, se pone un kimono. Alguien le tendría que decir que quizás el lugar más apropiado para lucir su kimono es un restaurante japonés. Pero sin duda este caso es más divertido que el ligeramente preocupante de Eric Clapton.
Pensándolo bien, hay un montón de ocasiones donde llevamos la etiqueta hasta el límite. Cuando los fans se visten como sus ídolos para asistir a sus conciertos. (Kate Moss parecía una de sus groupies de los 60 en uno reciente) Las asistentes a un desfile de moda que tienen que ponerse ropa del diseñador que está presentando la colección (lo más probable es que luego no tengan que salir corriendo a otro). Los aficionados al fútbol que lucen camisetas y bufandas de su equipo para ver los partidos. Yo misma metí en la maleta ropa con un aire "Evita" para mis vacaciones en Buenos Aires. Y me divierte ir de francesita en París.
Y relacionado con el post anterior, cuando fui al cine a ver Sexo en Nueva York, me di cuenta de que había varias chicas ataviadas "a lo Carrie". Me encanta que la gente se arregle para la ópera o el ballet, que se pongan sombreros para ir a las carreras de caballos y no me parece escandaloso que Sergi Arola exija chaqueta para entrar en su nuevo bistro madrileño. La ropa también se convierte en parte del acontecimiento. Es un acto ceremonial y a la vez lúdico, que me gusta ver.
Claro, que como en todo, esto puede llegar cruzar la línea de lo ridículo. Abandonarse al look festivalero con el horrendo gorro de gnomo-juglar incluido, ir al fútbol vestida a lo Victoria Beckham (es más común de lo que pensáis), los fotógrafos que van a cubrir una rueda de prensa local en plan fotógrafo de guerra (chaleco, pantalones cargo...), los que se visten de yuppy de los 80 para las reuniones de trabajo :)
¿Se os ocurren más de estos excesos?