Las fans de Ewan McGregor, entre las que me encuentro desde que lo ví en Trainspotting (para que nos vamos a engañar), no estamos precisamente de enhorabuena. El actor escocés, sin comerlo ni beberlo, está amenazado de muerte... y yo con un sinvivir que no os hacéis idea.
Resulta que el chico nos ha salido aventurero y ha emprendido un viaje en moto por África -como ya hiciera en 2004 por otros territorios- con la intención de filmar a los gorilas de montaña para la cadena de televisión BBC, al tiempo que visitar diferentes proyectos de ayuda en distintos países del continente. Una buena causa que, sin embargo, a los milicianos congoneses no les ha debido parecer una idea de lo más oportuna. Felix Mahoro, jefe de la milicia FDLR de la República Democrática del Congo, ha sentenciado: “No se nos escaparán los hombres blancos que atraviesen nuestro territorio”. Un poco chungo sí que suena. La amenaza es clara y meridiana, lo que no alcanzo a entender son las razones. Pero, ¿qué le ha hecho Ewan McGregor a este tal Felix?, me pregunto. En cualquier caso, no me gustaría estar en el pellejo del actor.
Así que desde que leí la noticia estoy que no pego ojo. Hay pocos actores de los que vaya al cine a ver cualquier pelicula suya por el mero hecho de que estén en el reparto, hayan puesto bien o mal las críticas a la película, encuentre a alguien que venga conmigo a verla o no. Uno de ellos es Ewan, el otro es Mark Ruffalo. Sólo por verlos, para mí, merece la pena pagar la entrada. Y ahora vivo con la incertidumbre de que si se cumple la amenza de muerte, no podré volver a hacerlo.
Tres meses que voy a andar con esta incertidumbre, esta angustia, este sinvivir, porque es ese el tiempo que, en total, durará el viaje de Londres a Ciudad del Cabo que tiene previsto realizar en compañía de su amigo, el actor inglés Charley Boorman. No me explico como nadie puede desear la muerte a alguien con el que se me ocurren ciento un mil cosas diferentes que hacerle, nada que ver con matarlo.