Esta semana se estrena 'Movida bajo el mar' en España, nueva película de animación sobre un pececillo llamado Chip que, tras haberlo perdido todo se va a vivir con su Tía Perla a un exótico Arrecife. Allí conoce al amor de su vida, Leti, una preciosa y encantadora pececilla. O sea, una nueva cinta de animación sobre peces.
Y ahora nosotros nos preguntamos, ¿es que los creativos de las películas de dibujos no saben hacer otra cosa que repetir temáticas? Descubren una y la explotan hasta la saciedad: hace poco 'Ratatouille', dedicada al apasionante mundo de los roedores, en el cual ya nos habíamos adentrado con 'Ratónpolis' y alguna que otra más ('Stuart Little', por ejemplo). A mediados de agosto, 'Locos por el surf', sobre unos pingüinos muy chachis, que debían ser primos hermanos de los que llegaron en enero con 'Happy feet'. Y ahora, esta 'Movida bajo el mar', por si no habíamos tenido suficiente con 'Shark Tale', 'Buscando a Nemo' y alguna que seguro se me escapa.
Se asocia perfección con la imitación fidedigna del mundo real, y no con valores artísticos como un guión, unos personajes bien construidos, un buen nivel cómico o satírico, y, mientras tanto, se repite hasta la saciedad la fórmula de poner a animalitos parlantes en situaciones dramáticas más bien simplonas que sirven para suministrar al público infantil ciertos valores morales básicos acerca de la convivencia, el respeto y la tolerancia y, de paso, unos cuantos chistes llenos de acidez políticamente correcta o de referencias a la cultura pop para que los padres tenan algo con qué entretenerse entre moralina y moralina.
¿Significa eso que el cine de animación está en dique seco? Posiblemente, pero puede ser también que se trate de una simple coyuntura. De hecho, 'Ratónpolis' es una película francamente divertida –se nota la mano de la productora británica Aardman, creadores de 'Wallace y Gromit'--, y 'Happy Feet' tiene, además, un puntito bastante oscuro, referencias religiosas sorprendentemente profundas y un mensaje ecológico bastante más sofisticado que el típico “sé tú mismo”. En cualquier caso, como decimos, es una coyuntura. Nuevas vías para el cine de animación se abrirán cuando la representación virtual de los rasgos humanos alcance la misma perfección que la del pelaje de un asno. Y ahí está el peligro.
De hecho, muchos actores especialmente histriónicos como Robin Williams o Jim Carrey debieron quedarse bastante preocupados cuando vieron en pantalla a Gollum, el bicho de 'El señor de los anillos', que, aunque inexistente, es mucho más expresivo y creíble que, pongamos, Ben Affleck. Muchos de nosotros estaríamos de acuerdo en que un señor virtual sustituyera a Ben Affleck en todas las películas que le queden por hacer –y, si es posible, también en todas las que ya ha hecho--. Es sólo cuestión de tiempo que eso sea tecnológicamente viable.
Pero mientras esto sucede (¿de verdad que no lo imagináis? No volver a ver a Ben Affleck en pantalla... qué bonito...), lanzamos un ruego a los productores y guionistras de las películas de animación: ¡Échenle imaginación, por Dios, que esto empieza a recordar al Día de la Marmota!