"Oviedo es una ciudad deliciosa, exótica, bella y peatonalizada; es como si no perteneciera a este mundo como si no existiera... Oviedo es como un cuento de hadas". Con estas palabras ha manifestado en alguna ocasión su admiración por Oviedo el director Woody Allen. Pero como, sigamos así, el amor que tiene Woody Allen por la ciudad asturiana va a ser cada vez menos. Pareciera, además, que este amor es inversamente proporcional al que tienen algunos de sus ciudadanos al cineasta, o al menos a la estatua que se le dedica al cineasta en la ciudad.
Estatua que fue levantada en la calle Milicias Nacionales de la capital asturiana, y que reproduce al artista caminando. Convertida, además, en un punto turísitico más donde los visitantes aprovechan para tirarse la foto de turno. La escultura de bronce, de estilo hiperrealista, ha sido objeto de numerosos daños y agravios desde que fue instalada. Recientemente lo fue de nuevo. Vamos, que la han tomado con Woody en Oviedo.
Parece que los vándalos, que actúan básicamente amparados por la oscuridad de la noche, se encanan principalmente en las gafas, tan características del director. Más de una y de dos veces ha amanecido el Woody Allen de bronce con parte de las gafas arrancadas, acción que requiere el uso de herramientas específicas ya que las gafas están soldadas el conjunto escultórico. Lo cual me hace pensar que hay premeditación y alevosía, además de la mencionada nocturnidad.
En esta ocasión, los agresores de la estatua estaban más inspirados que de constumbre y han ido más lejos. La estatua amaneció, a parte de con las habituales gafas partidas, con un pendiente en la oreja y los labios pintados de rojo. Podría afirmar, incluso, que estaba inspirados gracias al alcohol ingerido: la "sacrílega remodelación estética" se produjo en una noche de las fiestas de San Mateo que se celebran en Oviedo. El cineasta neoyorquino tiene más pinta de una drag-queen que de intelectual gafa-pasta que toca el saxo.