Vaya por delante que me encanta la música, que de haber tenido talento, me hubiera dedicado a tocar la guitarra eléctrica en un grupo de rock y a desgañitarme a lo Janis Joplin. Por desgracia, el don no estaba en mi dosis de genes, no había nada a lo que se le pudiera sacar partido, y tampoco me valía el ejemplo de The Sex Pistols, unos matados que no tenían ni puñetera idea y que, sin embargo, inventaron el punk y marcaron un antes y un después en la historia del rock. Me habría gustado, si acaso, ser un poco como Chris Cornell o Nick Cave.
Confieso este delirio de supuesta grandeza sólo por insistir en que me encanta la música, no toda pero sí la suficiente como para considerarme una persona ecléctica y con criterio para discernir lo bueno de lo no tan bueno, los sonidos que revitalizan de los que saturan. No cuento todo esto por presumir, ya que sería una estupidez, sino por aclarar que prefiero lo "alternativo" a lo "comercial" (ambos son términos manidos e inexactos, pero a falta de pan...) e introducir, de paso, el tema de este post.
¿Qué es una perversión musical? Imagínate por un momento que eres heavy metal, que tienes tu habitación empapelada con pósters de Metallica, Megadeath, Anthrax... y que te flipa Bryan Adams... ¿No es un poco incongruente? Pues de eso se trata: de que te guste en privado un artista del que renegarías en público, porque no crees que esté a la altura de tus preferencias o porque le encuentras un punto que te avergüenza. Lo mismo valdría para una canción, claro. Conozco a gente muy indie que adora el 'Crazy In Love' de Beyoncé; o a un fan de Beck y de Yo La Tengo a quien le va José Luis Rodríguez "El Puma". Increíble pero cierto.
Por supuesto, yo también tengo mis perversiones musicales. Me resulta difícil conciliar a, por ejemplo, The White Stripes (les debo un post en este blog, son estupendos) con Laura Pausini; o a Faith No More con Ella Baila Sola; o a el 'Everyday I Love You Less And Less' de Kaiser Chiefs con el 'Incomplete' de Backstreet Boys; o el 'Cerrado Por Derribo' de Joaquín Sabina con el 'Juntos' de Paloma San Basilio (sí, sí, aquel "juntos, amor para dos, amor en buena compañía..."), etc.
Y ahora que lo pienso, aquel 'Quién Maneja Mi Barca' de Remedios Amaya debería haber ganado la edición de Eurovisión de 1983.