Daniel Craig está de nuevo en boca de todos desde que ha saltado la noticia de que en breve volverá a meterse en la piel del superagente
James Bond. Y es que con Casino Royal, el actor ya dejó sin argumentos a todos los internautas histéricos que desde sites como craignotbond.com le estuvieron poniendo a parir por su elección para el papel de
007, por ser rubio, bajito y de ojos azules. Es posible –sólo posible-- que no sea el mejor Bond que ha existido –todavía--, pero hay algo de lo que ni siquiera Sean Connery fue capaz: por fin alguien ha perdido toda condescendencia sobre el personaje y se lo ha tomado en serio.
Casino Royale vino a significar para 007 lo que
Batman Begins supuso para el murciélago: un reseteado. Fue el primer libro de la serie Bond escrito por
Ian Fleming, y lo que lo convirtió en el relato ideal para un renacer. Su adaptación revigorizó una saga exhausta, que se venía apoyando en coreografías cada vez más improbables y gadgets cada vez más idiotas para disfrazar su sequía creativa. Para cuando se estrenó
Muere otro día en 2002, Bond era ya menos un hombre que una colección de tics previsibles, parodiables –por algo nació Austin Powers-- y, en buena medida, autoparódicos. Pero esta vez no hay coches invisibles que valgan, ni rayos mortales que vengan el espacio. En Casino Royale, la mayor parte de las leyes de la física fueron debidamente respetadas. Y, de algún modo, la película funcionó como si sus predecesoras nunca hubieran existido. Cuando al nuevo Bond le preguntan si prefiere su Martini mezclado o agitado, él responde: “¿Tengo cara de que eso me importe?”. En ese instante,
uno siente como si el papel nunca hubiera pertenecido a otro actor.
Ninguno de sus predecesores, por ejemplo, se habría atrevido a mostrarse tan brutal como Craig, aunque usted y yo sepamos que esa faceta de Bond, aunque oculta para nosotros, siempre estuvo ahí. En Casino Royale, Bond trató de aprender a domesticar sus impulsos, y ahí reside su peligro. Es capaz de matar a cualquiera si lo desea, y el caso es que lo desea, y que esos deseos le preocupan, aunque no lo suficiente. Así pues, una de las grandezas de Craig es que daría el pego interpretando al más sangriento de los enemigos de Bond, por ese físico de granito, por esa virilidad magullada, por ese encanto brusco y porque es un tipo asolado por la rabia, el miedo y la vulnerabilidad –frente al amor, principalmente--. Esas flaquezas, no nos cabe duda, desaparecerán con el paso del tiempo, pero es una suerte haber tenido ocasión de disfrutarlas.
¿Y tú qué opinas? ¿Crees que Daniel Craig es el mejor James Bond hasta la fecha? ¿Hubieras escogido a otro para la próxima entrega?