Hasta ahora tenía a Ramón Calderón por un arribista, un sujeto sin demasiados escrúpulos que se puso hace años como meta alcanzar la presidencia del Real Madrid, y no ha parado hasta conseguirlo. Llegó a la presidencia utilizando todas las argucias mafiosas que aquel documental de Telecinco dejó en su día al descubierto, y jamás alcanzó la legitimación de la masa social del club porque la faltó la gallardía necesaria para convocar nuevas elecciones el mismo día en que logró que se invalidara el voto de tantos socios que lo habían efectuado por correo. Hasta ahí, tampoco diferiría de algún otro que le precedió con parecidas maniobras, si no fuera porque Calderón pasará a la historia como un traidor que aprobó todas las gestiones de Florentino Pérez antes de proceder a apuñalarlo. Lo mismo que hizo con su compañero de Junta Fernando Martín “El Breve”, cuya designación no osó rechistar.
Lo ocurrido en la Asamblea del pasado domingo sitúa a Calderón en las cloacas de la miseria, y así lo entendió el socio, que pasó al grito de “ ¡Calderón, dimisión, dimisión!” tanto en el Palacio de Congresos, por la mañana, como en el Santiago Bernabéu, por la noche. Porque si ya fue una golfería oficiar la asamblea en pleno puente de la Constitución, a fin de que sólo fueran los socios correligionarios (apenas acudió la mitad de los dos mil compromisarios), mucho más miserable fue su actitud de llevar a los ultrasur (su simple connivencia con este grupo ya le delata) para que durante toda la Asamblea acosaran a los socios opositores al lindo grito de “¡hijos de puta, antimadridistas!”. Eso, y votar unas cuentas en medio de ese acoso, obligando a los opositores a votar a mano alzada con una tarjeta roja bien visible, sólo habla de la escasa catadura moral del sujeto que hoy preside al Real Madrid, el club más grande del mundo que jamás imaginó llegar a semejante estado de degradación.
Pero que se armen de paciencia sus opositores porque Calderón va a aguantar como sea lo que le queda de mandato. “No van a conseguir doblegarme” insiste cada vez que se le pregunta al respecto. Y el socio no tiene ninguna duda de que se va a aferrar al cargo como la hiedra al muro aunque para ello vaya arrastrando su dignidad por los suelos. Por eso no le importa que el Bernabéu pida su cabeza antes que la de Schuster, o que los socios le llamen ladrón y chorizo en la Asamblea. Ver a sus familiares abrazarse alborozados después del bochorno que hubo de pasar en el cónclave matinal ya lo dice todo.