Para quienes, cuando niños, vivimos aquella final de la Eurocopa del 64 en el Bernabéu, admirando la clase de Suárez y de Amancio, y bendiciendo la pericia del goleador Marcelino, la proeza de este año en el Prater vienés ha tenido un sabor muy especial. Sí, porque yo estaba harto ya de escuchar aquella salmodia de que la Selección no ganaba nunca nada, y todas esas majaderías que respondían, sobre todo, a ese sentimiento tan derrotista que nos ha llevado siempre a censurar al equipo nacional de fútbol, más allá de sus verdaderas posibilidades. Por ejemplo, nadie criticó nunca a nuestra Selección de baloncesto por no ganar un gran título, a pesar de que también nuestros clubes se distinguieron históricamente en el Viejo Continente. O a la de balonmano, con equipos aún más laureados; sólo a la de fútbol, sin pararnos a ser consecuentes en que nunca hubo una selección, desde aquella del 64, tan apañada como ésta, que empieza a ser la envidia del fútbol mundial más por su juego exquisito que por su palmarés. De eso, tanto o más que del título continental, empezamos a sentirnos orgullosos.
Orgullo de ser español en un año en el que nuestro deporte ha alcanzado éxitos hace bien poco inimaginables. No está mal que empecemos a presumir de patria sin que nadie nos achaque por ello un determinado tipo de creencias políticas, por otra parte igual de respetables. Orgullo de que los himnos de España hayan sonado por todos los rincones del planeta. Por las gestas colectivas, las menos, y, sobre todo, por las gestas individuales que, acumuladas, hablan mucho y bien de la salud de nuestro deporte de élite. Porque hablamos de baloncesto y ya no está solo Gasol, sino Calderón, Marc, Rudy, Sergio y los que están por llegar con Rubio y Claver a la cabeza, y con nuestra Selección como estandarte. Y hablamos de ciclismo y no es sólo el nombre de Contador, sino los de Valverde, Sastre, Sánchez. Y lo mismo si hablamos de Nadal, pues detrás de él llegaron los hombres que nos regalaron la Davis, por la que, sin ánimo de ofender, hay que sacar el pecho justo (y sobre todo su impresentable presidente). Como en el motociclismo vemos ya la estela de Pedrosa, Lorenzo y Bautista en fenómenos emergentes, como Espargaró o Márquez. Y podríamos continuar con una relación interminable.
Pero que nadie se apunte más tantos de los que se merece porque se muere antes de éxito que de trabajo. Resulta deleznable, por ejemplo, que algunos medios afines al régimen quieran cargarle todo el mérito a la gestión del señor Lizzavetsky, al que no seré yo quien le niegue el trabajo aunque sí me atreva a discutir sus métodos. Sería muy conveniente, en medio de esta borrachera que nos atonta, que diéramos en recordar que todos los éxitos que el año ha venido encadenando han sido conseguidos por deportistas que ya destacaban sobremanera cuando el aspirante a Ministro empezó a encargarse de los asuntos deportivos. Si acaso, el trabajo del Secretario de Estado comenzará a notarse en un futuro cercano, cuando alcancen su madurez los chicos que hoy aún se están forjando. Será grande el estímulo que encuentren en los triunfadores de hoy, pero bien escaso el apoyo que siguen recibiendo en la base. Esa es la verdadera asignatura del señor Lizzavetsky y de quienes pretendan sumarse al carro de la gloria. En ese sentido, convendría recordar que seguimos muy lejos del apoyo que el deporte español, a través del Plan ADO, encontró en los años previos a los Juegos de Barcelona. Y han pasado ya dieciséis años.