Incluso viniendo de Villar, personaje que se ha creido adornado por
dones sobrenaturales, cuesta entender la decisión de nombrar a Ramón
Calderón presidente encargado de la organización de los actos del
Centenario de la Federación Española de Fútbol. Se preguntará el
personal qué es lo que le ha movido a Villar a poner en entredicho la
honorabilidad de la Federación y no hallará otra respuesta que la del
pago de algún favor. Y acierta, claro, porque el personal no es tonto.
Ocurrió
en aquellos momentos en los que el CSD presionó a Villar para que
convocara elecciones en el tiempo y la forma que determina la Ley del
Deporte, y que obligó al presidente a recurrir al amparo de la FIFA,
que le recordó a Lizzavetsky que la Federación es un ente privado,
independiente y autónomo, que no le tiene que dar explicaciones a nadie
y que sólo ha de someterse a la tutela de la FIFA. Fue entonces cuando,
por si quedaban dudas, hizo su aparición pública el presidente del Real
Madrid para mostrar su apoyo a Villar y dejar corrido y sin
señuelo al Secretario de Estado, al que no le quedó otro remedio
que hacer mutis por el foro para desconsuelo e irritación de los
francotiradores que querían acabar con Villar.
"No
dejo tirados a los amigos" ha dicho, utlizando un argot muy propio del
hampa, para responder a compañeros y colaboradores que le han hecho ver
la temeridad de su decisión. Le faltó decir: uno de los nuestros. No le importa. Si antes de ganar la
Eurocopa ya se creía por encima del bien y del mal, ahora, con el
título en las vitrinas, ya se siente indestructible. Y lo peor de todo
es que lo es. Por eso lleva veinte años al frente de la Federación. A
pesar de inmoralidades como ésta.