Ser un recién llegado siempre es difícil. Sobretodo cuando la intención de uno no es la de apuntarse al comité de festejos de la parroquia ni la de aceptar un trabajo basura por el que apenas le paguen unos pocos dólares a final de mes. Cuando uno llega a la ciudad con la idea de apoderarse de ella no puede esperar ser recibido con vítores y quilos de confeti lanzado desde las ventanas de la calle principal.
Debe aparecer con el mayor sigilo posible, investigando sobre quién se encarga de todos los trapicheos del lugar y elaborando un cuidadoso plan de ataque. No se trata de llegar y empezar a disparar a diestro y siniestro para demostrar que eres un tipo duro, sino de comportarse como la peor de las enfermedades, aquella que no sabes de dónde ha venido pero cuando te quieres dar cuenta el médico te ha dado dos semanas de vida.
Así fue mi llegada. Silenciosa. Tranquila. La llegada de un viajero más entra en Indianápolis y no sabe cuanto tiempo permanecerá en la ciudad. Sabía que tenía una semana de margen antes de que nadie supiera de mi existencia, así que la aproveché para empezar a fundar las bases de mi futuro negocio. Contraté a un par de tipos, algo caros para mi gusto, y les encargué que empezaran a extorsionar a algunos comerciantes del distrito en el que había decidido instalarme (el que me pareció más tranquilo por aquél entonces).

“Nada de nombres”, les dije. “Nada de entrar y empezar a romper cosas diciendo que os he mandado aquí”, les insistí. Lo único que quería era que hicieran su trabajo. ¿Quién los mandaba? Con un poco de suerte los tenderos presupondrían que era cosa del mafioso local de turno y antes de que ataran cabos ya habría recopilado el dinero suficiente cómo para plantar cara a quién fuera necesario.
La cosa empezó bien. Mientras Jack y Peter –realmente no tenía ni la más remota
Mi primer golpe fue improvisado, fruto de la casualidad. Me encontré a altas horas de la madrugada con una calle desierta y una anciana emperifollada hasta los topes con toda clase de joyas y me dije: “¿Acaso no es eso una señal divina?” y decidí llevarme algunas de las cosas brillantes que colgaban de aquella especie de árbol de Navidad. Fui bueno, le dejé a la pobre mujer un colgante de un santo que no llegué a reconocer y la sortija de matrimonio. Lo otro, tras llevarlo a la casa de empeños, me supuso setenta y cinco dólares extra.
Tras eso empecé con los golpes de verdad. Robé un par de coches y conseguí unos cinco de los grandes. Eso me animó a seguir por el mismo camino y me empeñé en robarle el coche a un ricachón que acudía todas las noches al teatro. Fue realmente frustrante, porque cada vez que me disponía a realizar el trabajo al tipo le daba por salir del teatro a fumar un cigarrillo. No importaba que cada noche actuara a una hora distinta, era como si una especie de sexto sentido lo avisara. Estuve a punto de dejarlo por imposible, pero si tengo un defecto es la cabezonería, así que insistí hasta que, tras diez intentos fallidos, logré mi objetivo y me sentí realizado por un momento. Había llegado el momento de dar un salto. Un atraco. Uno de verdad. A una joyería.
Una vez al mes Rubenstein recibía los diamantes más nobles de los Países Bajos para crear sus joyas. Estaba seguro que un atraco a su almacén valdría la pena, así que estudié la zona durante un par de días y me decidí. Mañana a las 22:00. Sin duda alguna, ese sería un punto de inflexión. Si hacía un buen trabajo, empezarían a oír hablar de mí; si metía la pata, acabaría entre rejas y mi aventura en el mundo del hampa habría terminado.
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