Cuando me llegó la noticia de la inminente ejecución de mi viejo amigo Barbaroja, el corazón me dio un salto, como si tratara de escapar violentamente de mi pecho. Y es que el viejo bribón me había salvado en más de una ocasión de una muerte segura y dos años atrás me prometí a mi mismo que si llegaba el día en que pudiera devolverle el favor, lo haría.
Por desgracia, en mi situación actual era toda una temeridad ni siquiera el hecho de plantearse tal proeza, así que decidí que antes de hacerlo – aún temeroso de que la espada de Democles que pendía sobre la cabeza de Barbaroja acabara cayendo – me prepararía a conciencia. Fui a la cantina más cercana y recluté varios hombres, hasta conseguir llenar mi barco con más de setenta y cinco bravos corsarios, compré munición suficiente para estar preparado contra cualquier contratiempo, llenando mis bodegas con más de dos mil quinientas balas de cañón, y renové mi arsenal de cañones con diez preciosidades que ampliaban mi poder destructivo hasta las treinta y cinco bocas negras.

Aunque el tiempo seguía corriendo en mi contra decidí realizar unas cuantas salidas al mar con mi nueva tripulación para conseguir que alcanzaran la experiencia necesaria para no salir corriendo en pleno combate o convertirse en un lastre para el resto de la tripulación si el mar se empeñaba en tragarnos, como solía ser desgraciadamente habitual. Rebusqué en un par de mis escondites y recogí un buen puñado de dinero, algo más de cien mil monedas de oro, cantidad que consideré suficiente para salvar cualquier contratiempo, y me encaminé hasta el puerto más cercano. Tanto tiempo de cacería de monstruos por fin empezaba a tener sentido.
Todo se complicó al llegar al astillero y colocar los cañones que acababa de comprar hacía apenas unos días. Haciendo gala de una estupidez impropia de mí, descubrí que sólo tenía espacio para treinta de ellos, cosa que convertía la operación de rescate en algo totalmente inviable. Por un momento estuve tentado a desistir, pero finalmente decidí que haría lo imposible por conseguirlo y me lancé a la caza de bestias marinas con el objetivo de conseguir las doscientos cincuenta mil moneas de oro que requería de la compra de un nuevo barco, más otras cien mil para financiar la operación.
Fueron días difíciles y tras varios días el destino me deparaba una sorpresa que tardaría mucho tiempo en olvidar. Algo que tal vez me llevaría de nuevo a la gloria como corsario.
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