La atracción y el deseo sin besos son como un pez sin bicicleta. Y hay besos y besos. Los mejores salen a base de prácticas. Por eso hoy aquí vamos a hacer un ‘Taller de veraniego de besos’. No existe denominación de marca en el arte y el placer de besar. Pero hay gente que lo hace bien y quien francamente mal. A nadie nos enseñan, el aprendizaje en el 90% de los casos es a salto de mata.
Hay besos fugaces, ósculos tímidos de principiantes que no tienen ni idea, retorcimientos de labios y clavadas de lengua que asustan y salimos corriendo, roces fríos labiales, achuchones estridentes, reajustes cínicos. En fin, mucha morralla y poco palmarés. Lo ideal, practicar a diario. No hace falta a la hora de la despedida matinal un beso de tornillo que dura más de veinte minutos, aunque siempre es bienvenido. Varios besos al día -en sus distintas variantes- es el mejor instrumento de comunicación entre dos personas que se gustan, se quieren o se atraen. El deseo se larva cada día, degustando partes del cuerpo de la pareja.
La mayoría de las personas, mujeres sobre todo, no son capaces de hacer el amor sin besos. Y muchos hombres 'idem'. Un beso se puede dar en cualquier parte, a cualquier hora y bajo circunstancias miles. Pero, de entre todas las variantes de besos, ¿cuál es la de Óscar? Ese que permanecerá siempre en nuestro imaginario afectivo. ¿El primero, el último, el que nos quita el ‘sentío’, ese inesperado que nos derrite de emoción, el llamado ‘negro’?
Cuando nuestros encuentros sexuales son sofisticados, cargados de erotismo, sensualidad y mucho conocimiento, sentimos la necesidad del avance insaciable. El ir más allá. Y la Palma de Oro en esta especialidad de gourmets del sexo la encontramos en el beso anal. Utilizando símiles cinematográficos necesita de un rodaje largo, experimentado y cargado de mensajes apasionados. Limpieza máxima, paciencia, tiempo y toneladas de ternura.
No se va a él directamente. Hay que preparar otras sendas corporales y poner los cinco sentidos en lo que estamos sintiendo mutuamente. No concibo esta práctica si no hay atracción, como mínimo, entre esas dos afortunadas personas. No hay que buscar notas ni laureles, gana la espontaneidad y tenemos la matrícula cuando la persona besada demuestra su gozo gestualizando y gimiendo también en sus diferentes variantes.
Llevamos las manos, la cara, el pelo, acercamos el cuerpo entero a esa zona tan sensible y ponemos a acariciarla con todo. Lengua, manos lubricadas, mejillas estremecidas, palabras que se tambalean, pequeños soplidos, palmaditas por sus alrededores. Hasta que aparece el momento, el gran momento de sumergirnos a tope y besar ese ano amado, conocido, dulce como un mango, saborearlo, lamerlo, todo, entero, de abajo hacia arriba y viceversa.
Nuestro placer aumenta el mercurio porque lo estamos dando y la pareja se revuelve para hacer lo mismo a quien daba. Es un acto de generosidad erótico-amatoria que nunca deja indiferente. Es un placer provocado e inducido que nos puede durar horas. ¿Quien se quita de ahí donde se está tan bien? Poco a poco ya estamos en pista y podemos seguir abordando, siempre con la boca y la lengua , otros territorios. La degustación en dúo es un éxito asegurado que une a las parejas insuflando aires para surcar otros mares mientras el reloj no marca las horas y los angelitos negros van al cielo.