Ciertos personajes, una vez catapultados bajo los imponentes focos mediáticos, sufren graves cambios mentales y, por lo tanto, de conducta. Es el caso del egocéntrico Robbie Williams, incapaz de mantener la cabeza fría ante el éxito que nació a lo largo de su etapa como chico objeto en Take That y, más adelante en solitario, tras la publicación de su disco ‘Escapology’(EMI, 02).
Aunque nos intentemos acostumbrar a sus excentricidades, su último capricho se sale de los límites esperados. Ahora el insaciable cantante se atreve a desafiar la lógica, deseando seguir los pasos de personajes históricos como Charles Darwin o Edward Fitzgerald. Se trata, ni más ni menos, que de una autobiografía que se publicará próximamente bajo el nombre de ‘Feel’.
Su contenido, según pudo adelantar el flamante autor literario, dedicará buena parte de las páginas a escupir sobre Gary Barlow (uno de sus ex compañeros boysband) o sobre Noel Gallagher, componente de Oasis. Y aunque reserve un importante apartado para criticarse a sí mismo a través de adjetivos como ‘‘miserable’’ y ‘‘paranoico’’, su vida no resulta lo suficientemente interesante como para rellenar las mínimas líneas requeridas. Por ello necesita alzar la mirada más allá de su indestructible ego, con el único objetivo de lograr un producto rentable a niveles comerciales.
Afortunadamente, al vocalista británico no se le ha olvidado exponer todas sus desgracias, principales culpables del empeoramiento sufrido en su carrera al filo de los años. La mala racha empezó con dificultades de convivencia profesional, a las que le siguió una caída en el mundo de los estupefacientes, para acabar finalmente envuelto en una grave depresión. ¿Pero a qué viene realmente esa necesidad de compartir sus lágrimas con cualquier individuo dispuesto a gastarse el dinero en tal insensatez? Para drogadictos, ya tenemos a la pareja Kate Moss y Pete Doherty acaparando las miradas de unos curiosos dispuestos a perder el tiempo interesándose por vidas ajenas.
Aunque su música logre acaparar a millones de personas, su repentino brote de sinceridad parece condenado al fracaso. Porque una cosa es el artista, el compositor, el vocalista y, otra muy distinta, el ser humano que lo habita.