
Ya no ríen niños. Tampoco se oyen gritos… o llantos. Ni siquiera a lo lejos de un desproporcionado rancho en el que Michael Jackson llegó incluso a construir un parque temático con todo tipo de atracciones. El tiempo se diluye. El tiempo olvida. El tiempo escupe, abriendo así la puerta a unos fantasmas, ahora mismo únicos residentes de una gigantesca parcela bautizada ‘Neverland’.
Son muchos los rumores, demasiados. Enfatizados por unos medios de comunicación que pecan en ocasiones de justicieros sin argumentos, los murmullos acaban por convencer a una opinión publica sin motivos para fallar.
Podrán hablar, podrán despreciar, podrán descalificar, pero aunque algunas estrellas se ahoguen en el lujo, seguirán directamente relacionados a la condición humana descrita por Malraux. El dinero no compra el perdón, ni tan siquiera las pruebas para lavar una imagen ensuciada con insistencia durante muchos años. ¿Desde cuándo se le pierde el respeto a un genio?
El 19 de marzo se sabrá si esa gigantesca propiedad terminará por ser subastada públicamente. Pocos días le quedan al vocalista para pagar sus deudas valoradas en 25 millones de dólares. En definitiva, se le pone precio a la memoria, a la melancolía y a un trozo importante de existencia que quedarán, pase lo que pase, encerrados entre esas altas rejas negras.
Hola tristeza, adiós cultura. Vienen los redactores a suplantarte por epidemias periodísticas mientras tú seguirás disfrutando de una música grabada para siempre en tus recuerdos.