
Hay sitios públicos en los que las celebridades no acostumbran a posar los pies. Les criticamos por no vivir como los demás, por haberse olvidado de su pasado, de los usos de la mayoría de la población y nos cuesta incluso aceptar que jamás les volveremos a ver desenvolviéndose a nuestra altura haciendo tiempo en la cola del paro, buscando el hostal de mala muerte con la tarifa más accesible o simplemente cruzarnos con alguno de ellos en el transporte público.
Sin embargo, cuando el milagro se origina, actuamos como salvajes maleducados dando toda la razón al aislamiento de las estrellas mediáticas. Y sino que se lo pregunten a la alterable Lily Allen, indignada por no poder llevar una discreta existencia:
“La última vez que utilicé el metro fue hace un par de años cuando, sola, intenté ir hasta el centro para ver a mi novio. Desde entonces, estoy un tanto traumatizada. Gente empezó a gritarme y cantarme ‘Smile’ mientras yo estaba llorando. Les pedí que me dejaran en paz y ellos me miraban con esa expresión de: ¿pero qué demonios haces en el metro? Desde entonces, he dejado de utilizarlo.”
Es la otra guerra de los mundos, la lucha de clases. Dos universos separados por barreras imaginarias e infranqueables para el populacho. Si eres famoso, no te mezcles con la gente común… podría ser contagioso.
Sin embargo a todos nos espera el mismo destino. Y sino que se lo pregunten a los gusanos. Que te llames Britney Spears o Antonio Sánchez, no tiene ninguna importancia … carne es carne.