
Que Cat Stevens, un artista de los pies a la cabeza y un ser humano intelectualmente inquieto, decida profesar el islamismo por convicción moral no sorprende a nadie. Sin embargo resulta ridículo ver como entre los planes de Britney Spears, esa joven que roza el analfabetismo y cuyo conocimiento cultural se limita a la Coca-Cola, está el pasarse al judaísmo, religión de su actual novio Jason Trawick.
Aunque tales complicadas decisiones marcan un antes y un después en la existencia de cualquier ser humano, ella debe estar pensando que ese brusco cambio de hábitos es simplemente comparable a cambiarse de vestido, dejar por ejemplo a Calvin Klein por Emidio Tucci.
Pero pensándolo bien, lo más probable es que la princesa del pop, ávida lectora de la Biblia (el único libro en su vacía estantería), no haya oído hablar nunca del judaísmo. Tan sólo tiene en cuenta que es el paso a seguir si en un futuro próximo desea casarse con su representante Jason, motivo por el que la intérprete de Womanizer lleva ya semanas exhibiendo un collar con el sello de Salomón, una estrella de seis puntas “diseñada por David”. ¡Qué fashion!
En el 2003, influida por Madonna se interesó por la Kabbalah. Tres años después, siempre alternando con su fe cristiana, le tocó el turno al hinduismo. Y ahora, el judaísmo.
Querida Britney, la coherencia espiritual no parece ser lo tuyo…