

¡Tan!... La megafonía del pabellón se apresura y aturde mientras los equipos calientan. El balón ronda el aro y se desprende hacia el suelo. Mumbrú se levanta con rabia y lo atenaza con la fuerza de un cepo que se cierra. Su palmada estalla en la cara del masajista, al que le grita en plena cara un grito de furia.
Un murmullo arranca expectante cuando los dos grupos se reunen en un corrillo. Se conjuran y gritan sonidos ininteligibles en la distancia. Alguien se golpea el pecho. Se escuchan los dorsales. Primero el visitante... Vistalegre empieza a vibrar con los silbidos. Sabemos que ha acabado porque el griterío se desinfla; aparecen las palmas. Bullock esconde su mano derecha. No quiere que nadie la toque. No todavía.
¡Tan!... Un terremoto surca el espacio. Los coraceros zahieren los lomos de sus caballos que boquean desesperados. El estruendo se percibe antes que el sonido: una carga terrorífica. Los infantes se arremolinan en torno a sus oficiales con los brazos temblorosos. Algunos no consiguen alinearse en los cuadros, y sus carnes se desprenden en rodajas y gritos suplicantes. No hay cuartel; los caballos respiran; sus troncos son fuelles agrietados por la cincha firme. Se quedan inmóviles, agotados.
El cuadro se abre. Las casacas blaugranas se alinean en una larga fila y aprovechan el exangüe trotar de los caballos mientras intentan reagruparse. Los jinetes blancos golpean, les susurran, perforan la piel con sus espuelas, pero en vano. El desgañitado oficial de perfilada nariz levanta su espada; las esferas de plomo aguardan al final de los largos tubos; da la orden. Una nube blanca brota en toda la línea.
¡Tan!... Fran Vázquez se eleva sobre el cielo y perfora la canasta, mientras Basile roba y a Grimau le nacen alas en los tobillos. Calan las bayonetas. Los blancos más dotados se esconden tras la infantería amiga que llega al auxilio. Alguien corre despavorido. ¡No, pelícano, no! Se desploma golpeado por la nada. Raúl está herido, y un nudo agarra la garganta de todos. ¿Lucharemos con niños?. El general no lo duda, mira al mallorquín de hito en hito. Nervios, dudas. Pierde un balón, el bote es inseguro. Pepe lo escruta, lo reta, lo atosiga con guante de terciopelo. No lo conseguirás, no; no sin lucha. Llull empieza a atacarle; se suspende en el aire contra un muro de carne. Parece que va a quebrarse, pero el aro arropa su empeño. Suenan la corneta para poner orden. El pulso está en lo alto, y los vendajes pesan como si fueran de cáñamo, empapados, húmedos. Se hace un breve silencio, ¿qué pasará ahora?
¡Tan!... De nuevo una corneta. Otra vez a la lucha. ¿Dónde está nuestra artillería? Miramos a Louis perplejos. No aparece. Smith lo intentó al principio, pero pasó como la brisa sibilante que persigue al acero cuando cae. Yo quiero más, madre, quiero más lucha... y arrecia el sudor, que cae en oleadas sobre el parquet. Una pelea sorda. El Barcelona toma ventaja, Pepe es un artista. Otra vez Fran se dispara hacia las estrellas tras un regalo que solo ven los dioses. Siento sana envidia desde mi asiento, y le aplaudo ante la perplejidad de todos. ¡No des cuartel al enemigo! Pero el respeto me puede. Sin embargo, la línea se desmorona. Hay escasez de ideas. Los jueces pierden los papeles, una aquí, una allá, otra acullá, más erráticos que las propias balas. Amenazas de exclusión, no te muevas Felipe, arrincónese, señor Ivanovic. Y ocurre.
El Madrid está por debajo. ¿Quién fue? Ya ni me acuerdo... Tanta tensión, tanto sudor... Me duele la garganta. Se consume el tercer cuarto... el sol cae hacia el horizonte como va al fondo un buzo cargado de lastre. Silencio en diez mil rostros. Se saca de fondo, quedan cuatro segundos. El tamborilero echa a correr, le hacen un dos contra uno, la ayuda ¡hay alguien solo! Hervelle, toma tú.. uno, dos, marca los pasos, mis manos se crispan tensas, una sombra de colores va a su encuentro, su brazo sube, un instante que dura mil años estalla en el aro naranja; el tablero se enmarca en rojo...
¡Tan!... ¡¡Ahora, ahora, mis muchachos!! Corred como centellas. La batería abre fuego... Felipe recupera balas y se las envía a Bullock, silencioso antes, dulce ahora, que las lanza en parábola. Caen los puntos como bolos... Ivanovic sienta a sus hombres. Quedan cinco minutos, o algo así... ¡¡Más empeño!! Aparece de la retaguardia un gigante tatuado, con un mandoble que sujeta a manos llenas. Lo agita, le llueven las balas, pero las aguanta estoicamente, zas, estocada, cabeza, mano, pie. ¡¡Parad a esta bestia!! ¡¡Anticipad, ayudad, percutir!! Kasun es un abismo por el que se desangra el Madrid, pero no importa, hay renta.
Pero no es este Barcelona un equipo que se rinda fácil. Bulle una buena defensa e Ilyasova lanza un tiro agonístico que agujerea la bandera. Se pierde una bola y responden con un triple: Grimau, Pepe (qué pavor saber que el balón entrará con la inexorable certeza de lo ya vivido), Acker. Tanta lucha, ¿para esto? Balón para el empate. Ha desaparecido Bullock brevemente, y nos sentimos inquietos. ¿Por qué arrebatarle la gloria? No será suya. Marconato recibe la bola, en una circulación magnífica. Recibe de perfil, se pone de puntillas, estira su brazo hacia la igualada... pero el belga, siempre el belga de cabeza de mármol y nervios de acero aparece de la nada. ¿Dónde estaba este hombre? ¿Cuántos segundos hace que estaba corriendo hacia la ayuda? ¿Es acaso un visionario? ¿Lo recuerda aún Garcés? ¿Vio un vídeo de Vrankovic? No sé si es legal, sé que es espléndido, el paroxismo, antes del bajonazo del árbitro. Surge de la nada: ha dictado veredicto, como lo hizo Valle-Inclán:
¡Tan! ¡Tan! ¡Tan! Canta el martillo.
El garrote alzando están,
canta en el campo un cuclillo,
y las estrellas se van
al compás del estribillo
con que repica el martillo:
¡Tan! ¡Tan! ¡Tan!
Simpson_M