A veces son muchos los últimos tiros en un partido. Los aciertos y los fallos se amontonan uno sobre otro como una montaña de piedras preciosas entre vetas de rocas sin valor. Otras, el último tiro no es uno, sino dos, y se lanzan en la soledad más aterradora del planeta baloncesto, en silencio tumulario. E incluso, sólo a veces, puede ser incluso más.
Esta noche. Un partido sabio que se niega a morir. Como prendados de la alucinante muestra de garra y ansia de los dos equipos, los minutos fluyen sin permitir que un desaprensivo cualquiera los ampute. Por un momento he pensado que Mumbrú se estaba apiadando de nosotros, de las diez mil almas embobadas que asistían al pugilato más enérgico incapaces de humedecer el cristalino. Juro que me he ido con los ojos secos, agrietados, y con los tímpanos rasgados por dos sílabas mágicas. Esa magia se la debemos a él, al magnánimo, en la noche de los muertos vivientes. La noche de las resurrecciones… y no todas gozosas mensajeras, aunque sí la mayoría; fundamentalmente, una.
Hoy Raúl ha resucitado. Lo venía haciendo, pero ha encontrado su sitio, su manera de ser útil. Tiene este hombre la maravillosa paradoja de hacer de la pequeñez virtud. Su apariencia infantil, inofensiva, esconde tanto el redoble estéril de un botar absurdo como la electricidad asesina de un tiro homicida. ¿Hay algún base español que lance mejor tras bote? Con él nos han engañado. Verlo desplazarse con el balón moviéndose entre sus piernas como una centella nos ha convencido de que tenía que ser su objeto entregarlo, ofrecerlo como un don, y no... no puedes reducirte a eso, Raúl, sufríamos con ello hasta que nos has curado, siquiera un poquito. El último tiro ha sido para ti. Has cerrado el partido, o eso creíamos.
Porque donde otras veces era el Madrid el que ponía la garra, el que convertía el rebote ofensivo en el apurado último instante antes de empezar a tragar agua, esta vez ha sido al revés. Qué último cuarto de extraordinaria defensa nos ha dado Pao. Qué facilidad para que cualquier jugador, desde el base hasta el pívot, penetre la zona y cree desde ahí. Qué cantidad de hombres dispuestos a comandar la última acción. Qué perdidos estábamos, señor. Todo empezó con Tunceri, al que durante unos brevísimos segundos se le ha visto fuera del partido. Raúl ha salido de inmediato, pero luego hemos entrado en una fase de extraña configuración, con Smith escondido en el banquillo y un Mumbrú totalmente agotado apareciendo en todas partes. Aún así, la ventaja nos ha permitido soportar el último arreón y tener la bola para decidir el partido. Una buena circulación ha dejado a Mumbrú con espacio y ha ido hacia el aro; falta, cuatro segundos, empate en el marcador. Una serie inmaculada de libres a sus espaldas; una prueba de temple. No es buen augurio fallar el primer lanzamiento. El pabellón se viene arriba (algo va mal). Nuevo error (un flash del pasado brilla instantáneamente en alguna región de mi cerebro). Sonoro ladrillazo en la parte posterior del aro. Resurrección indeseada. El árbitro pita invasión, y yo respiro, pues no hay cosa peor en mi cabeza que la imagen de cuatro hombrecillos de verde saliendo en velocidad y con campo por delante; al menos podrá el Madrid recolocarse. Recibe Batiste... otro tiro más.
Prórroga. Raúl sigue empeñado en terminar con la obra de arte. Me pregunto cuántos ataques hemos finalizado con un lanzamiento de perímetro. Por un instante intento rememorar alguna acción al poste en el último cuarto, y no recuerdo ninguna. Pero es perdonable... ¿o no? Lo cierto es que el otro equipo también defiende (¡y cómo!), y que los ataques arrancan despacio, lo que beneficia tanto al que tiene ventaja como al que hace buenas defensas, condensando sus esfuerzos en una decena de segundos. Llega un aluvión de fallos, pero en ese último esfuerzo todo connota fracaso. Becirovic, Diamantidis... Saras. Batiste... Spanoulis arranca con fuerza y Raúl sale proyectado como un airbag. Otra falta dudosa en una noche de resaca para los colegiados, a los que les gusta la sonoridad de su instrumento, las mil facetas de los diodos verdes y rojos de un marcador con viruela. Pero no entran los dos... no, nadie es perfecto.
Un momento... ha ocurrido algo mientras tanto, ¡era la quinta falta! Los españoles al banco, salen los americanos. Uff, mal momento para exponer al jugador helado, que lleva mirando desde la banda casi diez minutos de reloj, que no de partido. Qué marrón. Bueno, seamos positivos; compensando podría ser que Louis saque algo del próximo empellón. Suelta la bola un instante, hace el amago del corte, sale a 5 metros, ¡tiena a un tío encima!
Aquí conviene detenerse, volver al comienzo. Porque, de todos los muertos que hoy han abierto los ojos, es uno el que más nos importa... A Louis lo llaman dulce. Dulce por su físico agradable, esférico, casi de peluche, reticente a las explosiones venosas de tantos brazos atléticos. Dulce y engañoso, pues esconde fuerza y explosividad en su baja estatura. Dulce por su amor por el balón en el bote, al que acompaña como la mano que acaricia el cabello de un niño. Dulce por su gestualidad adusta, prona a la sonrisa; por el armónico voltear de su muñeca derecha, exangüe sobre su frente, una vez completado el lanzamiento. Dulce porque donde otros apilan ladrillos, él remata bóvedas.
Le habían llamado melifluo, estéril. Empalagoso y poco alimenticio. Qué ingratos son, Louis. Qué amantes de la carnaza. Qué fariseos, blanqueados sepulcros. Qué hijos de mil padres. Yo os maldigo, os destierro… os perdono. Es cierto, teníamos miedo... ¿Sabrás perdonarnos? No has tenido suerte, amigo. No hasta ahora. Qué mala es la impaciencia para el más dotado. Qué complejo improvisar jazz noche tras noche. Ese compás átono... ¿Recuerdas a Herreros? ¿Lo recuerdas? Tuvo que esperar hasta el último balón que tocó en vida para recuperar la fe. Hoy has resucitado, Louis. Lo he visto. Te quedan años, te quedan últimos tiros, compañero. Te quedan sonoridades en el éter que capturar, voces en el viento cargado de una plaza de toros. Voces que gritan tu nombre; voces que gritan Bullock.
Buu-llock.... Buu-llock.... Buu-llock.
Para ti, no ha habido último tiro. Ha sido una trinidad. No serán los últimos. Porque tú no mueres nunca. Estoy contento. He aprendido algo: te llaman dulce porque me has hecho feliz.
Simpson_M