Recuerdo los exámenes en la facultad. Con la mente atiborrada de ideas te sentabas en uno de los bancos corridos del aula en rampa para, nervioso, aguardar a que repartieran el enunciado. El profesor esperaba hasta que todos tenían su porción de enigmas y luego bajaba hacia la pizarra para escribir, en letras ridículamente grandes, la hora en que acababa todo... hasta el siguiente.
Solía ser un tour de force, una fenomenal prueba de esfuerzo en la que la mente se ponía a prueba no sólo en lo referente a su capacidad de concentración, sino a su aguante. En aquellas sesiones horarias el ánimo y el entendimiento subían y bajaban como en un tobogán haciendo que la cabeza te ardiera y se formara una fina capa de vaho en torno al cuero cabelludo. El entorno desaparecía -si eras afortunado- y quedabas tú y el papel. El tiempo parecía correr como si se lo llevara el diablo, fluyendo como el agua entre los dedos... aunque a veces deseabas que aquello acabara en algún momento. Y ¡ay de tí como perdieras el hilo! Entonces el cerebro se colapsaba, se replegaba sobre sí mismo como las alas de una mariposa y era imposible siquiera atinar a escribir tu nombre en el encabezado del folio.
El Madrid está de exámenes. Ha comenzado, y a partir de ahora muy pocos momentos van a ser de asueto. Nada de lo que se avecina puede calificarse de sencillo, inmediato o trivial. Equipos en la ACB que luchan por cada encuentro como si la vida les fuera en ello; pendientes del descenso, del Play-Off, de la Euroliga. Y la Euroliga... ¿Qué decir de esto?
Para empezar, que ya no quedan equipos pequeños. El top-16 es un microcosmos de conjuntos competitivos que optarían, en muchos casos, a semifinales de la ACB como poco y ni siquiera los convidados de piedra son anecdóticos. Como esta noche. Zalgiris. Quizá algunos esperaban de la visita de la clorofila que surgió del frío un amistoso reencuentro con Sabonis en medio de una escabechina relajante, autoafirmante tras la (enésima) derrota ante el futuro campeón de la Copa. Porque para qué nos vamos a engañar... Al Madrid desde hace cinco años le gana el campeón de la competición, lo que hace más llevadera la decepción, pero tampoco es que sea un gran consuelo.
No. Kaunas lleva siendo desde hace varios años un fijo en la Euroliga y además sus visitas al top-16 son habituales. Esta vez, sin el eterno Tanoka, yo diría que su nivel competitivo real ha subido, y apuesto a que se enganchará a un histórico de la competición como Marcus "te reto en Tau" Brown, nombre de evidentes reminiscencias anchoísticas que durante muchos años ha estado asociado al más nítido popó en el abanderado.
Marcus lleva ni se sabe cuántos puntos en la Euroliga. Alguien me sopla que es el máximo anotador histórico de esta competición, y si no lo es por ahí andará, que para el caso casi igual es decir Raúl que Van Nistelrooy. Hoy ha hecho un poquito más grande el saco. Y desde luego que dosificando su protagonismo, porque Marcus, un grande de esto, es el prototipo de jugador que crece con el equipo. Ha sido mucho tiempo un defensor implacable entre otras muchas cosas, un penetrador de fuerza y un tirador más que potable. Hoy ha metido cuatro triples como cuatro soles, espolvoreando en mitad del tercer cuarto lo que Bullock en la misma pista y distinta canasta nos regaló ante otro equipo verde, pero mediterráneo, en el partido anterior. Por otra parte, exceptuando el caso del familiar Popovic, hormiga entre gigantes, no dejan de sorprenderme los equipos eslavos en la morfología de sus jugadores.
Parece que en el Este la escala del jugador empieza en el alero, continúa en el pívot y termina en los tres patitos, el dos veintidós que con tanta frecuencia se gastan los postes huesudos, macrocefálicos y con pelo ralo o mostacho zarista. Y no son meros armazones óseos, no. Ver a Maciulis abrir los brazos es asistir a un espectáculo metamórfico en el que las carnes se transforman en motores y palancas. El tiempo ha enterrado a los Rimas y Valdemaras y ha servido para clonar a los Marciulionis. Eso esperaba al Madrid, con el adecuado condimento africano, afroamericano o balcánico que se pueden permitir estos ricos amigos del Báltico.
Aun así, el partido ha comenzado adormilado. El público estaba de cena floral y clavel rojo (cansinos mimos que habitan los sótanos de Vistalegre) y ha tenido que ser Brown el que nos despierte con el címbalo de los triples ochometrinos. Antes, Iturbe ha llegado y ha ofrecido lo que puede dar (dos triples y cero rebotes, creo) alternando con Mumbrú las tareas del perímetro, que es algo que seguro le resulta familiar tras sus devaneos con TresConSeis. Pierde el Madrid contundencia con esta pareja pero seguramente gane en versatilidad táctica, aunque ver postear a Iker sea como ver sacarse un moquito a Karpov, o sea, menos probable que el que me absorba un agujero de gusano en este preciso momento. Se ha intentado otra vez con Pelekanos con resultados desgraciadamente familiares y Sekulic ha entrado en una etapa de tristeza que lo devuelve a los ganchos megalíticos y la fugacidad presencial.
Tunceri ha salido a ver si se recuperaba del soponcio de la Copa pero tras el aro pasado de Hervelle su parsimonia casi nos duerme en el asiento. Por fortuna, la segunda parte ha devuelto al jugador seguro en la mano y parco en gestos, pero prolífico en resultados; parece que se ha reencontrado tras el bache. El que sigue estirando su carrera es Charles. No ya por la estética del tapón, que raro es ver al balón salir del campo bloqueado, ni por la elasticidad de su mate en contraataque. La estética de Smith está en los barridos sobre el aro, los rebotes sin paracaídas y los toquecitos a la moral, léase "dónde estaba el balón que tenía que llegar a mi mano para seguir botando", carterismo le llaman, o hurto, o rapto inadvertido. Yo le amo, un clasicazo, al que lo separa de una proposición indecente rompiendo mis votos que no le llega a ser bello como Anthony Parker, el ex-macabeo, no el de la Longoria, Rafa no me jodas.
Se puede decir que hemos aprobado, aunque ha sido por los pelos; la gente ha reaccionado entre tanto puto clavel, ha habido una bienvenida oscilación entre juego interior y exterior en el último cuarto, que no se veía desde hace varios partidos -Felipe TIENE que ser una alternativa recibiendo interior, aunque duela que le piquen balones- y Raúl nos ha hecho caso y se ha mamado una que, si llega a pasarla no nos libra del cate ni Kant en su purísima razón. Mientras, en la lejanía suenan tambores de guerra; Ivanovic cae, Pamesa vuelve y Olympiakos y Maccabi aguardan. Sin duda esto va a ser un infierno. Nos hace falta un ogro, que vuelva Lazaros pronto.
(Y, por cierto, felicidades al Joventut de Renerubio, Rickyneses, etcétera).