Tel Aviv es una ciudad de baloncesto. Esta noche ha sido también la ciudad de la vergüenza. Hay muchos modos de perder; la manera es importante. Hoy, a la vista de Europa, el Real Madrid ha ensuciado su camiseta con un partido repulsivo, infame, que no puede quedar impune.
No nos merecemos esto. Es evidente que los israelitas vienen de ser un equipo histórico, que ha llegado a tres F4 consecutivas, ganado dos y enamorado a los aficionados al baloncesto durante casi un lustro. Es cierto que el público en la Mano de Elías es algo más que una afición, es casi una férrea voluntad que entierra los espíritus de quien la visita. Al menos, ha enterrado el del Madrid. Hace dos años, en una visita igual de crítica (en el Top-16 no hay partidos intrascendentes) salió escaldado. En su visita a la capital de España, el Maccabi salió derrotado en el mejor momento de ese proyecto frustrado que fue el segundo año de Bozídar Maljkovic. Ante nuestros ojos atónitos salieron derrotados por 15 puntos. En el partido de vuelta, una pancarta desplegada delante de las cámaras durante todos los momentos previos al comienzo rezaba "Madrid, cabrón, saluda al campeón" en clara alusión a la manifestación de Samuel Eto´o cuando el Fútbol Club Barcelona ganó la liga el verano anterior. Es un público entregado, implacable, que contrastaba con un equipo sustentado en la maravillosa inspiración de dos estetas, Sarunas Jasikevicius y Nicola Vujcic, hoy milimétricamente dosificado por su entrenador. Sin embargo, no sería justo centrar en la genialidad de estos dos hombres la calidad de aquel equipo, fuerte y aguerrido en sus clases medias y la impresionante fortaleza de Maceo Baston.
Porque al final de lo que se trata es de ganar. Y hoy el Maccabi ha sabido interpretar aquello que es tal vez no el remate, pero sí el sustento de toda victoria: la lucha. Al contrario hay que amedrentarlo, apalearlo, jugar con él. Actuar en cada acción como si fuera la última, con furia y amor por tus colores, por tu grupo, por tu gente. Hay que matar si hace falta, y hoy nos han matado. En realidad el Maccabi es físicamente impresionante aún. Batista es sólido como una roca, Bynum una centella y Alex García recuerda a Isma Santos en su físico y actitud. Qué coño, nos han amedrentado, y su público lo sabe. Sabe del poder del carácter, y no porque no sean entendidos, que lo son como el que más: solo que contribuyen con su aportación necesaria para el exorcismo.
Realmente, ¿qué ha pasado? Ha habido de todo: el 90% de las acciones de equipo han caído de su lado. Sólo Hervelle ha aportado durante algún minuto algo de lucha en el rebote ofensivo. Lazaros ha salido y ha querido participar de inmediato, y Bullock diríamos que lo ha intentado. Pero el equipo (y no es la primera vez, mucho ojo) ha tirado el partido. Ha bajado los brazos, y eso se ha notado en la defensa -nos han metido tantos puntos y de formas tan humillantes que cuesta recordar una jugada concreta- y en el ataque, con unos porcentajes cómicos en algunos casos y como poco sonrojantes en lo tocante a lo subjetivo, apreciativo, connotado. En los contraataques francos que no se terminan porque nos han ACOJONADO antes al intentar el tapón, aunque anotáramos la canasta; en los tiros que se lanzan por lanzar, sabiendo que no van a entrar, en los bloqueos de cemento amarillo, en los tiempos muertos no pedidos por puro cabreo (supongo, porque si no madre mía), en tantas y tantas cosas.
No creo que la baja de Raúl haya sido tan determinante. No hoy. Lo determinante, adjetivo, pronombre y sustancioso verbo ha sido la voluntad de mandarnos calentitos por un equipo demadiado como es este Maccabi, sin su estrella oficiosa -que a veces uno piensa que hasta está mejor como Cid finado que como Rodrigo Díaz andante, por su anarquía y dispersión-. Eso sí que se llama hacer piña y salir a jugar con todo.
Quizá hubo alguna vez partido. Lo hubo antes de que Bynum tuviera una racha brillante y lo rompiera en el minuto siete más o menos. Porque ahí estaba roto. Estaba bastante claro que lo perdería Maccabi o lo ganaría el azar; hoy hasta éste ha decidido que había sido demasiado bueno otras veces y se ha escondido entre las sombras. Habrá quien piense y diga que el balón que se te escapa, el rebote que cae un metro más lejos de donde la lógica lo situaría, en fin, la desdicha, tiene un peso desequilibrante. Yo digo que el balón se agarra peor cuando hay un déficit de atención. Que el pase se marra cuando la mente no está viviendo el juego. Que veinte puntos no son nada, hombre, que vamos 2-0.
Pues sí que lo son. Aquel año infausto, con un equipo con menos profundidad de banquillo que un Porsche 911 en la parte de atrás, la vuelta a Israel terminó con el equipo roto y la ventaja que se le había sacado al vigente campeón de Europa reducida a la nada. El primer puesto del grupo se decidiría en Bolonia, donde una victoria era suficiente. Allí sucedió uno de los episodios más infames de nuestra historia reciente, con Bullock lesionado y Rackocevic en la oportunidad de su vida para demostrar que es algo más que medio jugador metido en un físico de decatleta. Y sí; diez, pero tiros fallados, fueron los que hizo, pero no me hagáis caso porque mi mente me juega malas pasadas, como con los rebotes de Iturbe. Da igual; la siguiente imagen en la memoria recoge a Basile unos días después lanzando un triple aceitoso que abrió un abismo que ahora intentamos una vez más franquear hasta la Final Four. Ese partido decisivo se jugaba en casa del rival, del Barcelona; se perdió. Fuera de Vistalegre.
Vistalegre. Pues sí; es lo que queda. No es la primera vez este año que en una visita a una cancha animosa nos follan miserablemente, y recalco la palabra: de forma mísera, como andrajosos llenos de pulgas a los que desdeñosamente se les conduce hacia un muro mugriento y teñido de ocre para meterles un pistoletazo. Los parámetros se repiten con inexorable previsibilidad; público amante del baloncesto, masivo y ruidoso; equipos aguerridos y con necesidad de crecer; un visitante en la inopia que acababa la primera parte tan lejos de disputar el partido como lo está de aquí Andrómeda. Unicaja, Barcelona, Vitoria... Tel Aviv. Veinte puntos, que es lo de menos; lo de más es la sensación de que perder no importa, que se puede resolver más adelante. ¿Cuándo? Que no jueguen con las palabras; o se va a por todo (y que conste que a mí me parece que el equipo es corto para ir a por todo, y que los errores de planteamiento en el largo plazo se pagan) o no. O se acepta que no hay munición para cerrar primeros la regular, lo único irrenunciable de toda esta película, y el resto de cosas, se hace público y bajamos la espectación hasta lo razonable, o se exponen a bajonazos como el de esta noche. No queremos más Astronauts, pero al menos sí un poco de transparencia, o si no es así, si hoy se ha ido a ganar, un castigo ejemplar.
Hay que ser positivos, pese a todo; no queda más remedio. Cuesta Dios y ayuda, os lo juro, pero hay que serlo. Así que de nuestro empuje dependerá -ahora sí- pasar a los cuartos. No se puede escapar la victoria contra el Maccabi en Vistalegre... aunque ahora todo será más difícil. Habrá que ganar en una (o las dos) de las visitas que quedan y hacerlo contra los macabeos. Ese día hay que ser implacable; dejarse las gargantas y por supuesto jugar con todo. Porque se trata de sobrevivir; y para ello hay que recordarles que en la arena de una plaza de toros entran dos seres, pero solo uno sale en pie.
Felicidades al Maccabi, a su espíritu, a su gente y su camiseta. Hoy he sentido una tremenda envidia. Realmente son unos grandes de esto, y esto, señores, no se equivoquen: es BA-LON-CES-TO.
Simpson_M