
Supongo que el norte tiene cosas de brujas. Allí los finales tienen, cada cierto tiempo, tintes entre dramáticos e imposibles, y los corazones dan literalmente un vuelco cuando los ojos del espectador los observan. Esta noche, un partido dominado con suficiencia por el Real Madrid frente al Bilbao Basket ha finalizado de la manera más inopinada: perdiendo y volviendo a ganar. Hay que reconocer, de todas las maneras, que estos amagos de infarto le resultan -por ahora- favorables al equipo blanco. Sólo en el norte de España.
A diferencia de en la última jornada, la victoria no tuvo premio por duplicado. Joventut ha hecho las tareas, aunque le ha costado, pero aún así la distancia se mantiene cuando se esperaba sufrimiento en la visita a un campo hostil, repleto de aficionados, aunque con el rival en una dinámica negativa.
Todo iba mejor que bien para el Bilbao Basket hasta que en la Copa en la que puso tantas ilusiones le regaló el más amargo de los premios: lesionados. Hoy, incluso, es difícil negar la influencia dañina para sus intereses que ha tenido la ausencia de Frederic Weis, el pívot al que la ciudad vasca ha rehabilitado para el baloncesto, cuando muchos lo consideraban poco menos que desahuciado.
Tiene una buena plantilla el Bilbao. Quizá puedan despertar algunas dudas los bases, al menos a principio de año, pero Salgado es un hombre que puede anotar y sobrevive a su físico (esperemos que no tenga un futuro como el presente de otro jugador pese a su cuerpo, Carles Marco, célebre ahora que pierde un partido tras más de trescientas comparecencias) con dignidad. Huertas, que parecía de todo menos un ejemplo de sensatez en la pista, ahora lo es un poquito más y fundamentalmente explota sus virtudes: la anotación, la agresividad, la búsqueda de la velocidad, la intrepidez. No es tan extremista como pueda serlo Iván Corrales ni tan centelleante como lo fue el mejor Raúl López, pero es un mix revolucionario, aunque desde hace unos partidos algo venido a menos.
Uno no puede explicar, de todos modos, ciertas cosas en el Bilbao de hoy. Lewis ha pisado poco la cancha pero ha sido tremendamente efectivo, robando, anotando, incordiando... Quincy se ha especializado en ir a equipos modestos que hacen temporadas históricas. Le pasó en Alicante y ahora amenaza con repetir hazaña. El caso es que este jugador, físicamente imponente, técnicamente bellísimo, parece no estar nunca al ciento por ciento de su potencial. Y cuando parece que puede ofrecer una tarde mágica, como era ésta, su entrenador decide no tenerle más minutos en cancha, cuando Recker parece entrado en kilos, fuera de forma tras la lesión. Su irrupción del americano en el último cuarto ha sido parte de la razón de la remontada del Bilbao, frente a un Madrid que parecía estar tranquilo y sosegado, pero escondía un pequeño demonio.
El último minuto y medio ha sido casi un calco del que hundió al TAU hace ya casi tres años. Dos malos saques de fondo, dos triples asesinos lanzados casi porque no había otra opción y una canasta de dos valerosa, casi definitiva. El error es que esta vez sí ha habido tiempo muerto y en lugar de cinco segundos para cruzar el campo había casi nueve para anotar de saque de banda, aunque hoy -como entonces- ha tenido que ser un tapón el que haya decidido el encuentro. Aquella vez el último balón de la liga ACB lo tocó un hombre peculiar, disperso pero brillante, un poco en la línea de Lewis; Antonis Fotsis evitó que Calderón se despidiera de Europa anotando y con un título. Hoy no había tanto en juego, pero ha sido otro ala-pívot, sustituto de Fotsis precisamente, el que con un esfuerzo agonístico, ¿legal?, más ha hecho que el Madrid salga con vida de la mini-aventura septentrional.
Me hace gracia Hervelle. En menos de seis meses su equipo ha ganado dos partidos por obra y gracia de sus tapones. Es el tapón una suerte intimidante, que tiene mucho de físico, pero también de oportunismo y, en el caso del belga, fe. Habrá quien diga lucha, que fe es una palabra demasiado sonora, pero es que no es así. Rubén Garcés machacó el aire en el Play-Off ACB la derrota de Pamesa porque Hervelle le había arrebatado con un tapón im-presionante -y legal- el balón una décima antes del impacto. Hoy, sin llegar a los extremos de aquel día, ni del tapón por antonomasia en el mundo FIBA (hola, Montero) ha sabido medir el momento, cosa notable; y arrebatar las esperanzas locales cuando más difícil es: con los pasos marcados en la bandeja y el filo de la navaja acariciando el cuello de los colegiados tanto como el de los jugadores.
Porque habrá quien considere que la similitud entre la jugada de Garcés y la de hoy no es que Hervelle haya tenido la fe del converso al maljkovismo, sino que en ambos casos los colegiados tuvieron que decidir y... bueno, prefirieron el "sigan, sigan" cuando está más que claro que, al menos en Madrid, Tunceri retozaba con las animadoras medio metro fuera de la pista al recoger el rebote que siguió al tapón. Hoy me siento incapaz de opinar. Eso, en cualquier caso, no es problema de los jugadores. Axel tenía que creer y ahí están los resultados.
El Madrid, aunque ha tenido un partido solvente hasta ese momento extremo, no ha dado una imagen de confianza. Bullock no está. Depresivo, o desfondado, lo cierto es que no tiene ni la alegría ni la soltura de hace un par de meses. Papadopoulos ha culminado su involución y ahora ya ni intenta mirar el aro, aunque es verdad que para tirar hay que recibir y ya ni siquiera le encuentran en la zona. El griego está muy nervioso. Smith ha mejorado un poco y Mumbrú sigue su trayectoria estable, de gran ayuda para el equipo, aunque sin brillo. Pelekanos ha estado algo mejor que otras veces en lo que el ojo no recuerda, los rebotes y las hemorroides, mientras que Tunceri sigue con la mano firme en el perímetro -más o menos- e Iturbe ha tenido unos minutitos regulares, pero sin pasarse. Se ve de todas maneras que el vitoriano no es un hombre prolífico en heroicidades; si le sacas de su repertorio sufre, y si en su repertorio falla tenemos un punto oscuro. Como dicha variedad es más bien escasa, el de hoy no ha sido su partido.
Persisten, sin embargo, dos hechos positivos que aportan confianza. O más bien tres. El tercero y último es que el belga no jugará de vicio, pero está. Y si está puede sacarte de un apuro cuando más lo necesitas; toscamente, con fealdad, pero puede hacerlo -no olvidaré que puso otro taponcito de estos el día de Maccabi, así como el triple... en fin-. Y las otras dos nos remiten a los juniors de oro, ya talluditos, pero totalmente en vena.

Felipe está en una etapa de felicidad anotadora sorprendente. Cuando tiene el día es por vez primera en su carrera -por encima de le febrilidad tosca colegial- un anotador solvente. Pero solvente es pasar de veinte y amenazar los treinta si el sol es tibio. Y eso es mucha tela. Lo que pasa es que esa jovialidad es un poco de pega, primero porque nadie se la cree de verdad -su entrenador el primero, a lo que pareció en Grecia- y segundo porque parece más un fenómeno esporádico que una cosa fundamentada. Si le defienden "como a un anotador" no puede superar esa barrera y los tiros de fuera, que son los que engordan las cifras, no llegan. Hoy se ha visto: ha intentado un movimiento de encestador clásico cuando le vienen defensas mal dadas y la media vuelta ha sido un poco mecánica, sin pulir. Pero bueno, no se puede estar en todo y solo con sus tiros L´Oreal y los riñones bajo el aro se nos pone en quince más cuando menos lo esperas. Quizá ahora su defensa no sea tan formidable como hace un año o dos, pero desde luego en el rebote sigue siendo seguramente el mejor cuatro de Europa, ahora que Turckan está casi finiquitado y Gaines y otras perlas son de sangre africana.
El último motivo para la sonrisa de los tres que había comentado es que Raúl está resurgiendo. Es así; espero de corazón que la cagada -lo ha sido- de la salida del balón en el último robo no le pase factura. El Madrid lo necesita -yo diría que hasta su país puede necesitarlo llegado el caso- pero para que la necesidad se convierta en virtud Raúl tiene que mirar el aro. Está claro que no es un jugador que pueda aportar lo que ofrece botando y pasando si no nos despista con los tiros memorables que ejecuta.
No me cansaré de decirlo: la rodilla nos ha privado un pelín de un anotador capital, y el otro pico lo ha hecho su débil confianza. De Raúl se podía esperar una maduración lenta, pero segura, y si Sergio Rodríguez amenazaba con desestabilizar por la fantasía y Ricky lo hace porque es algo parecido a un Papaloukas de primaria, Raúl tendría que ser lo que es ahora Huertas pero con la facilidad para botar aún mejor y pasar a quien sólo él ve. Raúl no es un pasador -no es malo, de todos modos-, es un asistente, un finiquitador, y para finiquitar tienes que generar atención sobre ti; han de pensar que el peligroso eres tú. Y por el amor de Dios que Raúl es infinitamente peligroso cuando está con confianza.
El triple de hoy puede hacerlo cuando quiera. Intentarlo, al menos. La conexión mano-ojo es brutal. Salvo Angulo, el mayor, no recuerdo con precisión otro español que fuera tan maravilloso ejecutor del tiro tras bote, con la particularidad de que Raúl puede ejecutarlo cerca y lejos, mientras que Alberto era uno de esos eslabones perdidos que disfrutaba con los cinco metros antes que con los siete. Pero es que además tira en movimiento, en el sentido más clásico de la palabra suspensión, rectificando, a tabla e incluso a la media vuelta. No se puede pedir más en un cuerpo tan pequeño y baqueteado. Ojalá que esto no sea un amago, que Raúl vuelva a ser un hombre feliz, o que lo sea más bien por vez primera. Desde luego que nos alegraremos todos muchísimo.
Simpson_M