De Papadopoulos se pueden decir muchas cosas. Podríamos estar horas tratando de situar su particular rostro en la antigua Asiria, coronando un cuerpo de león en piedra; imaginándolo bajo el compacto bonete de un clérigo ucraniano sosteniendo con el cuello una cruz colgando al final de una pesada cadena o, idealmente, lanzando rayos de las manos como un Zeus coronado.
Lo único verdadero es que su fichaje era una promesa de seguridad y solidez, un recurso que en el baloncesto europeo era casi inencontrable. Su marcha al baloncesto ruso, a un equipo hecho a su medida (literalmente) podía entenderse por dos motivos: sus orígenes mixtos, a caballo entre Grecia y Moscú, que facilitaban la adaptación y, por supuesto, el dinero.
En Rusia se paga ahora extraordinariamente. El dinero fresco, sin embargo, no parecía ser la razón única del cambio de equipo, en su caso, pero siempre nos quedará la duda de cómo pudo rechazar las más que probables ofertas de clubes punteros en Grecia, equipos que optaban a lo más alto en todas las competiciones. Cuando jugaba con la selección, sobre todo hace algunos años, coincidiendo con la edad dorada del baloncesto heleno en esta década, su presencia era imponente. Su trabajo en la zona era un gran ancla que fijaba a sus marcadores, que tenían que ser varios, porque de lo contrario su peculiar manera de recular y el gancho, absurdamente grácil en un cuerpo tan robusto, eran garantía de canasta.
Cuando a finales de la temporada pasada se empezó a rumorear su fichaje, las opiniones eran casi unánimes: el Madrid compraba a un gran jugador, una pieza que faltaba en su estructura y además un buen profesional. Un hombre que destacaba por sus hábitos eruditos, más propios de un gafapasta que de un jovenzuelo harto de millones; ajedrecista, pescador submarino; en suma, un pope reciclado a deportista. Un intelectual, un ser carismático.
Un análisis más detallado del juego de su Dynamo y del equipo nacional griego revelaba que su prestancia no era producto exclusivamente de su calidad. Es completamente cierto que el brillo individual reluce más cuando un equipo se contruye en base a las características de sus jugadores, haciéndole un hueco a cada uno de manera que pueda sacar lo mejor de sí. Pero no todos los jugadores son adaptables a la misma cantidad de estructuras.
Y Lazaros en sus equipos era siempre, cuando estaba en cancha, un elemento nuclear; el vértice en torno al cual se articulaba todo el juego ofensivo. La mayoría de los sistemas tenían por objeto surtirlo de balones cerca de la canasta y, si tenía la posición ganada y pedía la pelota, era muy complicado que algún jugador moscovita no se lo pasara. Además, los jugadores que lo acompañaban eran claramente complementarios. En Grecia, jugar con un 5 interior totalmente imposible de reconvertir es hasta conveniente: un equipo plagado de jugadores a medio camino del 3 y el 4 como Fotsis, Kakiouzis, Dikoudis, Alvertis en su momento... para su experiencia en Rusia, Fotsis viajó de Madrid para tener a un hombre que contrapesara las carencias de Lazaros. Fotsis, que con el balón es un jugador mediocre, es sin embargo una buena pareja: salta e intimida, es un gran reboteador ofensivo, es móvil y puede hacer ayudas defensivas, y es muy bueno cortando hacia canasta, cosa que en Madrid apenas se vio, pero que constituía en su nuevo equipo una buena fuente de sus puntos.
Lazaros es un jugador con características de otra época. Es fuerte, más poderoso que musculado, con una espalda ancha y unos brazos recios, aunque alejados de mostruosidades como las de Kasun, Batiste y otras montañas de carne. Pero al tiempo es lento, no puede saltar casi nada; no ejecuta jamás el tiro de cara a canasta, no es capaz de terminar un corte hacia el aro con una entrada; sus virtudes son otras. Uno ve en Lazaros algunos de los problemas de adaptación, en menor medida, que podía tener un pívot rocoso arquetípico de los años 80 como Fernando Romay. Siempre salvando las distancias, que tanto en intimidación como en juego de pies son abismales.
Pensemos ahora en su equipo, el Real Madrid. Un conjunto que inicia un ataque de cada dos subiendo los pívots a la frontal de la zona para jugar al bloqueo directo; que prima la transición, el juego exterior y la recuperación de posesiones a través del rebote ofensivo; que si destaca en algo es por tener un puñado de pívots que pueden alternar las posiciones de 4 y 5 gracias a su movilidad. Un equipo en el que apenas se jugaban balones interiores; Felipe juega algunos, Sekulic lo hacía de cuando en cuando, pero... ¿cuántos puntos se anotan de jugada interior pura?. ¿Sin que el pívot anote por tirar de frente a cinco metros o recuperar un rebote ofensivo?
Por otra parte, ¿podía Lazaros suplir las carencias de rebote defensivo e intimidación que Hamilton nos ha dejado? La presencia de Hamilton, el portento atlético que todo equipo de élite intenta procurarse para compactar huecos en las filas de la defensa, fue decisiva en las primeras jornadas del año pasado.
Ni el Madrid era el equipo más adecuado -por su juego- para Lazaros, ni las ausencias le han beneficiado en absoluto. Incluso Tunceri, un jugador que propone un juego más lento, parece haber hecho de su convivencia con Lazaros una entente cordial. En su día avisamos que la convivencia de los dos mundos, el de los colosos de los que Lazaros es ejemplo, y el de los héroes, más pequeños y ágiles, iba a ser problemática. Ni Joan Plaza, ni Tabak, ni nadie parecen haber dudado ni por un momento que el carácter del equipo estaba por encima de sus individualidades. Lazaros, por otra parte, lo ha intentado. Esto creo que debe tenerse completamente claro: no hay dudas de su profesionalidad. Venía de tirarse diez balones, jugando con una cuota de protagonismo equivalente a su sueldo, y sin embargo lo veíamos al principio del año saliendo como un poseso a cubrir a bases en la línea de tres, con tan buena actitud como malos (y previsibles) resultados.
Incluso cuando la adaptación imposible de Lazaros, un LP en un planeta de singles a 45 rpm, parecía llegar, la lesión en el dedo que le privó de jugar la Copa fue un hito que cambió abruptamente las tornas. El equipo, lejos de hundirse, siguió jugando -contra el Joventut estuvo a punto de ganar- con una solvencia sorprendente. En la Euroliga ganó los dos primeros partidos y parecía que todo iba bien, sin el griego; yo digo: Pues claro. Estaban jugando a lo que el equipo sabe, a lo que Plaza propone, y sin tener que hacer adaptaciones sesudas.
Hoy Lazaros está fuera de sí. Todos lo miran en base a su sueldo, no a su profesionalidad, ni por sus virtudes. Es un cuerpo extraño que algunos ya hablan de extirpar. Creo que su rendimiento no puede defenderle, pero ¿podremos entender que lo que no puede ser, o no se quiere que sea, es imposible que suceda? ¿Quería Plaza a Lazaros?. Pregunta inquietante. ¿Tenía lógica combinar el juego del hombre franquicia, el último MVP de la final ACB, con otro hombre que comparte puesto, pero que es tan parecido a él en su manera de jugar como un huevo a una castaña?
Y al tiempo, ¿qué hacer estos meses?. Lazaros tiene que serenarse; todos deben hacerlo. Parece que la pesada carga de ser ojo del huracán de críticas, tener el desprecio arbitral, no ser valorado, lo está empujando a una crisis de confianza. Ya no tira, ni recula, ni tiene la rabia (inútil, pero rabia al fin y al cabo) que le llevaba a jugarles unos contra unos en defensa a gente como Iván Corrales. Mucho cuidado: Lazaros es un muy buen jugador, pero ahora, quizá de manera previsible, está involucionando. Como empieza a decirse en el entorno, Lazaros se aproxima peligrosamente a ejemplos conocidos en la casa blanca, aunque en su caso con motivos. Lazaros... ¿Tarlacopoulos?. No podemos permitirlo!!!.
Simpson_M