Plaza está en un momento difícil. No siempre es sencillo determinar las causas que llevan a una situación de crisis. No suelen ser únicas. Tampoco se puede decir que el culpable sea un ente definido al que derribar. Suele ser más bien difuso, poco palpable. No se puede pintar el aire, como tampoco es trivial quemar el pensamiento. Sin embargo, a Plaza debe de arderle la cabeza, y el aire que respira en el banquillo debe de olerle a brochazos de minio. Así es muy difícil sobrevivir.
Lo que es innegable es que las crisis no son sencillas de definir, pero son tremendamente fáciles de sentir. Siento que hay crisis. O más bien protocrisis. La crisis es como el tremular del aire cuando, a millas de distancia, se prepara una tormenta, o cuando echas la llave al cerrojo e intuyes, por razones inexplicables, que en casa algo malo está ocurriendo. ¿Cuál es el olor a humedad este Real Madrid?. Tal vez sea el ronroneo de la afición, que reverbera más en el alma que en los oídos, cuando Lazaros comete una falta más en ataque, o el tono reflexivo de un comentarista en la televisión al hablar del escaso salto vertical de Massey. Como decía cierta película archiconocida en su primera línea de diálogo, algo está cambiando. Se siente en el agua, se siente en el aire y lo que viene no es bueno.
Pero no hay que desesperar. Casi ciez horas después de esa primera escena, el film finalizaba con el Mal (ojo, con mayúsculas) sepultado, un protagonista con un dedo menos y un viaje en barco hacia tierras de ensueño. Lo que se dice un final feliz, con algunas bajas -raro sería que no las hubiera, ese recurso tan realista como inevitable para golpear en el píloro del niño hasta hacerle derramar una lágrima-, un nuevo comienzo.
Por de pronto, algunos protagonistas de nuestra historia parecen destinados a constituir el plantel de bajas de la superproducción. Marko Tomas salió a jugar ayer con la convicción de ser la solución para los problemas de anotación de su equipo, y terminó con más saetas que un hombre del sur a las puertas de Moria. ¿Es Tomas un protagonista en nuestros corazones?, ¿es un buen intérprete?. Desde la distancia, más cerca estaría de Adso de Melk bajo una capucha que de Boromir con un escudo. Está claro que él podría ser el narrador de la historia. Ha estado dentro, fuera y dentro otra vez, y salir de titular parecía ser una concesión al "hágalo usted mismo". Pero Tomas es un hombre de fe, no un cientificista como su maestro, y cree en la individualidad de la canasta, en la anotación como un poema violento antes que un teorema medido y calculado. Desgracidamente, quien a hierro trata de matar a hierro suele morir, como murió la frente del espectador al que le golpeara el balón que el renacido Bortchard rechazó al taponarle una entrada.
De modo que a Tomas parece que le toca morir. Es un buen extra. Incluso podría robar planos, pero ese aire tan malévolo que todo parece llenarlo de infaustos presagios me golpea la cabeza y forma las palabras "lejos, lejos..." en mi mente.
Otro muerto prematuro (¿pero no había muerto antes?) es el griego del equipo. Con él el estadio guarda una relación parásita. Cada vez que sale a la cancha, más pronto que tarde, y casi haga lo que haga, cientos de pulgas se le adherirán dando picotacitos. Pequeños, pequeñitos... yo puedo sentirlos. A veces vienen a mi derecha en la grada. A veces a mi izquierda. En el colmo de la sorpresa la pulga se mete en mi boca dispuesta para saltar a su cabeza. Tanto es así que el hombre se ha afeitado el pelo, pero parece que ni siquiera así podrá evitar rascarse sin cesar. No es definitivo: puede afeitarse. Sí, Lazaros, aféitate la rizada barba; tal vez así se afeiten todos en el banquillo y descubramos lo que se esconde tras el circunspecto rostro de nuestro peculiar califa.
En este serial por entregas lo que no parece variar es el reparto de planos. Hay uno que los merece sin lugar a dudas. Felipe ayer tuvo un momento excepcionalmente propicio para la improvisación, como De Niro y Keitel en Taxi Driver, pudiendo soltarle un guantazo a Juampi Gutiérrez tras un hachazo invisible y homicida. Afortunadamente, se circunscribió al guión y metió los tiros libres. Reyes es el motor al que se agarra el Madrid para seguir los travellings conteniendo el aliento. Puede no ser sufiente. Hervelle sigue opacado por la grisitud general de los fotogramas, perdido en el fondo sangriento de Omaha Beach mientras Steven da saltos con la cámara.
Los artistas invitados procuran no desentonar. Quinton, animoso, asumió con ilusión sus escenas. Alguien querido dijo no hace mucho que este hombre era un cuatro. Es un 3.5, pero además de libro. No sabe botar lo suficiente para ser un alero, pero si está solo puede tirar y bajo el aro parece saber lo que se hace. La zona media no es su terreno, por mucho que ayer, en éxtasis interpretativo, anotara tras un amago. Su esfuerzo vertical es una adición inesperada y bienvenida, necesaria, aunque no hacemos sino pensar qué sentido tener tanto hombre para el mismo papel.
Massey, Jeremiah, hombre de los dolores, profeta barbudo, trata de ser él mismo. Un cuatro con querencia a un lado, su clonación de Felipe sigue paso a paso. Igual de fuerte, igual de veloz, igual de efectivo en el primer paso por un lado del cuerpo, pero sin encontrar un sentido a sus acciones tan agresivamente principiadas. Sin su capacidad de pase, e igual de efectivo en el tapón. Me recuerda, con matices, en su terráquea fortaleza, físicamente a Brent Scott, aunque ni su juego ni por supuesto su posición en la cancha sea comparable. Montañas de músculos que vuelan sólo impulsados por la distancia, gente de culo pétreo, hombres-roca, uno cinco y otro cuatro, con mano de piedra, corazón de bronce y cabeza de metal.

Granada murió ayer por la posición de uno. Con un escolta anotador enrachado, dos pívots enamorados de la canasta y un alero animoso en el arranque, fueron Gianella y el discreto Cherry el factor desequilibrante. Y lo digo porque ayer el Madrid apenas perdió balones y no sufrió en demasía la anotación de los bases, lo que quiere decir dos cosas: defendieron poco la subida del balón blanco y no fueron agresivos en ataque. Tras el naufragio de unos días antes, cuando el Madrid no fue capaz de sacar el balón con limpieza de la cueva profunda y empinada que se había convertido su canasta, ese jugar a partir de medio campo fue sin duda una grandísima noticia para filmación de presupuesto tan reducido.
Sensaciones. Plano instantáneo y antológico de Herreros con la mano en la cabeza, conteniendo pulsiones constantes bajo la piel, rostro ausente. Antonio con las manos enlazadas, apoyado con los codos en las rodillas, en actitud defecante, pero con traje. Plaza contrito, Plaza vociferante, Plaza se da la vuelta y saca otra vez dos bases a cancha. Pepe cierra un partido más en su carrera. Ahí está el sentido de su fichaje, ahí y no en los 38 minutos anteriores. Un especialista al que le han colgado el frac para decir unas frases, cuando él lo que debía es estrellar el coche, abrir la puerta, salir del fondo del lago y cobrar unos dólares, mientras el protagonista se toma un zumo de naranja.
Hay algo que no encaja. No es la diferencia, el Granada ha sido grande en Madrid otras veces. No es la derrota previa, el Madrid ha comido antes pescaíto rancio. No es el cabeceo chepudo de Lazaros. No la soledad de Tomas. No la mirada de Maceo habanero de Venson, perdido en la La Española. No la lluvia, no el fresco de la noche madrileña, no mi dolor de cabeza, el retraso de estas líneas, el anuncio de La Otra. Es todo, y es nada. Plaza está en peligro, corre, acude. Plaza está en peligro, ven, toma la piedra o aplaude.
Simpson_M