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Ha habido esta noche dos momentos concretos, de los que pasan sólo de vez en cuando, cuyo significado se extiende más allá de lo que los ojos ven. La información visual no es suficiente. En esos casos, lo único que se puede hacer es guardar silencio y respirar profundo, para tratar de percibir algo más de lo que te ofrece la mirada.
Uno de ellos tenía que ver con una palabra: fluidez. Ocurrió en la segunda parte del partido de Euroliga en Vistalegre entre Panionios y el Real Madrid. Hubo un par de momentos en los que la visión de un jugador con aire demacrado y más pelo en la barbilla que en la parte superior de la cabeza estuvo indisolublemente ligada al dinamismo de lo inmóvil. Como a punto de estallar, refugiándose una fuerza irreprimible en la estática figura de una estatua renacentista, a Pepe Sánchez sólo le faltaba tener a su lado a Miguel Ángel golpeándolo con el martillo y exclamando "¡Habla!"
En todos estos años he visto al argentino varias veces en un campo, pero jamás había tenido hasta ahora el placer de verlo expresarse como local.. Bastante tiempo además, porque he llegado al pabellón insólitamente temprano y he tenido casi una hora para solazarme en las pequeñas miserias de un calentamiento debutante. Y tengo que decir que Pepe es, muy probablemente, el hombre que he visto hacer más cosas con menos movimiento propio. En su cuerpo, alejado de estereotipos atléticos tan queridos hoy, se condensa como en un lingote de cacao el baloncesto en una economía de medios que a muchos gobernantes les gustaría tener en sus dominios.
Pepe sale de su guarida con un bote y un pase rectilíneo, que llega al jugador cual asíntota a una función que se desplace hacia un máximo; no le obliga a cambiar su trayectoria; el balón simplemente atraca en sus manos como si hubiera estado allí minutos antes, días incluso. Pepe invierte el balón unas décimas antes de que siquiera haya llegado a tocarlo; sus dedos apenas lo contactan, más bien lo desvían, repulsión jamás descubierta entre cuero y carne.
Pepe pide un bloqueo y da dos pasos, y un bote y medio, porque el segundo en realidad ocurre a dos metros de distancia de donde él se encuentra, en parada y fonda en el parquet antes de llegar al asistido, que hasta puede ser griego y tener barba, por mucho que éstos caracteres concurran sólo en óleos de la Academia. Arrebatado por el momento de inspiración, tendrá cabida en el personaje aristotélico hasta una concesión a la frivolidad, un rectificado que cabría llamarlo (en herético bautismo) hermoso.
El segundo momento tiene que ver con la fe. O con la falta de ella. Dicen los que han vivido un milagro, aunque seguramente no sea nadie en este mundo -luego invento, dadme una oportunidad-, que lo más sobrecogedor del mismo es su naturalidad. Jesús reclamó una copa de agua y en ella había vino, y el vino estaba allí desde hacía siempre o, más bien, desde hacía nunca. Era vino, nada ardió; no se manifestaron luces siniestras o voces profundas, no se abrió el cielo, no bramó el fuego en las divinas narices. Cuando alguien ha muerto y revive, lo que nos deja perplejos no es el vocerío del público, sino la actitud del resucitado, que se rasca la oreja y pide un vaso de mosto.
Venson Hamilton he regresado de un pozo más oscuro que su piel, y en realidad es casi, casi como si no se hubiera marchado nunca. No había hecho ni un esfuerzo de más en el largo calentamiento, con lo que suponíamos que la aparición de su figura desgarbada obedecía más a un exceso legendario, cual Cid atado sobre Babieca, que a un hecho factible. Pero Venson, sin hacer tampoco ninguna reivindicación absurda, sin buscar el fin de su articulación, ha dado una asistencia, ha cogido un rebote, ha hecho una falta y diríamos que ha puesto un tapón, pero su rostro no se ha inmutado ni un músculo; no ha habido ni una concesión a la cámara, un rasgar su camiseta, agacharse e hinchar las zapatillas neumáticas. Tan es así que juraría haber visto a Venson en el patio de su casa, con sus niños si los tiene, jugando al baloncesto estos meses. Tirando, economizando sudores, puliendo movimientos, preparando un regreso en el que el tiro sea su activo y el salto una golondrina, luz de estrella en pequeñas madrugadas.
El resto de las vivencias son más corrientes. El rival era otro equipo griego vestido de rojo, con lo que se trataba de lavar la afrenta de hace unos meses, cuando abandomanos en el Pireo la competición continental, pero éste no era aquél, ni hoy nosotros ellos. El Madrid ha jugado bien, ante un contrario impotente en cuanto la suavidad fútil de Nicolic se agotó en el primer cuarto. Tuvo un instante para el abuso, con Mumbrú convertido no sabemos si en otro o en él mismo, desagradable, absurdo. Pero ni Baxter, que perdió su fuerza en el único mate que convirtió, ni el biotopo arquetípico de americano del medio oeste que era su pívot rubicundo, ni otros déjà vu acebéticos, el habitual pívot griego sin afeitar y entrado en kilos, repleto de sudor... había un buen trecho entre el Madrid sinfónico de Pepe y el milagroso de Venson, no así en el Madrid rentré de Raúl, rumoroso, largo en el tiro, obstinato en el bote, y algo mejor en el de Llull, in crescendo cuando entraba al aro, fortissimo cuando en el aire debía rectificar, pasar a la nada y evitar el daño del suelo.
Las impresiones visuales de los nuevos son muy curiosas: Hosley parece más alto que Massey, que a su vez parece más ágil que saltarín; Quinton ama todo lo que es el contacto físico, pero detesta la estética del balón más allá del crujido de la tabla cuando la usa de apoyo o el de los huesos del contrario cuando los usa de ídem. Es, sin embargo, efectivo, cansino, y quiere anotar. Massey no tiene cara de americano peligroso. No haría carrera de malote en películas gansta, porque está en su barba el aroma del trabajador comunitario, el conductor de autobús que saluda a la abuela en la parada, escondiendo bajo la camisa abdominales como teselas de gres.
Tomas no ha hecho falta, y Llull ha asumido el papel de suplente de Bullock con una naturalidad que sin duda debía hacer al croata revolverse en el asiento. Pero esto es un espejismo; ha sido una obra sinfónica, con un aire límpido, y es que el Panionios ha hecho honor a su nombre auténtico: con vosotros, chers amis, pan y cebolla.
Saludos,
Simpson_M |
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87 - REAL MADRID (26+18+23+20): Sánchez (4), Bullock (9), Hosley (17), Hervelle (7), Reyes (16) -cinco inicial-, Llull (8), López (8), Mumbrú (-), Papadopulos (6), Hamilton (-), Massey (10) y Pérez (2).
66 - PANIONIOS (21+16+15+14): Baxter (4), Cvetkovic (5), Miles (8), Nikolic (12), Kalampokis (5) -cinco inicial-, Khantopulos (4), Georgallis (12), Kendall (10), Gianulis (4), Raicevic (2) y Kanonidis (-).
Árbitros: Pukl (SLO), Vyklicky (CZE) y Maricic (SRB). Excluyeron por personales a Cvetkovic (m.33) y Baxter (m.37).