Dos partidos. Eso es lo que le ha durado al Madrid y, por añadidura, nosotros, sus aficionados, la alegría este año. Podré ver al Madrid ganar mil partidos seguidos que uno solo como éste bastará para que sienta vergüenza, impotencia y decepción.
El caso es que no parece sencillo encontrar soluciones a esto. Estamos agitando algunas cuerdas, pero, ¿son suficientes?. Lazaros ha sido descartado de facto, se ha disfrutado del efecto de una especie de milagro como ha sido la victoria en Badalona, ante un rival que se achicó de una forma bastante alarmante.
La historia del partido no se ha apartado demasiado de un guión que hemos vivido en los últimos meses de forma insistente. Visita a un campo hostil, en el que se encuentra un equipo con oficio y más o menos calidad. Da igual que sea teóricamente inferior. Es un equipo con ciertos activos, le basta con eso. Puede estar en crisis o no; el Pamesa lo estaba, necesitaba una victoria para que el nuevo entrenador tuviera un mínimo de respaldo en su afición.
El partido arranca y Pamesa hace un encuentro serio, correcto. Ni siquiera deslumbrante. Anota con cierta regularidad; el Madrid, salvo las primeras canastas, pierde el contacto con el enemigo, llegando a atravesar varias rachas de largos minutos sin anotar. Durante más o menos un cuarto se logra defender algo mejor y se mantiene la distancia; a partir de ahí se termina la capacidad competitiva del equipo. Tras ese cuarto de igualdad más o menos cierta, fundamentada en el trabajo colectivo, el rival sigue a su ritmo, mientras que el Madrid se encalla.
La distancia crece sin pausa, pero sin prisa; algún jugador asume algo más de protagonismo para tratar de recortar la distancia, pero su esfuerzo se ahoga en defensas cada vez más animosas, que terminan por anularlo. El contrario encuentra tres minutos felices y la distancia, que rondaba la decena de puntos, se dispara hasta los veinte, los treinta o los cuarenta. El Madrid parece aceptar esa paliza sin aparente pálpito, sin rubor, desinflado. En ningún momento nos parece que pueda remontarse el partido, jamás hay algo parecido a fe en la victoria. El público contrario ha explotado en alegría, y suele asistir al final del encuentro anestesiado, como a veces hace el local, momento en el que el Madrid tal vez logre acercarse unos puntos. El resultado, solo uno: paliza.
Las particularidades de hoy han sido que el contrario se llamaba Pamesa, que la distancia final ha sido de 16 puntos, y que el Madrid parecía tener algo de energía tras dos victorias. ¿Eran humo?.
Lo que está claro es que desde hace año y medio este equipo no funciona.. Hace no demasiado el Madrid era un rival que se cosía a los partidos y no abandonaba la tensión competitiva jamás. De hecho, el último año de Bozídar Maljkovic, año aciago sin lugar a dudas, el Madrid tenía la facultad de agarrarse a los partidos, y yo diría que no existía la sensación de impotencia, de descontento que ahora nos invade. En aquel entonces la sintomatología del enfermo era más o menos clara: plantilla corta, suplentes infames, pero se daba la cara. Ahora el Madrid no la da. Algunos se cabrean. No es suficiente.
Ya es mala señal que el Pamesa, con un juego interior criticado hasta lo tenebroso en el pasado reciente, con el pívot más experto, retirado del equipo (Dikoudis), llegue a su encuentro con el Madrid y vea como todos sus pívots, exceptuando al casi desahuciado Pietrus, hagan un gran partido. Perovic desde luego, pero también Kuço y Miralles, que hoy casi parecía un NBA. Les llegaban balones, los convertían, y daban sentido a un equipo que por primera vez en muchas jornadas parecía equilibrado y se podía asemejar al modelo mental que el aficionado y el planificador valenciano veía al comienzo del año.
Peor aún es peor ver quién era el encargado de enfrentarse a los pívots taronjas. Ni más ni menos que Venson Hamilton, del que vimos su aparición con ilusión, para llegar a esta noche, noche brutalmente descarnada, en la que ha demostrado la más palmaria impotencia como jugador. Se podrá entresacar de su actuación algún rebote, disculpar su larga ausencia. Hoy ha sido un esperpento ver cómo se le escapaba balón tras balón, trababa ataques y naufragaba, en el sentido más amplio. En defensa, Massey era superado en kilos y fuerza por gente a los que les llegaba a la tetilla izquierda, mientras Lazaros, teóricamente en uno de los partidos que más claramente se podían adaptar a sus características, estaba en el banquillo en el más insultante de los ostracismos.
No me gusta esta falta de claridad, este pulso de mierda. Si hay que dejar mensajes lo que hay que hacer es publicitarlos. Queremos saber por qué Lazaros no juega, si es una cuestión disciplinaria, del entrenador, de la directiva. La temporada es tan joven que sentir esta desazón, esta ausencia de expectativas, este volver a ninguna parte es matador, es suficiente como para que nos inventemos conflictos ficticios, que debían haberse resuelto hace sólo un par de meses, antes de que todo comenzara.
Lazaros no dice nada. Si acaso habla de una partida de ajedrez, pobre diablo. Yo no veo en él culpabilidad alguna. Se le ha fichado para un equipo que funcionaba a un ritmo distinto al suyo, con sistemas antitéticos, con un entrenador que ha fracasado a la hora de exprimir sus cincos (Sonseca solo fue el primero). Y ahora, su impostada extirpación del equipo se antoja un parapeto, un ardid, un truco de prestidigitador.
Aquí todos se esconden. Tras la manifiesta falta de energía competitiva del equipo en las plazas (ejem) más duras el año pasado, algunos pensamos que el entrenador podría caer. Pero fusilar a Plaza era llevar a primer plano a los directivos, y lo mejor es, para su supervivencia, que pasen desapercibidos. Malo es cuando un directivo sale en la prensa. De modo que la continuidad del técnico era la mejor forma de aparentar que la situación estaba dominada y, en caso contrario, dejar un lastre a disposición del desesperado que soltar para ganar altura.
El entrenador, quizá falto de autocrítica, tal vez encumbrado demasiado deprisa, en un año 2007 tan generoso como trepidante, en el primer momento de peligro real de su carrera, tiene que sentir una tentación muy grande de buscar un paraguas en medio de un chaparrón como el que ahora cae sobre todos nosotros. Pero tiene que haber un límite. Si el equipo sufre, si ve minoradas sus opciones de triunfo por una simple justificación, la legitimidad de la pose se pierde. Hoy Lazaros, si hubiera jugado los minutos que ha disputado Hamilton, no habría dado peor resultado.
De todas formas detenerse en un "Lazaros sí" o "Lazaros no" es incluso superfluo para mí. No me voy a detener en eso, porque ha habido otras muchas cosas más descorazonadoras. Massey transmite sensaciones contradictorias. Está adaptandose y al menos ahora deja algunas buenas vibraciones, pero parece ser un jugador que necesita tener el campo cuesta abajo para brillar. En las condiciones hostiles en las que le está tocando participar no ha sido el elemento aglutinador, salvífico, que permita recuperar el rumbo, sino más bien uno más de los encargados de ahondar la vía de agua. Se le ve desquiciado demasiado deprisa, incluso después de un par de partidos en los que hizo buenas actuaciones.
Hosley es otra historia. Su caso ha sido al revés del de Massey. Empezó sin alardes, pero anotando casi sin buscarlo, y ahora está sumido en la más horrible grisitud, agarrotado por su falta de precisión técnica, sin felicidad en su relación con el aro, sin la defensa asfixiante que se le supone con semejante físico. Tanto es así que permanece grandísimos periodos fuera del campo.
Ése es un factor común de esta crisis. El año pasado no ocurría, todos jugaban más o menos, con lo que tenemos una variante sobre el horror. Plaza ha acortado las rotaciones, parece mover el banquillo a espasmos. Quinton puede desaparecer en la juventud del primer tiempo y no volver hasta que el partido enfila el camino de la tumba. Cada día es más llamativa la radicalidad de los gustos del técnico. Hay gente que le entra y gente que no, y eso está por encima del coste de los fichajes, de su trayectoria previa, de su historial y características. Hosley no puede ser cuatro; Tomas no juega de tres, sino de dos. Llull es un base (forzoso, ahí él no tiene culpa) y Hervelle es un cinco, aunque esté a varias arrobas de distancia de su emparejamiento.
Pamesa tiene problemas. Hoy ha defendido, sus pívots han recibido y se han impuesto en un encuentro en el que tenían la ventaja física y han mostrado algo de garra. Además, en su caso la ausencia de Dikoudis parece que les ha dado una entidad, una fortaleza que justifica la medida. Si Pamesa es capaz de encontrar el equilibrio es porque su plantilla tiene ese equilibrio oculto en problemas de adaptación y jerarquía en varios jugadores.. Pívots, un alero y una línea exterior muy anotadora y animosa.
Por otra parte, el Madrid en ataque cada vez es menos capaz de superar a rivales serios, a defensas aguerridas. Es ésa, junto con la pérdida de actitud, o de concentración, o de afán de supervivencia que dejó en este equipo Maljkovic, son las que determinan las palizas continuas que sufrimos fuera de casa. En los unos contra unos, excepción hecha de Felipe, nadie saca ventajas. Raúl no libera sus tiros; Bullock o bien se resguarda de series malas en el tiro o bien anota ya cuando el contrario se relaja, porque hoy se ha mantenido al margen de la agresión ofensiva hasta el final, en el que ha abierto las puertas a sus canastas. Tomas está irreconocible, tímido y fuera de juego, cuando en realidad es de los pocos jugadores que por condiciones podrían enriquecer tácticamente al equipo, si bien a mí jamás me ha terminado de convencer.
El Madrid necesita soluciones. El amago de reacción se ha quedado en un partido robado por un milagro con olor a "popó", un final de infarto contra un contrario inferior y un buen partido contra un equipo de zona media de la tabla. Pamesa nos ha machacado, y lo que es peor, lo ha hecho con una sencillez que asusta, sin apenas esfuerzo aparente. Es que ni les ha salido un partido muy bueno; les ha bastado uno decente.
¿Qué tendrá que pasar para que alguien tome medidas?... En forma de jugadores, de dimisiones, de cambios. Esto no funciona!!.... ¿Para qué esperar más?
Simpson_M
Pamesa Valencia (25+16+23+15): Williams (17), Martínez (1), Claver (8), Miralles (14) y Perovic (15) -cinco inicial- Oliver (11), Douglas (12), Kuqo (4), Avdalovic (-) y Pietrus (-).
Real Madrid (16+19+11+20): Raúl López (3), Bullock (13), Mumbrú (9), Reyes (12) y Hamilton (5) -cinco inicial- Llull (7), Hosley (6), Hervelle (5), Massey (6), Tomas (-).