Quién juega con fuego se quema. Esta desapacible mañana madrileña una llamita pequeña se transformó en un incendio huracanado que sólo un esfuerzo de raza logró aplacar, que no dominar, de modo que volvió a rebrotar más tarde y casi termina por abrasar zonas habitadas por vida supuestamente inteligente: el palco del Madrid, su banquillo y, por supuesto, la grada.
Bruesa. Un partido supuestamente numerario, uno más en una serie ininterrumpida de choques que sólo los ignorantes tildarán de fáciles. Hoy no hay enemigo pequeño, frase manida pero que no oculta nada, muestra todo: si no trabajas y no luchas te vas con el culete enrojecido.
El partido no se presentaba con el mejor cariz. Los dos bases supuestamente titulares con molestias y el local entregado al pundonor de Llull. Podríamos decir que hoy Sergio ha completado su transformación a esa especie con caracteres propios que es la de la estirpe de playmakers matadores. Habría que tirar de hemeroteca para asegurar que no ha batido un récord, y es el de base con más mates en la historia de la liga española en un solo partido: cuatro de ellos, de casi todos los tipos, por si nos sabía a poco. Habría que repasar las heroicidades de Darrell Armstrong en el ya lejano Coren Orense antes de viajar a la NBA y tener una carrera exitosa en Orlando. Pero el exceso de Llull esta mañana será difícil de olvidar.
Como complejo, casi imposible nos resulta borrar de la memoria el recuerdo de la visita del Cajasol a principios de año. Un partido sospechosamente similar. Un inicio frío, un contrario que anota, que se siente cómodo y que, horroricémonos, nos clava SESENTA puntos en veinte minutos. No hablamos de TAU, ni de Barça; un equipo de la zona media-baja de la tabla, que trata de no pasar apuros y que trata de transformar la edad de su juego interior (suma más de cien años en tres jugadores) en un aspecto positivo, hilando, eso sí, extraordinariamente fino.
No ayudaba que en el Madrid sólo fuera Llull el único empleado en serio en defender con algo más que la presencia en la cancha. Se nos hace difícil asumir que jugadores con un techo alto cuando están centrados se deshagan hasta desvanecerse, como de hecho a Massey le ocurre casi sistemáticamente. Si este hombre pusiera el empeño de sus minutos buenos podría ser un elemento básico en el equipo. Al menos, hoy ha logrado enderezar el rumbo en mitad del trayecto, pero no siempre ocurre así. Plaza ha tenido que sentarlo en la primera parte porque su dejadez era, en una palabra, inadmisible. Parece que poco a poco va asumiendo que su persona es básica en un equipo tan apurado, y su segunda parte ha ofrecido el nivel de compromiso que se le exige a un jugador de esta entidad.
¿Por qué tantos apuros?. Porque los visitantes de un equipo de los de arriba no siempre llegan al pabellón con la idea de dejar pasar el tiempo y tener una derrota digna, sino que algunos necesitan, o buscan activamente la victoria y, además, de esos puede ocurrir que tengan un día acertado en ataque.
La primera parte de Bruesa ha sido soberbia. Prácticamente todos sus jugadores han anotado y, concretamente, por medio del triple han destrozado a un Madrid muy poco centrado y que sólo mostraba interés en el ataque.
Están ocurriendo, sin embargo, cosas extrañas. La rotación está cambiando lentamente, y nos preguntamos a qué se debe esta alteración de los roles. Mumbrú paulatinamente juega menos. No se le ve especialmente poco participativo, pero sí es verdad que tanto Hosley como Tomas suman más minutos, lo que por una parte yo apoyo pero por otra desde luego no se está viendo apoyado indiscutiblemente por la labor de los dos jugadores, que trabajar trabajan, pero fortuna y/o acierto tienen el justo. ¿Se quiere reservar a Mumbrú, o hay algún tipo de modificación en la confianza en él depositada?, ¿algún aspecto disciplinario?. Una mezcla de todos estos aspectos, imaginamos.

En el Bruesa hay que aplaudir la colaboración de casi todos en esa primera parte para su historia particular, que a saber si no fue de récord. Sergio Sánchez hizo casi lo único que sabe hacer bien, que es anotar, tirar y penetrar a impulsos. Isaac López tuvo un partido francamente bueno, que empañaría en la segunda parte con alguna acción desafortunada y una pérdida ante Bullock que a la postre sería decisiva. Isaac se nos antoja como un exterior muy aprovechable, quizás mejorable en defensa, pero que en ataque tira bien y ha demostrado tener posibilidades penetrando. Para completar el panorama, Roe desafiaba a los que piensan que la vida se termina a los cuarenta y David Doblas hacía, como ya protagonizó en el partido de ida, un duelo memorable con Felipe y Van den Spiegel, haciéndose hueco con su cuerpo fuerte, compacto, pétreo, y dando toda una lección de calidad en el poste bajo, superando ampliamente a sus defensores durante casi todo el partido.
Tiene Doblas además la virtud de sobrevivir en el juego subterráneo, con esos toques de cadera tan despiadados como inadvertidos en las defensas y una elección más que buena del momento en que aparecer. Si tenemos en cuenta su cifra de anotación y que ha estado menos de veinte minutos en cancha, nos preguntamos si hay tanta distancia entre Doblas y jugadores con una cotización abrumadoramente superior, como pueda serlo ahora mismo Esteban Batista, otro jugador ultra-interior, poderoso y con problemas de velocidad, que ha participado hasta en una F4 con el Maccabi siendo jugador importante. Lógicamente existen diferencias, pero obviar el valor de Doblas en una liga hambrienta de jugadores interiores con capacidad ofensiva al poste y que conozcan el juego, siendo además seguramente un jugador barato, sería apresurado.
El resultado al descanso, sonrojante, tanto que el público lo hizo notar con unos silbidos que auguraban poco menos que una explosión si el Madrid continuaba inactivo. Todo esto ocurría con un arbitraje absurdo, como tantos otros, errando y, en su afán de devolver el daño perdido, desdiciéndose en compensaciones sin sentido, con errores de apreciación, sin conocimiento del reglamento, y demostrando la inutilidad de reglas que, en lugar de añadir claridad, complican la labor del árbitro como la del famoso (e inútil) semicírculo, que en el fragor del juego todos olvidan, en parte porque decidir si los pies del sufrido defensor están pisándolo o no cuando colisiona con el atacante es inviable si estás siguiendo el juego.
Algo debió de ocurrir en el vestuario porque la salida del Madrid en la segunda parte fue en tromba. Un huracán, más o menos lo que debería de haber sido al comienzo del encuentro y no fue. Llull añadió dos mates de nada a su cuenta, en jugadas casi agonizantes; primero fue una penetración agresiva en un ataque estático en la que Marconato (que, a diferencia de Roe, sí nota el paso del tiempo y, diríamos, la sequedad del ansia) no se enteró de nada hasta que un compañero le pasó el balón para que sacara de fondo. Luego, otro, en contraataque, demostrando que su último apoyo en el salto es de acero, y es que recibió el balón casi bajo el aro; pero su deseo es tal que meter el balón a capón es para él casi una necesidad. No digamos para el público, que respondió en seguida, y es que no es ninguna novedad que el aficionado lo que quiere es pasión, diversión ya garra, aparte de victorias y, en ocasiones, hasta por encima de éstas.
El Bruesa se cortocircuitó. Sergio Sánchez no sabía dónde meterse, fallando en las entregas, tradicional laguna de su juego. Laso se subía por las paredes en el banquillo, pero tampoco tenía tantos argumentos; Felipe entraba en cifras y Bullock anotaba con cada vez más soltura.
A Louis se le podrá criticar de todo, excepto sus ganas por seguir en el Madrid. Sus últimos partidos son de una emotividad absoluta. Se siente, seguramente, fuera del equipo para el año próximo (no ayudan las filtraciones a la prensa, como la del caso Oleson) pero nos deja claro con su juego y, cosa extraordinaria, con su defensa, que cree en el Madrid. Hoy le ha tocado, mucho tiempo después, hacer de base y, aunque sus jugadas como director estaban claramente orientadas en ser él quien anotara, no se puede decir que lo hiciera mal. Se le ve suelto, anota como siempre con soltura tras bote, está veloz, con fuerza. Él y VDS son de lo poco salvable en la primera parte, aunque al belga le puede demasiado a menudo su deseo por impedir la canasta y mete manos que sobran, relegándolo al banquillo. Qué suerte tenerle, la verdad: intimida aunque no salte, en ataque es tosco a la par que eficiente y corre que se las pela en cada transición. Un hombre que hay que renovar, que tiene sitio en una plantilla de calidad y con aspiraciones, haciendo lo que sabe: trabajar.
Pasó que el arranque del tercer cuarto no dejó al equipo vasco muerto, sino sólo noqueado temporalmente, y tanto Roe como un Panko entonado y, sobre todo, el fantástico Doblas pausaron la sangría en ese punto en el que el agresor está ahíto de sangre, el público ha echado ya los malos humores fuera, y todos recuperan el resuello esperando el final. Final que no llega, porque la víctima está entera y espera dar un machetazo por la espalda.
Así ocurrió: primero desde la distancia, luego con un parcial de diez puntos se llegó a poner otra vez cinco arriba. La solución pasó por encomendarse a Bullock y al trabajo de los demás, Hosley, que sumaba minutos sin repercusión estadística pero mucho sudor, Llull, cansado y progresivamente desacertado en la dirección del equipo, y Massey, vuelto en sus cabales, reboteando muy bien y haciendo aquello por lo que se le paga.

El final fue de agonía: Bullock robó primero un balón a Isaac López y convirtió la contra, anotó un triple a vida o muerte. Panko no dudó con los tiros libres y un ataque regular se saldó con otro triple de Bullock, en mala posición, que no entró. Quedaban treinta segundos y el marcador estaba empatado; Sergio Sánchez consumió la posesión e hizo una de sus penetraciones todo o nada, hasta debajo de la canasta, que esta vez sí tenía un objetivo inteligente, doblar al triple frontal. Panko recibió, pero por fortuna una ayuda in extremis le obligó a amagar, botar y tirar un segundo después, con lo que la posesión se terminó y el Madrid recuperó el balón. En el último ataque, Llull trató de resolver por fuerza en una entrada arriesgada y tampoco acertó. Prórroga.
Estaba de todos modos el Bruesa ya estirado, excesivamente exigido para esos cinco minutos. Había metido 90 puntos, 60 en la primera parte, y el Madrid había salvado el pellejo, incluso después de esos revival de serie B de terror tan comunes en las muertes múltiples del asesino que se resiste a morir. Quizás por eso fue excesivo su castigo en la prórroga, y es que al Madrid le salieron tres jugadas casi de chiripa: Un triple de Massey que rompía el partido, una canasta de Hosley en final de posesión, tras bote que no era probable que entrara y un rebote de Felipe a libre del americano que terminó por marcar la distancia entre los dos equipos.
El balance de victorias del Madrid crece, pero el equipo sigue sin desprender una sensación de fiabilidad. Sus lagunas mentales abundan y hoy podía haberle costado una derrota dolorosísima, por inesperada y por cruel. El Bruesa, como cualquier equipo de esta ACB, tiene gente experta, oficio y calidad, y si estás dormido puede hacerte mucho daño. Lo bueno de las próximas semanas es que el Madrid no tendrá rivales de los que admiten lagunas. Los jugadores son pillos y estarán al 100% desde el primer minuto, algo que debería darse por descontado pero que, por desgracia, no siempre es así.
La fenomenal victoria ante Unicaja de la semana pasada queda como un oasis en un camino salpicado de dudas. Equipos de la zona media, sea alta o baja, nos buscan las vueltas sin que el Madrid demuestre autoridad. El partido hurtado a la televisión del Jueves ante el Granada se ganó casi milagrosamente, por una racha de genio de los dos jugadores más comprometidos diríamos, por distintos motivos, ahora mismo con el Madrid: Llull y Bullock. El bajón de productividad de Felipe y la ausencia extraña de Mumbrú coinciden con el ya habitual problema con los bases y Tomas y Hosley que no se terminan de asentar. Massey se va de los partidos, pero cuando vuelve y está en cuerpo y alma es un jugador motivante. Sólo Van den Spiegel parece dar todo lo que tiene con la regularidad que se espera de él, aunque las faltas y su perfil de obrero impiden depositar en él mayores esperanzas de las justas.
Por lo tanto, el partido de Euroliga contra el Barça será esencialmente la verificación de que los indicios de buen juego y la racha de victorias del Madrid tiene una base sólida sobre la que construir en el futuro. Este año, está claro que las dudas y los sobresaltos constituyen parte inherente al Madrid de baloncesto.
Simpson_M