
Vivir en el alambre. Un nuevo sino que sumar al ya de por sí errático deambular del Real Madrid esta temporada. ¿Cuántos partidos ha ganado por la mano, tras primeras partes entre horribles y terroríficas?. Casi se hace difícil recordarlas todas.
El Madrid es un equipo de grandes remontadas. Históricamente ha sido así, tanto en fútbol como en baloncesto. Lo ha sido porque solía aplastar al contrario a base de empeño y energía, incluso en inferioridad técnica o física; digamos que tenía casta o, dicho de otro modo, coraje (ejem). El gran problema surge cuando tu rival es un equipo claramente inferior, con serios problemas en el juego interior, y que fundamenta su producción ofensiva en un juego exterior tirador, medianamente penetrador y ocasionales bloqueos directos para sus pívots.
En estos casos, una remontada es engañosa. Nos deja un sabor dulce en el final del partido; vemos a Tomas y a Mumbrú hacer el monito saltando uno junto a otro y estrechando los pechos en una colisión feliz y dichosa. Pero, ay amigo, el problema es que el Madrid ha estado durante 37 minutos fuera de la competición, porque perder en esta cancha era perder el tren, un tren que quizás no nos lleve a ninguna parte, pero que tras ganar al Barça en casa nos ha dejado una opción, siquiera mínima de pasar de fase. Viendo la paliza que los de Pascual han infringido al Maccabi en casa, y teniendo en cuenta el tradicional trauma del Madrid en su visita a Israel, no fallar ante el Alba y (mucho cuidado) controlar los averages pueden ser las razones que determinen quién pase como segundo de grupo.
Tampoco exageremos. El Alba se jugaba hoy el pase, lo poco que le pudiera quedar de pase. Una sorpresa fuera y ser un equipo correoso en casa, que lo ha sido durante la primera fase de la Euroliga. Una sorpresa improbable, pero hay combinaciones. Un equipo que lo gana todo, otros que se quedan en tres victorias y tal vez una diferencia de puntos puede ser suficiente. Por otro lado, el premio del Alba si pasara de fase sería histórico. No es el baloncesto alemán tradicionalmente fuerte; más bien al contrario. Mucho americano nacionalizado de medio pelo, muchos hombres bajitos y tiradores, ocasionales estrellas, y es que, sobre el papel, los alemanes lo tienen todo para el baloncesto: altura, fortaleza, buenos inmigrantes y oriundos, voluntad para el trabajo. Pero ahí están. Un Europeo devaluado (con recadito para Azofra incluído... un tiro libre tan solo) con Benkhe de pívot con minutos, 2,20 y... bastante poco más.
Pero volvamos del pasado. Este Alba no tiene a Welp, por no tener no tiene ni a Femmerling para oponer resistencia. Y durante la primera parte se ha exhibido. Es uno más de la larguiiiiiísima lista de equipos que esta temporada han metido más de 50 puntos al Madrid en la primera parte. Bien, aceptemos que han visto la virgen. Aceptemos que Jenkins no va a repetir una primera parte igual en meses (a mí, esto, después de ver a Mallet destrozar perímetros en España, no me vale. Una liga mala esconde grandes jugadores). Demos por bueno que no perdieron ni un balón, y el Madrid casi una docena. Pero aceptemos también que el Madrid no ha defendido una puñetera mierda, nada. Demos por bueno que el Madrid no ha metido un triste triple, que ha perdido una decena de balones ante una defensa simplemente animosa, que ni siquiera tenía superioridad física, tradicional problema de los pequeños exteriores del Madrid.
Tengamos la decencia de admitir que el Madrid ha salido completamente desconcentrado, tras un viajecito largo, quizás (joder, es Alemania, no es Vladivostok, ni Petropavlovsk), pero también tras una jornada de descanso, pijama y orinal.
Colapso mental, colapso en el banquillo, que francamente ha olido a acojone y también a impotencia. Impotencia porque Pepe no ha dado ni un minuto en todo el segundo tiempo de reposo a Llull, lanzado a tumba abierta como único recurso con Bullock de la zona exterior, descontando unos anecdóticos minutos de Tomas, infrautilizado tal vez, desdibujado, también. Acojone porque, aunque lógicas, las decisiones finales en la elección de las faltas han atisbado casi histeria, pavor; Mumbrú casi le muerde en la oreja a un patético Wright a la hora de la verdad, a la hora de decidir, para mandarlo a los libres.
El caso es que hemos sobrevivido. Pero a qué coste. Cada vez es más obvio que el grueso de jugadores del Madrid es de esos que hacen tiempre los mismos números, lo que por un lado es bueno, y por otro es malo. Van den Spiegel, si juega 15-20 minutos hará seis puntos, cogerá cuatro rebotes y pondrá un tapón, jugando contra el Barcelona, que no está nada mal, pero también jugando contra el Boyuyos del Condado, en el caso de que esta noble localidad decidiera hacer un equipo de basket con los parroquianos, y eso es algo peor. Hosley, podríamos decir lo mismo; hará cuatro o cinco puntos, cogerá tres o cuatro rebotes, sudará dos o dos con cinco litros de sudor en su media hora en la cancha, si hace falta; pero eso, contra un Alba, se nos antoja muy, muy poco.

Sobre todo por el contraste entre un jugador de calidad (Bullock lo es) y otro que no la tiene, que vive en el terreno de lo hipotético, de lo potencial. Massey, que sí puede subirse a la parra de la anotación fútil, o ser importante contra un Unicaja, pongamos, es casi más irritante. Porque está, y se va, y no logra volver; es un Guadiana en el sentido más amplio. A veces dudamos de si será un problema el suyo de actitud, un trastorno de la atención, autismo, que sufre diarreas intermitentes, colon espástico, tiene erecciones jugando o su barba le crece hacia el interior de la boca, lo que tiene que ser horroroso; comer melocotones perpetuos, aunque estés degustando una suave tarta de fresa.
Bullock nos ha salvado un poquito, un muchito; Felipe también, fallón primero, luego muy metido, agarrado al partido, absolutamente imparable para unos pívots que tampoco podrían haberle parado en la primera parte, pero ahí el Madrid era un remedo de organismo, un ectoplasma, un ser sin cabeza ni, a lo que parece, corazón. Sonado, más bien.
Más... Mumbrú ha jugado un buen partido. Es así; ha fallado, se le ha ido la pinza un par de veces en jugadas como ese triple absurdo, a falta de muchos minutos aún, apenas agotados segundos de posesión, pero ante un contrario que no podía oponer un alero fuerte que le frenara al poste, se ha hartado de rebotear en ataque, de anotar en esa posición, ya que de facto tenía un físico compatible con sus pívots. No deja de ser cierto que Mumbrú es útil precisamente por eso; porque es un alero que postea, y postea muy bien. Lástima de cerebro.
Los dos últimos protagonistas de la historia son un héroe antiguo y otro reciente. Ambos son irregulares; no son gente de calidad en el sentido estricto. Son jugadores que viven en el esfuerzo, en la lucha. Que corren y se dejan la piel. Llull, en su rostro de veintitrés años esconde arrugas adelantadas un lustro. Hervelle se ha roto en estos años la nariz un par de veces; la ceja tres o cuatro, se ha pegado con Kasun, le ha aguantado codos y culos a pívots de media Europa, generalmente de quince a veinte kilos más pesados. En una cosa estamos ciertos; a cabezazos no le iba a ganar nadie. Tienen la cabeza demasiado pequeña.


En una suerte de venganza histórica, el belga le ha metido una canasta decisiva, nuclear, al Alba, en una suerte de cruce de las Ardenas en un nuevo plan Schilieffen, Bélgica, habitual víctima primeriza de las aventuras expansionistas germánicas. Con dos cojones (no se me ocurre otra palabra mejor) éste hombre hace partidos grises que de golpe se deciden por acciones suyas. Es imposible olvidar el tapón a Garcés el año de la victoria en la ACB en el último suspiro del partido, o el triple inútil que "eliminó" al Maccabi el año pasado justo antes de la archifamosa jugada entre un Raúl chepudo y un Halperin saltarín desde el perímetro. Hay más, pero son suficientes ejemplos. Llull, por su parte, ha sido decisivo. Desigual; no ha tenido éxito en todo lo que ha intentado, pero ha intentado tener éxito en todo lo que ha tenido, que ha sido bastante.
Plaza, inicialmente en estado de shock, ha hecho algo menos del mínimo, pero ha tenido la precaución de dar un minuto de oxígeno a Bullock en la parte final, y ha dejado bien claro que... Pepe no cuenta (sea para bien o para mal, hoy cuesta decir lo segundo) y que no va a jugarse un triple en contra con ventaja de dos o tres puntos y en final de partido en su puñetera vida.
La vida, precisamente, es muchas veces una carrera de sensaciones, de indicios. Una carrera con retroalimentación positiva; si vas bien, la tendencia puede ser a ir mejor; es lo que se llama momentum, cliché de moda que no es sino una forma de significar que estás crecido, que la pista se pone cuesta abajo, que ves el mundo de cara, que el viento sopla de cola, a toda vela; el Madrid no corta el mar, pero tampoco vuela y, efectivamente, no es un velero bergantín, sino más bien un pecio a la deriva, que ni tomando corrientes favorables deja de dar bandazos.
¿Merece nuestro corazón estos requiebros?. Bueno, desde luego no será porque lo que venga no sea infartante; una visita a un Cajasol sumergido en pleno, sí, "momentum", y no una, sino tres horas H: Maccabi, Tau y Barcelona, en la Copa. Casi nada al aparato, oiga. Preparen las cafinitrinas y el champagne... o los pañuelos blancos.
Simpson_M