Hay equipos que se resisten a morir. Incluso cuando mueren, a veces, el brazo o la pierna se agitan en un último estertor, apurando los últimos impulsos de vida.
Los síntomas de la muerte son variados. Dicen que uno de ellos es la pérdida de color. La muerte es pálida, o cerúlea; en general, suele ser antitética respecto al color natural del sujeto. El moreno se torna blanquecino, y el encalado adquiere tonos violáceos. Al Maccabi, que se nos va muriendo poco a poco a la espera de un nuevo amanecer, el amarillo se le ha quedado en el camino, y se ha transformado en un equipo de color azulón de taller de barrio, de esos que patrocinan, con suerte, a equipos de liga autonómica y tienen nombres tan olvidables como los cortes que en los cines periféricos anteceden a los filmes: Ferreterías López, Recauchutados Gómez, Ebanistería Martínez.
Entre la grada, hombres recios con americanas y rostro falto de sueño se paseaban hablando por la solapa de sus chaquetas, mientras un cable blanco colgaba de su oreja y susurraba inquietudes perpetuas. El Madrid aguardaba como una caja de bombones cerrada; como decía un tonto ilustre, citando a su madre, no se sabe qué te va a tocar cuando la abras. Hoy, lejos de los Ferrero Rocher de las tómbolas, nos ha tocado una delicia belga, suiza, en cualquier caso centroeuropea; sea por el exquisito cacao silente en la bodega de un barco flamenco, o por la leche avivada en las ubres de vacas paciendo en las faldas de los Alpes, lo que hemos probado ha sabido a maravilla.

No ha sido sin sufrimiento. Tampoco tanto; el Madrid salió a la cancha fuerte, con un buen parcial, en un quinteto en el que Llull se antojaba jugador sin descanso, de treinta y siete o treinta y ocho minutos, Felipe y Bullock a su lado, y el ínclito Mumbrú asumiendo responsabilidades, qué miedo cuando su espita se deja abierta en el fondo de la cocina. Massey era el invitado de piedra, y es que más de una irregular canto cascado alzó al ara de Vistalegre, tratando de superar al infinito D´Or (nombre de bombón) en una extensión que murió en ninguna parte.
El caso es que esa pequeña salida en tromba la frenó el Maccabi. Hablemos de los israelitas. Son un equipo, como el año pasado, con un físico impresionante pero, a diferencia del año pasado, con menos clase y un poquito menos de corazón. Sus dos guerrilleros locales, Casspi (que hará carrera en este equipo) y Eliyahu, son dos atletas, morenos, mediterráneos orientales, de narices perfiladas (el segundo inequívocamente hebrea) y una querencia absoluta por el juego dinámico y directo. Eliyahu ya ha sido durante un mes mejor jugador de la Euroliga, maltratando aros y generando ventajas con su gran paso adelante y tirando de una técnica extraña, pero efectiva, en la que impulsar el balón hacia arriba en una suerte de tiro de aproximación dirigido al tablero es una forma válidad de sumar canasta. Casspi tiene parte de esa estirpe de elegidos que hay tras los Basile, Meneghin, Yannakis; un luchador nato, un hombre que me encanta, estética y espiritualmente, a lo que se adivina.

Tras esta guardia de corps, en la que Yaniv Green hoy no ha participado, y que constituye una legión de gente corajuda y valerosa, había superpuesta una mezcla de clase y excelencia que ha logrado que muchos nos rindamos a su baloncesto en los últimos años. Un base excelso, genial, lleno de ideas, como fue el mejor Saras que nuestra mente recuerda; un pívot atlético, volador, que durante mucho tiempo fue Baston y ahora es D´Or; un 4 perforante, puesto por el que han pasado compartiendo penas y glorias Morris tiratriples, Arnold atracafarolas y Fizer mórbido. Finalmente, un hombre nuclear, excelso, divino, que nos echó el año pasado de la Euroliga, por mucho que la memoria recoja el triple asesino de Halperin frente a Raúl López: Nikola Vujcic, seguramente el mejor pívot pasador de los últimos diez años en el mundo conocido.
No deja de ser muy evidente que este año, pese a los esfuerzos ímprobos de la cartera macabea, los sustitutos han sido claramente inferiores a los que se han ido. Marcus Brown ha dado hoy, por momentos, pena, porque el máximo anotador de la Euroliga se merece un recuerdo mejor que el desesperante y hasta cierto punto impotente deambular que ha sido su paso por Madrid esta noche. Frustrado, peleón como siempre, pero ineficaz casi como nunca, sin ser capaz de lanzar, sin generar ventaja con su cuerpo fuerte y poderoso, el escolta físico más deleitante que recuerdan mis ojos en el pasado reciente, abrazado a Trajan Langdon, parece acabado.
Carlos Arroyo, improbable fichaje referencia para un equipo de élite, ocurrente, manoseador del balón, a veces irritante, pero más comedido de lo que me lo esperaba, no es Saras ni por asomo. Es un buen jugador; es un hombre intrépido y se ve que siente como suya la necesidad de alzar en armas a su equipo, pero
no tiene el poder aglutinante que tenía Saras, su clarividencia y ante todo su aliento sagrado. Es un jugador de bajos fondos, de basket centroamericano, estéticamente discutible, divertido, si se quiere, pero insuficiente. Sumémosle a esto un Brown-Bis, Dee, desapercibido, y vemos que el Maccabi es un equipo al que el banquillo le flaquea y que no tiene el punto de excelencia de antaño.
En frente, sin embargo, el Madrid tenía que demostrar que tras sus dudas en Sevilla y Berlín había algo de contundencia. Ganar de poco era someterse a una depuración más que posible en Israel, un lugar maldito para nosotros, y es que iniciamos cruzadas año tras año para que a las puertas del Templo nos pasen a cuchillo.

Así que volvamos al partido. Casspi y Eliyahu, junto con un Arroyo que mandó a Llull al banco al hacer un par de faltas, dejaron al Madrid por debajo en el marcador, por vez única en el partido. La cosa se antojaba peligrosa, por cuanto aún no sabíamos cuán muerto estaba el Maccabi, por mucho que sin el amarillo chillón fuera menos impresionante. Mumbrú había tomado decisiones afortunadas y tristes de forma simultánea, y un par de defensas alternativas habían dejado la impresión de que no teníamos muy claro a qué jugar. Llull parecía atolondrado y Plaza lo mandó al banco.
Ocurrió entonces lo habitual. El público de Vistalegre es curioso con sus fobias, pero también capaz de redimir al converso, si su fe es convincente. Pepe, que salió del banco, era una víctima propicia para una noche como la de hoy. Si el Madrid hubiera caído, Pepe habría sufrido la presión de un millón de gargantas pidiendo su ídem. Pepe, sin embargo, es un hombre que ha atravesado ya tantos avatares en la más absoluta soledad que es capaz de superar ese escrutinio terrorífico.
El hombre del que dicen que sólo tiene por amigo a Prigioni en toda la ACB salió a la cancha, frío. Sus primeras acciones fueron tímidas. Pero empezó a hacer cosas. Un pase aéreo a Hosley, que el pobre como no se la den para que la machaque no da abasto (hoy, otro airball memorable, desde ocho metros, que casi mata a Massey tras golpear el tablero). Otro picado a Bullock, en una sintonía que ojalá repitan muchas veces, pues se me antoja maravillosa; luego, un par de lanzamientos, fallados por supuesto, ya que él parece detestar entrar en las estadísticas en aquello en lo que entran todos los demás, un balón a la cara de Hosley, y es que al desdichado ni se le ocurrió que pudiera recibir un balón en medio de un corte en la mitad de la zona... y una buena defensa, diríamos, una defensa en la que lo importante no era su físico (lento), su agilidad (escasa), sino su tamaño, que es respetable, y su clarividencia para ocupar un espacio que el rival necesita.
La defensa de Pepe es de lectura, de anticipación; pero no de décimas, sino de varios segundos. Más lento, más débil, más feo que el contrario, el truco está en conocer la máxima de que dos cuerpos no pueden estar a la vez en el mismo sitio. Si tú estás antes, el otro tendrá que, o bien colisionar, o alterar su trayectoria, en suma, enrarecer su gesto.. Así, a Arroyo le ha hecho varias, como Arroyo se las ha hecho a él, pero concedamos que el atacante es quien tiene ventaja y precisamente ante Pepe parecía que el único resultado posible era un interminable mordisquear de almohada del argentino.
En la segunda parte, lo que fueron apuntes se transformó en poco menos que un clinic. Sin sudar, pausadamente, con una frialdad apenas rota por algún gesto de satisfacción al dar una asistencia, a Bullock literalmente lo hizo de oro, de una forma inadvertida: no entorpeciendo su fluir. Ver la esética infinita de Louis entendida por la continuidad ininterrumpida de Pepe es una delicia para el ojo. Sencillamente, era un encantamiento que Maccabi no supo atajar, quedando en el tercer cuarto a merced del Madrid, haciendo la goma, de siete a once-doce puntos, tan lejos, tan cerca.

Felipe estaba gris, pero tuvo su justo relevo en un Van den Spiegel que parece vivir su hábitat natural en la Euroliga, mostrando un gancho con la derecha antiestético pero efectivo, reboteando con solvencia en ataque y anotando los libres, qué importante es meterla aunque tu tiro sea poco menos que el de un artrítico. Plaza hacía pocos relevos, Bullock sumaba minutos con insistencia y nos temíamos su fatiga. Pero al menos Joan hizo en la segunda parte dos cosas bien.
La primera fue repescar a Pepe, darle cancha. Al irse al banco, un Vistalegre por fin convencido de que había jugador bajo la calva de Juan le dedicó una ovación satisfecha, y la hinchada coreó su nombre, en un momento de verdad emotivo para los que hemos seguido con cariño a este personaje hosco, pero refinado y lleno de arte. Pepe tiene un crédito que, con Raúl fastidiado, y dos partidos brutales a la vista, creo que es importantísimo. Primero contra su paisano Pablo, luego contra la armada blaugrana, su ex-equipo.
El otro acierto de Plaza, quizás inadvertido, fue sentar a Mumbrú al primer conato de incendio. Había jugado unos minutos muy buenos, en parte afortunados, con 2+1 inesperados, en parte también jugados con tino, como un triple que rompió el partido, en un contraataque abierto. Pero había fallado otro tiro solo, y en la siguiente jugada ocurrió otra de sus jugadas fuera de cámara, ante Casspi (inevitable; estaban destinados a engancharse en algún momento, pues beben del mismo fuego). El gesto de Plaza fue inmediato: a la nevera, a refrescarse. Hosley, inconmovible, en una suerte de rol como el que en su día tuvo Brent Scott (buen chico, torpe, fuerte y hasta cierto punto entrañable, uno por sus bobaliconerías, otro por sus mates) salió, un par de litros de gasoil, gracias.
Nada más que con estas dos medidas, Plaza hizo su parte (el gesto final de los TO más bien parecía un reverdecer del Plaza histrión, pagado de sí mismo, pero quizás sentía que debía reivindicarse con ese gesto; ha valido dos puntos, a mí me parece bien, pero tampoco me deja tranquilo). El resto, en realidad, fue un vendaval.
El encuentro estaba en ese momento crítico en el que como te descuides te comen la tostada, ganas apuradamente y viajas para sufrir. El miembro coleante del Maccabi, el hombre que faltaba en la enumeración anterior, y único superviviente al paso del tiempo, era Derrick Sharp.

Sharp es pequeño, es un anciano, pero ha visto la luz del mundo y en sus venas corre la sangre de los elegidos. Como el último caballero del Grial, se saltó cuatro renglones en el escalafón y asumió todo el aliento del Maccabi bicampeón de Euroliga. Con tres triples y medio (el cuarto no entró de milagro) reactivó a su equipo, que por unos instantes pareció colgado a su chepa, este hombre de metro ochenta escasos, tez negra y corazón de seis puntas. Su duelo a muerte con Bullock fue memorable, un pequeño partido dentro del partido, una intrahistoria de las que te quedan grabadas en el recuerdo por mucho tiempo, como ese clarinete que escuchaste una vez en el Auditorio y nadie más percibió, pero que te marca para siempre. Esa raza, esa calidad en el borde del adiós (como los seis triples que Herreros le metió al Barça en su último duelo en la Euroliga), intuyo que constituyen el epílogo a una estirpe de campeones, de hombres que dominaron el baloncesto continental y nos hicieron derramar muchas lágrimas de emoción al exhibirse.
Entonces llegó la muerte. La muerte puede avisar, pero cuando llega, siempre sorprende. Esta vez, lo hizo con una mezcla de azar y necesidad. Azar fue lo que impulsó a Tomas a meter un triple a la media vuelta desde una esquina del campo, o decidirse a penetrar de una puñetera vez para sumar otros dos puntos; necesidad tenía Llull de ser importante, de contribuir al sortilegio que anatemizaba al Maccabi, nuestra reciente némesis europea, la maldición de Sión.
Llull salió del banco, llegó y venció. Tres triples consecutivos, el primero de ellos celebrado con una furia indecible, espasmódica por el balear, hicieron temblar la tierra y rasgaron el velo del Tabernáculo. El aire bramó un nombre herético y ululante, monosílabo, acabado el elle para más señas, y el partido, una tribu, una historia, se terminaron.
O eso esperamos. Porque, en Israel, según cuentan, ha habido resurrecciones. Por nuestro bien, esperemos que la que se produzca sea la de un Madrid cuartofinalista, en una improbable cita con la que, más que de ningún otro, ha sido "nuestra" historia.
Simpson_M