El Real Madrid está en crisis. ¿Cómo negar que la ley de los vasos comunicantes aplica, más que en cualquier institución deportiva en España, al Real Madrid y al FC Barcelona?. Por mucho que tratemos de desligarnos de lo que suceda en el fútbol, y podamos aplicar la aritmética básica para comprobar que la suma de títulos (que no de prestigio, sobre todo internacional) entre las secciones de baloncesto indican que Madrid y Barcelona han atravesado un último lustro con parecidos guarismos, lo cierto es que, si hay una batalla que parece perdida, es la de la sección que del Madrid es motor económico.
El contraste en cómo se han conducido las dos secciones es acusado. En la de fútbol, el derroche monetario ha sido generoso. Cada año han llegado nuevos jugadores, con un desembolso alto o muy alto, interrumpiendo sin embargo la continuidad de los técnicos hasta terminar en el esfuerzo baldío y sin carisma de Juande Ramos, un entrenador que estará irremisiblemente marcado por la goleada, histórica y atroz, que el seguramente (sólo un partido lo separa) equipo que mejor palmarés haya conseguido en la historia de España en un año le infringió justo el día de la Comunidad de Madrid.
En el baloncesto, sin embargo, se ha permitido a un técnico gozar de la continuidad que no ha existido en el otro deporte, y se ha centralizado el gasto en pocas contrataciones, con un resultado claramente deficiente. Ambas vías han conducido a un palmarés digno (los números de estos tres años han sido relativamente positivos) pero una imagen penosa.
En su momento, mi visión de los hechos fue totalmente implacable. El Madrid necesitaba una regeneración; hasta ahí llegamos todos. Esa regeneración, sin embargo, debía atender a la lucha por dos objetivos: la competitividad que ha sido tradicional marca de la casa blanca y, al tiempo, una identidad que hemos perdido.

Viene a cuento el concepto identitario por dos motivos. Primero, porque el archirrival ha hecho de su identidad algo que trasciende la práctica del deporte, y lo empuja con la fuerza de un icono político o cultural. Es innegable que el Barça ha sido escogido como paradigma de lo que es la Cataluña esencial, pura y supremacista, separada, ajena, por sus dirigentes, la clase política municipal y autonómica, otorgándole por ello a su lucha contra el Madrid en particular, y en el deporte en general, un carácter reivindicativo que, de forma inevitable y hasta lógica, se inyecta en sus aficionados más o menos transparentemente. El hecho de que la praxis deportiva escoja la vía de la clase, el buen trato, la elegancia y la delicadeza para expresarse y lograr sus éxitos no oculta que es su energía vital, ese ser "más que un club" lo que transporta al Barcelona por encima de sus periodos de zozobra, que son muchos. El Barça zozobrante es izado por encima de sus miserias por toda una infraestructura sociopolítica que no puede dejar que el icono más eficaz de Cataluña en el exterior padezca de signos comatosos. Y lo hace a lomos de una fe pura en un ideario.
No deja de ser curioso que haya sido con una dosis de barcelonismo primario, independentista, nacionalista y creyente con el que hayan sacado adelante al club, primero con su presidente, Joan Laporta, evidente figura política en el futuro, y con su entrenador y varios protagonistas de su inagotable cantera, después. El Barça, por unas u otras razones, es un club que respira, porque tiene una identidad, un objetivo y una praxis. Tiene dos entrenadores catalanes comandando sus dos secciones. Es evidente que, contra un equipo de esas características, es imposible luchar si no es desde la pureza de una idea.
Idea de la que el Madrid carece. No hay una sociedad madrileña reivindicativa y con aspiraciones de ataque que apoye al Madrid. No es el Madrid espejo de los valores de ninguna proto-nación ofendida, pretendidamente mayoritaria; en realidad, el Madrid es un equipo con aroma a viejo y la sensación de que está contracorriente desde hace demasiado tiempo.
Es, por tanto, el momento de ofrecerle al Real Madrid la textura y la fuerza de las ideas. Hay que transformar el club en algo que trascienda al deporte y se implique en la vida de sus colaboradores y, sobre todo, los que concretarán esa idea en juego: los profesionales de sus secciones. Debe terminar el día en que perder por goleada el partido contra el enemigo primario sea sólo un traspiés. Debe llegar el día en que eso sea una ofensa, una ofensa vital, que afecte a nuestras propias vidas por constituir una agresión a una idea, la idea del club. Si los jugadores salen al campo con esa pulsión nunca, bajo ningún concepto, llegarán humillaciones semejantes. El gran problema es, en el contexto que nos ha tocado vivir, qué energía dotarle.

Yo creo firmemente en que si esa idea, esos valores, surgen de la institución y manan hacia el exterior, y no al revés, finalmente (no en los tiempos de zozobra actuales, pero sí más tarde) es la institución la que permanece, superando cambios de rumbo socioculturales o de tipo meramente político. Hay, por tanto, que revisar lo que ES el Madrid para recuperarlo y, a toda costa, reconstruirlo, para recuperar una supremacía que, a día de hoy, hemos perdido totalmente.
Así, si el germen del Barcelona actual, moderno, elegante y desbordante, en lo estrictamente deportivo pudo estar en Cruyff y Aíto, ¿dónde está el nuestro?. Sería el primer paso.
A mí no me resulta difícil encontrar términos que considero ligados al Madrid eterno. Muchos estarán en desacuerdo, y es que yo soy un simple aficionado entre (me consta) millones: competitividad, lucha, intimidación, pelea, garra, velocidad, esfuerzo, abnegación. Creo que tenemos buenos ejemplos en los que mirarnos: Muñoz, Lolo, Alfredo, Juan Antonio, Fernandos (ha habido varios). Podemos añadir las gotas de calidad imprescindibles con los Zinedines, Arvydas y Drazens. Lo primero es pensar que queremos ganar hoy, ahora, como sea, y aplastando. No me puedo quitar de la cabeza que el Madrid iniciara su despegue pegado a la bota y el despliegue de un argentino. Sabemos que los argentinos son orgullosos, tozudos, perifrásticos y locuaces.
Si he de encontrar algo insoportable en esta temporada del Madrid de baloncesto es que, en varios partidos, ha tirado la toalla. Al tiempo, si he de encontrar algo en el Madrid que me reconcilie con él, es que ha sabido luchar con una fe desmembrante otras tantas veces. Siempre (es otra historia) en casa. Pero lo ha hecho. El partido de ayer, frente a una institución baloncestística pura como es el Joventut, encomiable en su esfuerzo y en el trabajo que sobre la cantera y ciertos patrones de identidad (preciado tesoro) constantes ha realizado con el paso del tiempo, es una muestra de que el equipo tiene fiereza y calidad.

Quizás lo que le ha faltado es coherencia y más calidad aún. Plaza no ha servido para cohesionar los valores que en su arranque fulgurante creíamos que, mágicamente, el Madrid iba a recuperar. Valores históricos: el contraataque, la defensa agresiva y anticipante, el esfuerzo y el aplastamiento. Esos lejanos 30 puntos de ventaja en la segunda parte frente a un Barça desbordado que maquilló el resultado al final en su primer contacto con Plaza finalmente no fue el anticipo que todos queríamos. Plaza, con el tiempo, ha sufrido quizás una transformación y, mucho lo hemos dicho, ha perdido autoridad.
Aún con todo eso, estamos aquí y ahora y no precisamente para desperdiciar una oportunidad, aunque sea la última, de competir este año. Es lo único que el Club aún puede llevarse a la boca y hay que alimentarlo. Más en tiempos de crisis absoluta. Este Madrid endurecido, adelgazado, con muchos jugadores en el alero, está en el momento apropiado para dar una sorpresa. La sorpresa de competir, y quién sabe si de ganar.
El final de año lo ha situado como cuarto. Es, en cierto modo, lo que se podía prever. Lejos de la mega-plantilla azulgrana, llena de estrellas; de la cohesión del campeón ACB y su entrenador draconiano, y del equipo de Aíto de turno -ahora con fondos más que suficientes para traducir sus designios en sudores y rotaciones-, el cuarto era el lugar al que se podía aspirar, y ahí ha terminado el Madrid su andadura. No sé si recuperaremos mucho jugador para el año próximo; sobre todo, espero que los directivos sepan diferenciar el grano de la paja, por mucho que una semifinal competida o, incluso, una final milagrosa, puedan inducir a análisis con la memoria a corto plazo activa.
A eso se agarran los jugadores, de todas formas. Para ellos, el ahora es el único momento válido, ya que no hay esencia de club que los inspire, ya que no se sienten parte de nada. Un buen rush final puede facilitarles un año diáfano. Así, Tomas ayer parecía empeñado en recuperar la energía y la fe que le han hecho borrarse en demasiadas noches. Massey, ya con el campo cuesta abajo, nos ha deleitado con una ración de highlights que permitirán hacer su vídeo "youtubil" del momento con el que venderse a cualquier equipo incauto o, quién sabe, reivindicarse en su segundo año con nosotros. Es sorprendente lo vistoso que es este hombre, lo energético y motivante, cuando le salen las cosas. Lástima que no le salgan casi nunca, y que tres bloqueos, cuatro rebotes y un par de presiones defensivas valgan muchas veces más que el vídeo de marras.

El Joventut, abocado a una vida al balanceo en un alambre que dista seis metros veinticinco del aro, ayer vió cómo un desaprensivo agitaba el mástil al que se asía éste para derribarlos al vacío sin remisión. Ese alambre estaba personificado en la pierna maltrecha de Rubio, elongado en exceso en una jugada en la que nuestra gran promesa (de qué, está por ver aún), Llull, se pasaba el balón por la espalda en un cambio de dirección que rompía, literalmente, a la estrella rival. Sin su base referencia, el Joventut se convirtió en un muñeco roto, en el que todos estaban por debajo de lo esperado. Moiso, temido en la previa, hacía un partido entre gris y malo, pese a un par de demostraciones atléticas en su línea. Pau Ribas y Sonseca trataron de equilibrar el desaguisado con la dignidad que da una camiseta con décadas de entereza y brillantez. Nada que ver con los naufragios severísimos de Mallet (quién te vio hace un año) y Jagla (ídem).
A Edu Sonseca el llegar a un club con identidad y madurar personalmente lo han transformado en un jugador, algo que antes no era. Por fin, su esfuezo en el rebote y sus habilidades defensivas sirven para mejorar a un equipo. Es, en cierto modo, triste que eso ocurra tantas veces fuera de nuestro Madrid. Hasta en eso se pueden sacar enseñanzas desesperantes, pese a la victoria, "chorreo" dirán algunos caraduras, de ayer, preludio en realidad de nada, pues constituye simplemente la razón de ser de nuestro equipo.
El lunes, en Badalona, habrá que ver si lo que ayer fue un chispazo en la oscuridad prende la leña del hogar y vemos un fin de año al abrigo de la lumbre. No hay que perder la esperanza; todos tenemos la oportunidad de redimirnos. Plaza, que seguramente se enfrenta a sus últimos partidos como técnico, el primero. Los jugadores, también. Nosotros, sus aficionados, cansados de ver cómo la figura del Madrid se empequeñece porque nadie parece entender qué quiere ser su club, los últimos.
Insólitamente, el Madrid depauperado de esta temporada ya ha tenido un mejor papel en el Play-Off que la anterior. Acostumbrados a batir récords negativos, esto es todo un bálsamo. Absolutamente insuficiente, si queremos convertirnos en algo que nos llene. El Madrid no tiene por qué renacer en las próximas elecciones. Puede renacer ahora, el lunes, esta semana; y hacerlo en su sección más humilde pero, también, la que nos gusta más.
Que así sea.
Simpson_M