PIN…UNA DE CAL…
Para dejarlo claro desde el principio, jamás existió ningún perro respondiendo al nombre de Ricky Martin cuyo pasatiempo favorito consistía en lamer la mermelada que su dueña se untaba estratégicamente en los rincones más íntimos de su entrepierna. Dicho esto, y más allá de aquel lamentable rumor, este personaje conocido a nivel planetario logró alcanzar la fama por méritos propios gracias a canciones como ‘Vuelve’ o ‘Livin La Vida Loca’.
Pero en el seno de una sociedad dividida, conviven distintos bandos enfrentados por unos simples gustos estéticos y personales. Como si de ideales políticos se tratase, luchan por defender un estilo cultural por encima de los demás, sin tomar en cuenta la importancia de la diversidad. Por ello, el género latino que tanto éxito cosecha estos últimos años, provoca en muchas mentes intolerantes e intolerables unas risas infundadas. Afortunadamente, tales ilógicos pensamientos se extinguen rápidamente ante la visión nocturna que ofrecen las pistas de baile. Concretamente, rebosan de cuerpos agradeciendo a esos ritmos tan atrayentes y pegadizos el poder desconectar de la rutina a la que les somete el día a día.
Sin duda alguna, no estamos ante uno de esos hombres históricos capaces de implantar un movimiento revolucionario destinado a deleitar a un elitista sector. Pero, contrariamente a muchos de esos personajes de culto, nuestro hombre consigue mediante su hirviente sangre, despertar los instintos más animales.
De hecho, ¿cuantos chicos hormonalmente revueltos deberían de agradecer personalmente a Ricky Martin algún íntimo acercamiento? Las ardientes melodías hipnotizan a las féminas víctimas, momento rápidamente aprovechado por los buitres de la noche para comerse el primer trozo de carne disponible.
Además, ante tal notoriedad, otros como Carlos Baute intentaron con más o menos acierto emularle la fórmula del éxito. Pero ¿quién podría poner en duda el liderazgo de este puertorriqueño que consiguió incluso desbancar al mismísimo Chayanne?
PON…Y OTRA DE ARENA…
El problema de intentar quedar bien con todos es que al final no le caes en gracia a casi ninguno. A ninguno, digo, con un mínimo de criterio. Y eso es lo que, poco a poco, le está pasando a Ricky Martin. El que sus conciertos se sigan llenando (como en su actual gira por nuestra país) y el que continúe vendiendo discos como churros (bien es cierto que cada vez menos) no debería nublar nuestra razón ni interferir en nuestra honestidad.
Ricky Martin es como una veleta: se orienta en función del viento que más fuerte sopla. Por eso su trayectoria artística es una montaña rusa en la que pasamos de los ritmos calientes de origen latino al hip hop, la balada romántica, el pop mainstream, el flamenco, el reggaetton, la música electrónica y casi cualquier cosa que se ponga por delante con tal de mantenerse en el candelero. Con tal, en definitiva, de contentar tanto a los fans de Chayanne como a los de Robbie Williams. Y claro, así no hay quien se aclare.
Por otro lado, todo en Ricky Martin parece calculado hasta el milímetro y todo tiene un aspecto demasiado aseado. Por mucho que intente transmitir una imagen de estrella natural y con los pies en el suelo, preocupada por los desfavorecidos a través de su fundación (nada que objetar en este caso), las canciones del puertorriqueño siguen paso a paso los cánones establecidos para este tipo de producciones cuyo objetivo prioritario son las radio fórmulas: sonido de temporada con fecha de caducidad al dorso (¿habéis escuchado sus primeras canciones?), colaboraciones de relumbrón que no aportan nada (Madonna, ¡por favor!), letras que inciden en todos los tópicos -mil y una veces escuchados- del amante/macho latino…
Eso es lo que ocurre cuando tu carrera musical se convierte en una prolongada sesión de travestismo: con cada nueva temporada te tienes que inventar un nuevo disfraz para poder distraer a los que acuden al circo. Así que, como ahora voy de duro, voy y me tatúo.
Dicho todo esto, no está de más advertir que todavía puede haber salvación para el bueno de Ricky (persona encantadora por otro lado): en ‘Life’, su último trabajo, resulta que las mejores canciones son las que ha escrito él mismo. Quizás ahí radique el secreto: hacer lo que a uno le pide el corazón, y no lo que recomienda el departamento de marketing de la compañía de discos.
