PIN…UNA DE CAL
De verdad que me resulta difícil hacer causa común con una cantante, por decir algo, cuyo repertorio ‘artístico’ se basa fundamentalmente en los siguientes extremos: una música enlatada con todos su conservantes y colorantes; unas letras risibles si no fuera porque dan verdadera pena; una rebeldía, al igual que sus poses, tan estudiada como artificial; un feminismo de mansión en Miami y chofer en la puerta; y un glamour de andar por casa.
Claro que, por otro lado, ¿qué sería de nosotros sin esas burbujas de frivolidad con las que la Pau, como se hace llamar, nos regala cada vez que aparece en una revista, un programa de televisión o sobre las tablas de un escenario? La vida ya es, en ocasiones, lo suficientemente gris y triste como para que nos neguemos a nosotros mismos esos pequeños instantes en los que -con toda la razón del mundo- nos podemos sentir superiores a uno de esos supuestos ‘triunfadores en la vida’. Y es que con Paulina es abrir la boca y asegurar una sonrisa, cuando no una carcajada.
Encantada de si misma, Paulina Rubio nos ha dejado patidifusos con sus declaraciones filosóficas, sus posiciones acerca del papel de la mujer y, confesémoslo, esas fotos de escuetos modelitos y posturas que, de no llevar ropa, estarían prohibidas a los menores. Pero todos necesitamos en el día a día ciertas dosis de frivolidad (que levante la mano quien no haya pecado jamás), y la mexicana lo borda en su papel de niña rica aquejada de mal de amores (parece que últimamente subsanados gracias a Colgate, perdón, Colate) y jet-lag. Y si encima nos sube la bilirrubina –sí, a nosotros- pues mejor que mejor.
“No soy una mujer muy lista”, se atrevió a decir en una de esas ruedas de prensa en las que parece ir más acelerada de lo normal. Cuidado con ella: nunca creáis a las que van de tontas por la vida. Suelen ser las que, al final, siempre se salen con la suya. Y a Paulina parece irle bastante bien.
PON…Y OTRA DE ARENA
Hablar de Paulina Rubio es introducirse en la vida de aquellas personas que, por salir en los medios de comunicación, se creen con derecho a despreciar. Porque exigir doce frascos de perfume antes de saltar al escenario vigués correspondiente a su gira actual, demuestra su grave carencia de ética frente a un mundo invadido por la pobreza. Esta reprochable y elitista actitud detalla el mal funcionamiento de su engranaje mental, oxidado por el escaso uso que le reserva. Porque ella, lógicamente, prefiere preocuparse por los rizos de su pelo, el color de su piel y las tallas de sus pechos antes que reflexionar mínimamente.
Posiblemente, la única literatura de la que haya oído hablar a lo largo de su incierta carrera profesional se pueda conseguir en cualquier kiosco de playa. Porque la seudo-vocalista no parece muy interesada en traspasar las fronteras de las revistas del corazón, cuyas portadas acaparan fotos suyas en posturas comprometidas. Y ello se nota claramente en las letras cursis y usuales de unas canciones que logran atrapar a un público determinado mediante las estrategias radiofónicas. Bombardear cualquier melodía de manera continuada a lo largo de un considerable lapso de tiempo, permitiría convertir cualquier sucesión de notas en un éxito mundial.
Por otra parte, la mejicana no alcanzó su actual fama mediante sus limitadas prestaciones musicales, sino nutriéndose directamente de los reportajes publicados en la prensa rosa. De hecho, sus agradecimientos más sinceros deberían de ir dirigidos hacia la figura de Ricardo Bofill, sin el cual seguiría formando parte de aquellos comunes a los que tanto le gusta repudiar.
Además y para terminar rápidamente con este desagradable asunto, aquella necesidad de ocultarse detrás del playback expone de manera indiscreta las graves limitaciones de una simple famosa que fantasea con ser artista.