
PIN…UNA DE CAL
Que sea de manera discreta, mediática o intermedia, cada persona que puebla este planeta desarrolla una función muy precisa. Médicos, panaderos, basureros, jardineros, ingenieros y un largo etcétera configuran el círculo profesional general, recibiendo un mismo y por supuesto merecido respeto. A nivel ya puramente artístico, mientras unos, preocupados por la evolución, trabajan para satisfacer las mentes más minoritarias, otros se sienten más a gusto ofreciendo, como en este caso, canciones masticadas y sencillas de asimilar. Perteneciente al segundo bando, el polifacético Juanes lleva años regalando melodías pegadizas, bonitas y, por lo tanto populares.
¿Sus letras parecen cursis? ¿Y qué? ¿No resulta original? ¿Y qué? ¿Suena siempre igual? ¿Y qué? Si su público le quiere, le aplaude y le defiende, algo habrá hecho el autor de ‘La Camisa Negra’ para merecerse tal envidiable condición. De hecho, el mismísimo Humberto Eco escribió un ensayo titulado ‘Apocalípticos Integrados’ defendiendo la cultura de masas y a sus seguidores en ocasiones despreciados por unos entendidos artificiales.
¿En qué se convertiría entonces la cultura si se limitase a propuestas excéntricas, abstractas y en ocasiones indescriptibles? ¿De dónde se sacarían aquellos repertorios que llenan recintos con un público dispuesto a ser feliz?
Una vez más, con la diversidad siempre por delante, algunos viven (o al menos lo intentan) alimentándose de las cosas sencillas incluidas justamente en los álbumes del vocalista colombiano. En estos tiempos inciertos, si ello resultase suficiente para sonreír, ¿quién se atrevería a poner barreras a su alrededor?
Juanes, Shakira y compañía se han ganado a base de esfuerzo y talento el sitio que hoy en día ocupan en lo más alto de las listas de éxito. ¿Algún problema?
Pues sí, sobre todo uno a decir verdad. Porque está claro que cada uno tiene una función que cumplir en este mundo. Pero esta viene impuesta en muchas ocasiones; puede que por alguien externo o por nosotros mismos. El afectado bien puede ser que no se dé cuenta de ello y ni siquiera se sienta engañado; o que no esté en disposición de hacer nada al respecto, asumiendo entonces la condición de esclavo. Pero existe una tercera opción: aquella en la que el sujeto acepta de buena gana lo que otros le dicen que haga.
Ese es el caso de Juanes. Sólo hay que leer con atención esas declaraciones en las que le pillan con las defensas bajas y su asesor de imagen lejos; aquellas en las que expresa su pasión por el rock, incluso el heavy, y el folklore de su país. Nada que ver con lo que después suena en sus discos, siendo estos en realidad una versión pegajosa y repetitiva de sus verdaderas intenciones.
Y escuchar con detalle esos mismos discos. En ellos, entre tanta morralla comercial carente de sentido, se pueden encontrar una o dos canciones -a lo sumo; el plan de marketing de la compañía discográfica nunca le dejará ir más allá- en las que se deja sentir el verdadero Juanes; son las que a él le gustan, pero no las que van a hacerle rico y famoso gracias a las radio-fórmulas y la televisión. Por tanto, nunca serán publicadas como singles, raramente se las veremos tocar en directo.
Todo ello bajo la excusa de que es el público el que demanda ese sonido chicle que ha hecho de Juanes una estrella mundial. Un público aborregado por masivas campañas de promoción que retroalimenta el caciquismo imperante a día de hoy en el mundo de la música, donde los deseos de hombres grises con corbata en grandes despachos se imponen sobre las necesidades del artista.
Pobre Juanes.