
PIN…UNA DE CAL
Ante todo, las cifras. Y estas, como el algodón, no engañan. David Bustamante ha sido cuatro veces número uno en las listas de ventas españolas desde que dejara la Academia de Operación Triunfo. Eso sin contar su éxito en Latinoamérica, donde el cántabro se ha convertido en un fenómeno social a la altura del que ha tenido lugar (y sigue teniendo) en nuestro país.
Además, su club de fans es el más extenso de los existentes en España y, no hay más que acudir a ellos para comprobarlo, sus conciertos se convierten asiduamente en comuniones masivas del cantante con su numeroso público. No es posible, por lo tanto, que toda esa gente esté totalmente equivocada o engañada. Y tampoco está bien pensar que lo demás son tontos y es uno el que siempre tiene razón.
Algo tendrá Bustamante. ¿Será su voz? ¿Serán esos deslices amorosos que le han convertido en carnaza, al menos hasta el momento de su boda con Paula Echevarría, para la prensa del corazón? ¿Será que ha grabado junto a productores del calibre de Emilio Estefan o Marcello Acevedo? ¿Serán sus bailes? ¿O será que él mismo se implica en el proceso de composición de las canciones que después entonará con su potente voz?
He de reconocer que yo nunca he sido fan de los distintos productos (algunos de ellos realmente aberrantes) salidos de la factoría OT. Pero es de rigor dar la razón a aquellos que piensan que David Bustamante es de lo mejor que ha salido de la Academia. Para ellos, el lanzamiento de su quinto álbum, ‘Al Filo De La Irrealidad’, es la mejor prueba.
PON…UNA DE ARENA
¿Bustamante? ¿Criticarle? ¿De verdad? ¿Es necesario? ¿Para hacerle aún más daño? ¿No tiene suficiente el pobre ya con ser quien es y simbolizar esa diana contra la que muchos les encantaría disparar con pelotas de goma… o de metal? ¿A quién le gusta hundir, gratuitamente, aunque en casos como este resulte casi obligatorio?
¿No resultaría mejor dejar el tema de lado y pasar a otra conversación un tanto más constructiva? ¿Dedicar minutos, segundos o incluso milésimas hablando de esta aberración musical no acabaría por aburrir a un público cuyo interés por ese flamante ‘vigoréxico’ pierde, día a día, interés?
¿Y si intentamos olvidarle? ¿Para siempre? ¿Le enterramos bajo la indiferencia y escupimos sobre ese suelo con la esperanza de que florezcan árboles sólidos? ¿Mezclar su cuerpo y sus camisas Zara con el estiércol para ayudar a fertilizar los cultivos no lograría dar vida a nuevas expectativas?
¿Pero, por Dios, qué hay que hacer para pasar página y quemar esa academia con tintes sectarios de la que suelen salir jóvenes descerebrados y tan innecesarios para la evolución cultural? ¿No confunden los productos enlatados con la palabra Arte creyéndose así personajes históricos?
¿Existe remedio alguno contra el mal gusto? ¿Dónde? ¿Por cuánto tiempo? ¿Y si este petardo saca disco nuevo, a quién le importa? ¿A ti? ¿Seguro? ¡Allá tú!