
PIN...UNA DE CAL
Obviamente, la música de Celine Dion no va dirigida hacia
ese público más vanguardista que directamente se ríe en su cara. Pero por
respeto, no deberían. ¿Quién cuenta hoy en día con una voz tan poderosa como la
que ella lleva ofreciendo desde 1981? 26 años de carrera profesional. Repito:
26 años recorriendo países, escenarios y enamorando a un publico atrapado desde
el primer día. Y lo que queda aún por llegar…
Nuevo disco, nuevos objetivos, nuevas pretensiones. 16
canciones para demostrar al planeta entero su consolidación como la artista más
importante de toda la historia de Canadá.
Se le podrá tachar de todo lo que uno quiera, pero nadie,
absolutamente nadie lograría mantenerse vivo en este negocio tan cruel si no
fuese por méritos propios, calidad y esa simpatía que derrocha su imborrable
sonrisa. Vale, a todos no les gustó su aportación creativa al largometraje ‘Titanic’. ¿Pero a cuantos sí? Mayoría, seguro. Y como pertenecemos,
afortunadamente, a un país civilizado (en ciertos aspectos) y disfrutamos de
una sólida democracia, por muchos insultos que se la quieran dedicar, su
hegemonía no se resentirá en ningún momento.
Y ya, para rematar, una aportación de datos que cerrará la
boca a toda mente crítica, incapaz de abrir los ojos ante la obviedad: 180
millones de discos vendidos, 5 premios Grammy y, ni más ni menos que 3 Oscars.
¿Alguna duda más?

PON...UNA DE ARENA
En verdad, no se por cuál decidirme: en mi ranking personal
e intransferible de músicos más odiados
hay dos que, por meritos propios, se disputan denodadamente la primera plaza.
Ellos son Kenny G y Celine Dion. Dos tipos cuya sola
mención hace que mi cuero cabelludo se erice cual puercoespín y que los peores
sentimientos hacia la raza humana acudan a mi mente.
Ahora que acaba de publicar su enésimo álbum repleto de gorgoritos y producciones infladas hasta
la saciedad con efectos rimbombantes y engañosos, tal honor se lo lleva la
canadiense. Y es que nadie como Celine Dion representa ese ideal (es un decir)
de cantante glamorosa que le canta al amor de las más diversas formas (porque
en realidad no hace otra cosa que
repetirse a si misma) en canciones que suenan hasta la saciedad por las radio
fórmulas.
Siendo estas las culpables en última instancia de mi
animadversión hacia este tipo de artistas que, más que música, lo que venden es una predeterminada imagen:
la de un mundo de riquezas en el que todo es felicidad, de adultos acomodados
cuya vida es una sucesión de placeres, de tonos pastel y sonidos melosos hasta
empalagar. Pues bien, existe un mundo ahí fuera; y no es precisamente tal y
como lo pinta la Dion.
Un par de galas
benéficas dan la impresión de solucionarlo todo. Pero como todos sabemos,
hasta los que no quieren reconocerlo, que un par de parches mal puestos no son
la solución. Por nuestro bien, mejor
haría Celine Dion en callarse (nuestros oídos se lo agradecerían) y emplear
sus esfuerzos (y dineros) en todas esas causas que tanto parecen importarle.
Porque no, no queremos otro ‘Titanic’ por favor.