
PIN…UNA DE CAL
¿Qué quieren que les diga? A mí, de entre todas estas muñecas de plástico que se dedican a cantarnos canciones más huecas que el tronco de un alcornoque, Thalía es la que mejor me cae. Vale que tenga un nombre artístico más hortera que las hombreras con cazadora torera; y no es que haga nada radicalmente diferente al resto. Pero, al menos, ella sabe cómo hacerlo con estilo y guardando la compostura. Digamos que ella no es de las que mea fuera del tiesto.
De casta le viene. Su carrera artística posee sólidos cimientos en unos conocimientos de ballet y piano adquiridos a la más tierna edad. Después llegaron los anuncios, los programas infantiles, las telenovelas y, finalmente, la música. Y con ella ha ido desde al rock a las versiones de Edith Piaf o nuestros Alaska Y Dinarama; del pop latino al folklore mexicano, del que por cierto es una gran defensora. Entregando canciones que, mucho nos tememos, no pasarán a la historia. Pero sin levantar la voz más de lo necesario.
De esta manera ha conseguido vender la friolera de diecisiete millones de discos en todo el mundo a lo largo de casi dos décadas de carrera musical en solitario. Puede que no se haya llevado tantos premios como otras (la envidia tiene estas cosas, y hay quien no le perdona estar casada con el influyente Tommy Mottola), pero queda claro que el favor del público no le falta.
Nunca seré uno de sus grandes fans, pero tampoco dejaré de ser un caballero. Por ello le doy la enhorabuena a Thalía ante el reto más grande se vida: ser mamá (su hija nació el pasado mes de octubre).
PON…UNA DE ARENA
Thalía simboliza el éxito artificial en estado puro. Sus ventas millonarias no se pueden discutir: 17 millones de discos vendidos por todo el mundo. Sin embargo, ¿qué aportan esos álbumes al mundo sonoro actual? Con un repertorio musical repetitivo, previsible y tan parecido a lo que se puede escuchar en cualquier discoteca, a la vocalista mexicana le cuesta desmarcarse de las ofertas MTV y crearse así una imagen 100% personal.
Colocada como una preciosa muñeca en medio del escaparate comercial, su público objetivo no cae rendido antes sus pies, sino ante una imagen corporativa perfectamente diseñada. Ritmos bailables y pegadizos para atraer al máximo número de oyentes que se convertirán por lo tanto en importantes sumas de dinero. Antitesis del compromiso hacia la cultura, la artista plastificada prefiere escalar posiciones en los ‘rankings’ antes que hallar nuevos caminos hacia cierta evolución.
Empresaria por encima de todo, sus preferencias vitales muestran su cara menos sonriente dejando claros los objetivos que lleva persiguiendo desde el inicio de su brillante carrera, allá por los años 80. Polifacética, también actuó en telenovelas tan risibles y cursis como ‘Marimar’ o ‘Rosalinda’ demostrando su mal gusto y escasa crítica a la hora de firmar contratos profesionales.
Ella sabrá. En todo caso, triunfa. Es lo que ella siempre deseó. Enhorabuena pues.