
PIN…UNA DE CAL
Aunque para muchos, las aportaciones culturales de las Spice Girls puedan resumirse en un par de líneas, resultaría muy equivocado simplificar de esa manera la historia pop de los últimos años. Para empezar, más allá del repertorio puramente musical, la llegada del quinteto británico a nuestros hogares marcó un antes y un después en la sociedad femenina que finalmente se vio capaz de competir con los omnipresentes boysbands destruyendo así la supremacía masculina.
Llegó entonces la liberación total, la apertura hacia nuevos horizontes, la pérdida de miedos innecesarios y, por lo tanto, el girl power. Guapas, divertidas, marchosas y agradables, Victoria Adams, Melanie Brown, Melanie Chisholm, Geri Halliwell y Emma Bunton seducirían en cuestión de semanas a un público extremadamente variado. Niños, adolescentes, adultos o ancianos, todos ellos se dejaron sorprender, al menos una vez, por melodías como ‘Say You Will Be There’, ‘2 Becomes 1’, ‘Stop’ o el inolvidable himno conocido de todos ‘Wannabe’ que cuenta además con un memorable videoclip realizado en tan sólo una toma.
Sin embargo, el tiempo pasó e influyó en la formación que hoy en día se vuelve a subir a los escenarios del mundo. Perdieron la energía y la ilusión inicial pero ello no resultó suficiente para impedirlas reunir hace unos días a miles de espectadores en la capital española. Gracias a ello, los melancólicos pudieron recordar aquellos tiempos pasados que, probablemente no volverán a llamar a sus puertas. ¿Dinero? Sí y mucho. Pero recuerdos también. Más quizá.
PON…UNA DE ARENA
¿Odiosas pero irresistibles? Algo así leía acerca de las Spice Girls, y su temida gira de reunión, no hace mucho. Aunque, en mi caso, lo dejaría en odiosas. Sobre todo ahora que, diez años después, vuelven a los escenarios con bastantes kilos de más (tanto naturales como implantados en el quirófano) y el mismo mediocre talento de entonces al servicio de viejas y nuevas canciones que compiten entre si en vulgaridad y sosería.
Diez años después regresan haciéndonos creer que nada ha cambiado. Que no se han vuelto más viejas y no lucen ahora ridículas embutidas en sus (supuestamente sexy) ropajes cantando letras pensadas para adolescentes, no para mujeres entradas en la treintena. Que no se nota que siguen sin saber cantar (con la excepción de Mel C) y se mueven como patos sobre las tablas. Que no sabemos que la mitad del concierto es en ‘playback’. Que sus vestimentas son igual de horteras que entonces. Que su manía de sacar a relucir la Union Jack cada dos por tres irrita a más de uno.
Sus condiciones artísticas en absoluto han mejorado durante una ausencia en la que se han dedicado a buscar novio y publicar álbumes en solitario igual de pésimos que los que grabaron juntas. Pero a ellas parece darles lo mismo. O eso o la necesidad de dinero con la que mantener su costoso tren de vida comenzaba a ser acuciante.
Pero todo sigue siendo falso en ellas, desde las coreografías hasta los saludos al público. Por no hablar de ese ‘girl power’ ya caduco en unas pijas como ellas, más preocupadas por el último rimel en salir al mercado o su próximo aumento de pecho (premio para Victoria por haberse convertido en un adefesio a golpe de bisturí) que los problemas reales de la mayoría de las mujeres en el mundo. Para ellas, la libertad femenina parece consistir en poder elegir entre unas distintas marcas de ropa interior.
De no ser tan triste sería simplemente penoso.