
PIN…UNA DE CAL
No pequemos de elitistas. La música popular es un fenómeno presente en toda cultura a lo largo de la Historia. Y, frente a ella, siempre se ha situado la llamada música culta. Aquella antiguamente reservada a las clases adineradas (las únicas que por entonces podían permitirse el lujo de contratar a un músico de cámara o de financiar una ópera) y que hoy en día, gracias a los avances tecnológicos, se encuentra al alcance de cualquiera con un mínimo de interés.
Tanto la una como la otra han tenido y ejercido su función. Ciñéndonos a criterios exclusivamente artísticos, parece claro que la segunda se sitúa por delante de la primera en términos de complejidad, imaginación y experimentación. Sin embargo, los valores sociales de esta -como vehículo de transmisión de las inquietudes y vivencias del llamado ‘pueblo llano’- no encuentran parangón en unos sonidos durante mucho tiempo reservados a los poderosos.
A día de hoy, con la música en pleno proceso de revolución democrática, grupos como Estopa siguen ejerciendo la labor que trovadores o la ópera chica desarrollaron con anterioridad: la de conectar con la mayoría en un lenguaje entendible por todos.
Y sí, Estopa no son el colmo de la alta cultura musical. Muy al contrario, ellos recogen (y reconocen) diversas músicas populares (la rumba, el flamenco, el pop, el rock…) y las adornan con letras que reflejan aspectos de la cotidianeidad de cada uno de nosotros. Pero, por eso mismo, son igual de necesarios que cualquier nuevo Mozart.
PON…UNA DE ARENA
Dime qué música escuchas y te diré quien eres. Hablar de Estopa tiene tanto interés como abrirle la puerta al mismísimo diablo. Los hermanos Muñoz simbolizan a la perfección la incultura nacional y el amor a emborracharse porque mola llegar a casa con vómito en los extremos de la boca.
Deseosos de acudir a fiestas las 24 horas del día 365 veces al año, los seguidores del dúo catalán (que no suelen tener mucha educación en cuanto a estética se refiere) desperdician saliva girando siempre alrededor del monotema “sexo”.
Al menos sabemos que si algún día desaparecen de la geografía, nos podremos ahorrar el buscarles en lugares como museos, bibliotecas o cualquier establecimiento alejado de bares, discotecas, parques, multicines y boleras.
¿Qué queréis que os diga? España va mal, pero su música popular, como la presente, transmite tanto patetismo que ya no merece ni siquiera la pena de luchar contra ella. Borregos, ovejas blancas omnipresentes bailando al son de poluciones sonoras tan poco ingeniosas como ridículas volverán a su caseta a medianoche pensando en el próximo ‘piercing’ que exhibirán.
Troncas, troncos… tenéis toda la libertad de acercaros a las ondas radiofónicas y limitar vuestra existencia a emisoras repetitivas. Allá vosotros. Pero detrás de esa cortina se esconden territorios inaccesibles a los que muchos jamás tendrán acceso. Mejor así…