
PIN…UNA DE CAL
¿Qué quieren que les diga? Sin ser santo de mi devoción, prefiero mil veces antes a Avril Lavigne que a cualquiera de esas divas tan pagadas de si mismas que pululan por ahí; y no diremos nombres, ¿verdad Christina?
La canadiense, al menos, se ha encargado de introducir algo de rock y un poquito de punk (vale, muy poco) en unas listas de éxito hasta entonces copadas por canciones contagiosas como las suyas sí, pero también mucho más empalagosas.
Además, ella no es de las que va por ahí enseñando carne con tal de hacerse con un hueco en el mercado, ¿verdad Mariah? Ni contrata a golpe de talonario a los productores y colaboradores de moda para que le hagan un traje a medida, ¿verdad Rihanna?
Y no es que Avril Lavigne sea el colmo de lo alternativo, de la modestia, el pudor o el trabajo casero. Pero al menos ella, desde el principio, compone sus propias canciones y escribe las letras para las mismas, aunque a veces lo haga en compañía.
Por último, frente a la moda de lo políticamente correcto la Lavigne ha tomado nota de Madonna y, lejos de morderse la lengua, suelta lo que piensa sin pensar en las consecuencias. ¿Verdad Britney?
Razones por las cuales esta jovencita que ha logrado seis números uno mundiales con apenas tres discos en el mercado, siendo la más joven en hacerlo dentro del Reino Unido, y de la cual jamás me compraré un disco, me merece más respeto que todas las demás.
PON…UNA DE ARENA
229 euros. Ni más ni menos. Ese es el precio a pagar si deseas acudir con ciertos privilegios al concierto que Avril Lavigne ofrecerá el próximo 15 de junio en Barcelona. Adjudicándote uno de esos 50 ‘Packs Platinium’ tendrás la posibilidad de, entre otras cosas, conocer personalmente a una post adolescente como muchas otras que, seguramente, no te hará ni puñetero caso cuando tus piernas tiemblen al ritmo de tu corazón.
Como si de una diosa se tratase, a la seudo ‘punky’ le parece lógico pedir esa cantidad astronómica ante el rostro nervioso de unos seguidores cegados por los medios de comunicación. Los más entregados a ese repertorio sonoro tan descafeinado como inútil no dudarán un segundo en poner cara de idiota ante su desesperado padre: “Porfi, porfi, es Avril Lavigne. Es la mejor del mundo. ¿No me dejarás sin poder verla de cerca, verdad papi?”
Allá ellos… pero con todas las ofertas musicales que van confirmándose a cada segundo en nuestro país, elegir la opción canadiense resulta un tanto incongruente. ¿Cómo convencer de una vez por todas que nos hallamos ante un producto artificial, construido en las fábricas del negocio discográfico más calculador y frío? ¿Qué sería de ella sin ese marketing que guarda sus espaldas? Sus canciones suenan tan parecidas a todo lo disponible en emisoras asesinas como la MTV o los 40.
Siempre es la misma historia. Mientras unos se dedican a experimentar en búsqueda de Arte, otros abren el monedero… y a la hucha.