
PIN…UNA DE CAL
No nos confundamos: Mariah Carey no es lo que aparenta. Al menos, en parte. Sí, ella es esa chica sencilla y algo inocente que de vez en cuando aparece en sus vídeos. No, no es la mujer-come-hombres que su discográfica y su agencia nos quiere vender a través de unas fotos (y algunos clips) pasados por el filtro del Photoshop.
Y es que Mariah es incapaz de engañar. Por mucho maquillaje que se ponga encima, por muchas joyas que adornen su cuerpo y muchos vestidos caros que lo envuelvan (unas veces más, otras veces menos), la Carey sigue siendo en muchos aspectos esa niña de Long Island obligada a abrazar la música para superar el trauma de la separación de sus progenitores.
No olvidemos tampoco que, a diferencia de otras, Mariah Carey merece ganarse el pan con la música. Suya o de otros, eso en este caso da igual. Porque ante ella nos enfrentamos con una voz difícil de batir: como suelen decir, la suya es una voz negra enclaustrada en un armazón blanco.
Ha sido precisamente su voz, y no su cuerpo (sólo hace falta echar un vistazo a sus primeras fotos para darse cuenta que de sex symbol poco; el cambio ha sido de un tiempo a esta parte), la culpable de su éxito a lo largo y ancho del mundo con unas canciones que llaman tanto al adolescente enamoradizo como al adulto romanticón.
PON…UNA DE ARENA
Si ya todos conocíamos esa célebre frase que decía: “¿es un pájaro?, ¿es un avión? no, es Superman”, aquí nos podríamos preguntar algo similar: “¿es una muñeca hinchable?, ¿es plástico? no, es Mariah Carey”.
Podrán pasar siglos, siglos y siglos pero esta vocalista seguirá exhibiendo el mismo aspecto, la misma figura, el mismo rostro y desgraciadamente, un mal gusto similar al que la vio crecer. Nadie pondrá en duda su capacidad en alcanzar notas imposibles, casi situadas allá por el firmamento, pero la técnica no lo es todo… ni mucho menos.
Podrá llegar a la última escala del piano más ancho del mundo o fraccionar vasos, que si esa falta de sensibilidad remarcada en su maquillaje no logra despegar, jamás me inclinaré por defender sus propuestas, a priori, artísticas.
Mariah Carey está bien para vender algún que otro póster, posar semi desnuda en alguna revista para adolescentes o pervertidos camuflados. No obstante, vender discos, aunque se le de realmente bien, no debería de haber entrado jamás en sus planes profesionales. Quizá, por una vez, tengamos que hacer caso a los proverbios para intentar dilucidar las razones por las que esta sex (barato) symbol logra situarse siempre a lo más alto de las listas de éxitos.
“Valen más dos tetas que dos carretas”, y si son de silicona refinada ya no hablemos…