
PIN…UNA DE CAL
Desde que los Sex Pistols decidieron volver sobre los escenarios (acusando, eso sí, la sensible baja del fallecido Sid Vicious) un cúmulo de opiniones, conclusiones y derivados salieron a la luz para criticar a los que indiscutiblemente quedarán como una leyenda del punk.
Muchos les reprochan la forma en la que nacieron: los medios por encima del fin. Moldeados al gusto del agente Malcolm McLaren (principal culpable de este tormento musical), estos niñatos mal educados se convirtieron rápidamente en un ejemplo para la generación más desencantada.
Rebeldes, revolucionarios o ‘hooligans’ del mundo entero se abrazaron así a un producto forzado y antinatural, diseñado desde una perspectiva comparable hoy en día a lo que conocemos como ‘boyband’.
Sin embargo, cuando uno cierra los ojos ante tales prejuicios, mecanismos omnipresentes en un mundo artístico en continuo soborno, y se pone a escuchar el primer y último album titulado ‘Never Mind The Bollocks’, toda esa discutible elaboración desaparece para dar paso a una tremenda potencia sonora.
‘Holidays In The Sun’, ‘God Save The Queen’ o ‘Anarchy In The U.K.’ son algunos de los ejemplos que demuestran la desbordante energía de un repertorio tan corto como memorable.
¿Y qué decir de su líder, Johnny Rotten, ‘pit bull’ enrabiado capaz de acabar a hostias con el vocalista de Bloc Party en el ‘backstage’ del Summercase? Una leyenda, ni más ni menos. Mortal como todo ser humano, pero eterno en la memoria de pasadas, presentes y futuras generaciones.
PON…UNA DE ARENA
Déjenme decirles, antes que nada, que la noticia del incidente entre Johnny Rotten y Kele Okereke, cantante de los insoportables Bloc Party, llenó mi corazón de alegría. Y es que no hay cosa que soporte menos que a estos imberbes ‘indies’ que se creen el ombligo del mundo y se atreven a hacer sugerencias (que reformase su banda post-Pistols, PIL) a todo un mito como Johnny Rotten.
Dicho esto, permítanme asegurarles que el regreso de Sex Pistols a los escenarios me parece una auténtica aberración y una nueva mancha en un currículum que no brilla precisamente por su limpieza.
La primera vez, hace pocos años, tuvo su gracia: regresaban por la pasta (aunque no la necesitaran) y lo decían a los cuatro vientos. Pero estirar la broma hasta los extremos actuales ha convertido a Sex Pistols en un circo ambulante. De la tercera edad, además.
Verles arrastrarse por festivales en los que no encajan ni estética ni estilísticamente no sólo da pena: también produce vergüenza ajena a todos aquellos que en algún momento de su vida se interesaron por el punk.
¿Cuál es el sentido de todo esto? Ese es el gran misterio que solo alguien tan listo como Rotten (no más que Malcolm McLaren, eso sí) debe saber. Ni siquiera sus compañeros de grupo, meros fantoches invitados a una comedia del absurdo en la que se han convertido Sex Pistols.
Tuvieron su momento, tan fugaz como intenso, y regresaron para reírse del resto mientras se llevaban la pasta a casa. Pero el chicle hace tiempo que perdió su sabor y es momento de escupirlo. Algo que un verdadero punk siempre debería estar dispuesto a hacer.