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PIN…UNA DE CAL
Los tiempos han
cambiado. Mientras los chicos se pasean de la mano a plena luz del día ante
ancianos franquistas que alucinan con este nuevo orden mundial, lolitas
adolescentes se morrean en la puerta del colegio provocando crisis de ansiedad
entre los sorprendidos progenitores.
Katy Perry abre los ojos, observa y decide retratar a
través de un sonido reciente y juvenil esa actualidad socio-sexual que,
aunque muchos darían su vida para volver a los tiempos de la castidad
cristiana, ya se ha instalado con fuerza en la mente de nuestras últimas
generaciones.
Enfureciendo a los más conservadores con canciones como ‘Ur
So Gay’, ‘Hot N Cold’ o ‘I Kissed A Girl’, esta joven rebelde se suma así al
reino colorido dominado hoy en día por muñecas mediáticas, léase Lily Allen y compañía.
¿Para que seguir
escondiendo las rarezas humanas, las excepciones capaces de transformar un
mundo común en un lugar variado y heterogéneo? Llegó la hora de mostrarse
tal y como uno es, sin miedo a la repercusión, a las risas o incluso a la
violencia física o moral.
A nivel puramente musical, no nos vamos a engañar… Construido por ingenieros en la sombra, la
vocalista se limita a mostrarnos su generoso escote, mirarnos con esos
preciosos ojos claros y vendernos otro producto efímero condenado a desaparecer
en cuestión de tiempo… poco tiempo.
Pero alguien tenía que tirar la primera piedra riéndose de
lo que para muchos descerebrados es obra del diablo. Lucifer, ¿ya sabes a quién
debes quemar, no?

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PON…UNA DE ARENA
Con Katy Perry nos la
han intentado volver a meter. Así de claro: la californiana es otro
producto estudiado hasta los últimos detalles con el que encandilar a
despistados (con poco criterio) y ‘fashion victims’ (menos criterio aún) por la
vía del escándalo (sexo, homosexual para más señas, de por medio) y los fuegos
artificiales (videoclips, promoción…).
La tipa reúne todos los ingredientes para ello: un pasado religioso (sus padres son o
fueron pastores, ella cantó en el coro de la iglesia y, con 16 años, llegó a
publicar un disco de temática cristiana: ‘Katy Hudson’); la asociación con productores de esos que saben dar brillo a las
canciones, dejándolas huecas por el camino (The Matrix, Greg Wells…); y la
siembra, a través de los medios, de una fama
de adolescente problemática que, mucho nos tememos, no se corresponde con
la realidad.
Todo ya muy visto por
aquí, pese a ello igualmente efectivo. Así lo debieron pensar los
directivos de la multinacional que la ficharon para la publicación de un ‘One
Of The Boys’, álbum de debut que (una vez más) vuelve a reclutar los
componentes necesarios: singles
pretendidamente picantes y polémicos (lo serán para una sociedad tan banal y
pacata como la americana) y baladas teñidas de rosita.
Aunque, al final, todo ello no hace sino convertir a Katy
Perry en una Pink de medio pelo. Eso sí, sus
quince minutos de fama (que diría Warhol) ya no hay quien se los quite.