
PIN… UNA DE CAL
El problema con Raphael es que la gente no se entera, o no se quiere enterar. Probablemente estemos hablando del artista español, en el ámbito de la música, más incomprendido del siglo XX. Pensar que a estas alturas hay quien todavía le cataloga junto a folclóricas y populistas de lo más rancio…¡que pena!
Se debería hacer un poco de historia, para saber que con Raphael estamos ante un cantante de voz prodigiosa al que se le veía venir desde pequeño; con menos de diez años ya andaba cantando por iglesias centroeuropeas, donde era considerado poco menos que un niño prodigio.
Después llegaron los 60 y Raphael decidió abrazarse al pop (de popular), convirtiéndose en un fenómenos de masas, dejando el pabellón bien alto en concursos por entonces mucho menos desprestigiados que ahora como Eurovisión y, de vez en cuando, sacarse de la manga alguna joya de pop ‘spectoriano’ que nos obliga a pensar en qué hubiera sido de su carrera con otras compañías (o en otro país, que no estaba aquí el horno para bollos).
Raphael imprimió además estilo, el suyo propio, a sus actuaciones, convertidas en ‘performances’ sobreactuadas que primero encandilaron a las señoras y luego han terminado haciendo tilín al público gay. Prueba de un artista camaleónico que, sin embargo, se ha mantenido fiel a su estilo a lo largo de cuatro décadas en las que ha llegado a vender más de 50 millones de discos en todo el mundo.

PON… UNA DE ARENA
En 1994, el destino estuvo a punto de acabar con uno de los máximos representantes del “horterismo” español, Raphael. Pero si aquel día la descarga eléctrica decidió darle una segunda oportunidad, una severa amonestación, el vocalista no pareció haber entendido el aviso y, como si nada, ha seguido manteniendo viva la llama del mal gusto.
Quizá ello explique los motivos por los que, unos años más tarde, en el 2003 para ser más precisos, el artista de Linares estuvo nuevamente a punto de perder la vida tras sufrir un grave problema hepático que, al final, se solucionó gracias a un transplante.
¿Cuántas oportunidades más tendrá el felino Raphael para rectificar; dejar de una vez la música y retirarse a un lugar aislado? Porque hasta ahora, la providencia le ha pegado unos cuantos sustos sin, para tanto (aquí no queremos mal a nadie), acabar del todo con una existencia que desde principios de los 60 inunda los centros comerciales, las gasolineras y las galas de televisión a base de discos en continuo desfase temporal.
En definitiva, aquí, el único escándalo, el único escandaloso es él. Ídolo de la tercera edad, dios de una generación en peligro de extinción, soñaría con ofrecer conciertos ante un público joven…
No obstante, todo ello quedará como un simple sueño, una fantasía imposible y Raphael va a tener que limitarse entonces a aburrir a los encorvados medio sordos de tres piernas. Y no sean mal pensados... me refiero al bastón; sí, al bastón.