
PIN... UNA DE CAL
Quien no sea capaz de dar una oportunidad a un grupo como Tokio Hotel sólo por la estética que llevan o por la juventud se sus componentes se pierde una de las mejores joyas musicales que ha dado la escena europea en los últimos años. Un poco lejos quedan ya los tiempos en los que éstos jóvenes de Magdeburgo se hacían llamar Devilish. Más tarde y debido al interés de Sony por su trabajo se cambiarían el nombre a Tokio Hotel, pero está claro que si un productor visionario de la talla de Peter Hoffman (Jewel, Faith Hill) se fijó en ellos es porque les vería algo del potencial que luego han demostrado poseer. Más tarde se rompería su acuerdo con Sony y pasaron a manos de Universal, que fue la encargada de editar ‘Schrei’. Con ella continúan a día de hoy.
Pocos grupos de su edad son capaces de hacer algo tan ecléctico y que a la vez llegue a tanta gente como ellos hacen. Los tachan de comerciales, de hacer baladitas, de emos, pero lo cierto es que a pesar de todas las críticas que reciben allá por donde pasan dejan una senda de seguidores increíble. Por otro lado, cuentan con la baza de tener al carismático y andrógino Bill Kaulitz al frente del combo, hacía años que no se veía a un artista tan joven hacer tal derroche de talento sobre las tablas.
Está claro que lo mejor está aun por llegar. De momento disfrutamos de un grupo que a pesar de su juventud ya nos ha dejado himnos inmortales como el increíble ‘Monsoon’, que han vendido millones de discos tanto en su país como en el resto del mundo y que tienen toda una vida por delante para madurar como banda, compositores y personas.
PON... UNA DE ARENA
Tengo bien claro una cosa. Si algún día me veo con un hijo bajo mi responsabilidad, jamás le dejaría acercarse a proyectos musicales de la bajeza de Tokio Hotel. Porque al igual que se aprende a leer y a escribir, la educación estética ha de empezar a ser valorada desde la más tierna edad. Sino luego, pasa lo que pasa. Uno interioriza el mal gusto, se acostumbra a él y, lo peor de todo, lo defiende como si se tratase del camino correcto.
No seré yo quien vaya a discutir la importancia de vivir en una sociedad libre de movimientos y regulada por una necesaria libertad de expresión. Sin embargo, cuando el pueblo, fácilmente influenciable, se deja llevar por los engaños de las grandes discográficas, entonces es cuando los especialistas han de intervenir para, al menos, intentar frenar la hemorragia cultural.
¿Qué pasará por la cabeza de los fans de esta formación germánica tan prefabricada como artificial? ¿Acaso esos cuatro adolescentes de ego reposando en las estrellas han aportado algo a la actualidad musical? Lejos de considerarse arte, su repertorio se aleja de cualquier partitura para pertenecer al mundo de los ruidos estridentes, causantes de tantos dolores de cabeza, nauseas y vómitos.
Tokio Hotel es la personificación por excelencia de la música arrastrándose por los subsuelos de la elegancia. Si yo fuese presidente del gobierno, haría con los discos de Tokio Hotel (¿y por qué no con ellos mismos?) como con los libros en Fahrenheit 451: ¡al fuego!