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Artículos - septiembre 2011

# lunes, 26 de septiembre de 2011 10:39

DAVID DEMARÍA

 

PIN... UNA DE CAL

Posiblemente se pueda ser mucho más moderno y transgresor que David DeMaría, tanto en el contenido como en la forma. Porque hoy en día parece que si no llevas gafas de sol fluorescentes, si no escribes melodías abstractas e insufribles, entonces quedas relegado al plano más caducado de la actualidad musical. Sin embargo, ya ha quedado demostrado que la inmensa mayoría de los seudo vanguardistas acaban desapareciendo para siempre en cuanto se desinfla su momento de gloria. Y al final, quedan los de siempre, los clásicos, los que optan por dar vida a canciones bonitas y llenas de sensibilidad.

A eso mismo se lleva dedicando David DeMaría desde que publicó su primer disco en 1997. En estos casi 15 años de carrera, además de recibir varios premios, el artista originario de Cádiz ya ha vendido más de 1 millón de copias. ¿Cuántos grupos de ahora, tan aplaudidos por la prensa británica y dichos indies consiguen mantenerse vivos durante tanto tiempo? Ya sabemos que en sus casos, después de un par de discos desaparecen para siempre…

Esto demuestra una cosa. Demuestra que David DeMaría está por encima del tiempo, por encima de las modas y de las tendencias musicales. Con esa filosofía, el vocalista de 35 años se ha convertido poco a poco en uno de los artistas más importantes de la escena nacional… Y lo que le queda.

 

PON... UNA DE ARENA

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¿Cuándo llegará el bendito día en el que los músicos sepan hacer la diferencia entre “poesía” y “cursilada”? Es muy irritante tener que estar escuchando una y otra vez textos pretenciosos que buscan emocionar mediante palabras huecas cuando lo único que consiguen es provocar arcadas. Que si el cielo, que si el sol, que si el mar, que si el corazón, que si las lágrimas, bla bla bla. ¿Acaso el castellano es un idioma tan pobre como para verse obligado a recurrir una y otra vez a esos términos tan empalagosos? Que se lo pregunten a Cervantes…

Entre los grandes abusones de ese léxico azucarado está David DeMaría con sus relojes de arena, sus barcos de papel, sus caminos de ida y vuelta o sus colores del destino. Un bombardeo de rimas baratas, de insultos a la creatividad que, sin embargo, logra derrumbar las fachadas de sus oyentes cuyos gustos dejan mucho que desear. Porque en cuanto te dejas engañar por textos como ‘Niña Piensa En Ti’ o ‘La Magia Del Corazón’, ambas incluidas en su último (y prescindible) álbum Posdata (2011), entonces queda claro que lo tuyo es ir a los parques de atracciones, hacer botellón y ver los programas estrella de Tele 5.

Al fin y al cabo David DeMaría es libre de hacer la música que le plazca, para eso vivimos en una supuesta democracia. Sin embargo, lo único que le pido es que deje de poner poses de poeta cuando lo único que hace es escupir sobre la lírica.

 

PIN... UNA DE CAL

Adolescente, sentía rabia y continuos ataques de celos cuando veía a los Red Hot Chili Peppers en revistas o en televisión. Lo tienen todo. Tienen el talento, tienen el carisma, tienen grandes canciones, tienen sex appeal y son incluso considerados los inventores de un nuevo género musical: el punk funk. Se trata, en definitiva, de un grupo total que reúne todas las condiciones necesarias para provocar la envidia de un chaval de instituto enfrentado a las inseguridades de esa etapa de la vida. Sin embargo, con el tiempo fui dejando la frustración a un lado y fui aprendiendo a disfrutar de la grandeza de esa formación que, además, me perseguía en cada momento. Sonaba constantemente, en las fiestas que organizaban los compañeros de clase, en la radio, en los discman de mis compañeros de autobús y, poco a poco, en mi propia habitación.

Todas las chicas se derretían hablando del torso de Anthony Kiedis, de lo guapo que era y el poster en el que el grupo posaba desnudo con calcetines como taparrabos quedó grabado en mi mente para siempre. Los Red Hot Chili Peppers son el sueño americano de cualquier teenager, de cualquier joven ambicioso con afán de grandeza y de éxito en el mundo del espectáculo. Casi tres décadas después de sus inicios, el cuarteto sigue en pie, sigue en forma. Prueba de ello, las entradas para su concierto de Madrid del próximo mes de diciembre volaron en cuestión de días.

Y tienen cuerda para rato…


PON... UNA DE ARENA

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Se supone que en la fundación de un grupo existe un interés deliberado por producir música. Y que la música es una ordenación alternativa de los sonidos en busca de una determinada belleza, la que sea. Para ser buena, la canción moderna -según dijo uno y varios repitieron- debe partir de una buena idea musical y contener una buena letra, una buena melodía y ‘algo más’. Precisamente, en ese ‘algo más’ desconocido es donde reside la magia. Pues bien, Red Hot Chili Peppers, en la actualidad, no cumple ni esta característica última… ni las anteriores.
A medida que el grupo vaciaba el frasquito de su inspiración, las canciones han ido virando hacia una instrumentación potencial y químicamente pura. Pero no estamos hablando de un grupo de versiones ni sus miembros son exclusivamente instrumentistas. Se supone que, antes que nada, deberían ser compositores. Y ahí es donde se produce el fallo, como evidencia su último disco. Está bien… pero no hay canciones. Gracias a este modo de subversión musical, posiblemente Red Hot Chili Peppers sea el único grupo en que el miembro más reconocible es un bajista, Flea.

Con los discos Blood sugar… y Californication sí justificaron estatus y anécdotas primitivas, como cuando, sin haber salido todavía de la escena angelina, una fan accedió al camerino después de un concierto, escurrió el sudor de una toalla en un vaso y se lo bebió.
Malo es confundir género con canción, pero, peor, supuesto virtuosismo con música. Yo recomendaría a Anthony Kiedis y compañía que encaminaran sus pasos hacia la música africana, donde, ahí sí, el ritmo es tan importante. Hace tiempo que sus toallas merecen una lavandería en vez de una garganta.

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