
PIN... UNA DE CAL
Adolescente, sentía rabia y continuos ataques de celos cuando veía a los Red Hot Chili Peppers en revistas o en televisión. Lo tienen todo. Tienen el talento, tienen el carisma, tienen grandes canciones, tienen sex appeal y son incluso considerados los inventores de un nuevo género musical: el punk funk. Se trata, en definitiva, de un grupo total que reúne todas las condiciones necesarias para provocar la envidia de un chaval de instituto enfrentado a las inseguridades de esa etapa de la vida. Sin embargo, con el tiempo fui dejando la frustración a un lado y fui aprendiendo a disfrutar de la grandeza de esa formación que, además, me perseguía en cada momento. Sonaba constantemente, en las fiestas que organizaban los compañeros de clase, en la radio, en los discman de mis compañeros de autobús y, poco a poco, en mi propia habitación.
Todas las chicas se derretían hablando del torso de Anthony Kiedis, de lo guapo que era y el poster en el que el grupo posaba desnudo con calcetines como taparrabos quedó grabado en mi mente para siempre. Los Red Hot Chili Peppers son el sueño americano de cualquier teenager, de cualquier joven ambicioso con afán de grandeza y de éxito en el mundo del espectáculo. Casi tres décadas después de sus inicios, el cuarteto sigue en pie, sigue en forma. Prueba de ello, las entradas para su concierto de Madrid del próximo mes de diciembre volaron en cuestión de días.
Y tienen cuerda para rato…

PON... UNA DE ARENA
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Se supone que en la fundación de un grupo existe un interés deliberado por producir música. Y que la música es una ordenación alternativa de los sonidos en busca de una determinada belleza, la que sea. Para ser buena, la canción moderna -según dijo uno y varios repitieron- debe partir de una buena idea musical y contener una buena letra, una buena melodía y ‘algo más’. Precisamente, en ese ‘algo más’ desconocido es donde reside la magia. Pues bien, Red Hot Chili Peppers, en la actualidad, no cumple ni esta característica última… ni las anteriores.
A medida que el grupo vaciaba el frasquito de su inspiración, las canciones han ido virando hacia una instrumentación potencial y químicamente pura. Pero no estamos hablando de un grupo de versiones ni sus miembros son exclusivamente instrumentistas. Se supone que, antes que nada, deberían ser compositores. Y ahí es donde se produce el fallo, como evidencia su último disco. Está bien… pero no hay canciones. Gracias a este modo de subversión musical, posiblemente Red Hot Chili Peppers sea el único grupo en que el miembro más reconocible es un bajista, Flea.
Con los discos Blood sugar… y Californication sí justificaron estatus y anécdotas primitivas, como cuando, sin haber salido todavía de la escena angelina, una fan accedió al camerino después de un concierto, escurrió el sudor de una toalla en un vaso y se lo bebió.
Malo es confundir género con canción, pero, peor, supuesto virtuosismo con música. Yo recomendaría a Anthony Kiedis y compañía que encaminaran sus pasos hacia la música africana, donde, ahí sí, el ritmo es tan importante. Hace tiempo que sus toallas merecen una lavandería en vez de una garganta.
