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El viernes estás en Barcelona para una reunión importante y
tienes todo planificado para quedarte el fin de semana y ver al Atleti, pero
una llamada te recuerda que el sábado es la comida/cena de Navidad con tus
amigos. Tras una ardua batalla mental, decides que tienes que ir, porque es el único
día del año que nos juntamos todos los amigos de toda la vida, con novias
incluidas, así que cancelas la reserva del hotel, el billete de vuelta y por la
tarde retorno a Madrid.
Estas de maravilla con tus amigos, a la mayoría les ves casi
todos los días y a otros no tanto, pero no dejas de mirar el reloj deseando que
llegue las hora de comienzo del partido. Entre mis amigos hay mucha gente del
Atleti, pero ninguno lo es tanto como para abandonar la velada y acompañarme a
ver a un partido a un bar que haya tele y que pongan el fútbol, cosa que en La Latina no es nada fácil de
encontrar.
No es demasiado problema porque yo para ver al Atleti no
necesito a nadie, somos como una pareja de enamorados que se pueden pasar toda
la tarde sentados en un parque sin hablar y son súper felices, además ya fui un
año abonado solo, sin nadie de mi familia, así que igual que entiendo que es
absurdo ir al cine solo, no pasa nada por ver a tu equipo sin compañía.
Pronto se pusieron bien las cosas, Maxi, ese grandísimo jugador,
al que en algún momento de la temporada pensé que habíamos perdido para siempre,
ha vuelto. El argentino, en forma, es el jugador de segunda línea más
desequilibrante del mundo. Siempre está donde tiene que estar, el problema es
que durante muchas semanas llegaba tarde a su sitio, no se le había olvidado
donde tenía que estar pero le faltaba esa chispa para llegar a tiempo. Pero con
él en forma de nuevo, el Atleti tiene uno de los ataques más temibles del
planeta, como dice Mariano “esos bestias de arriba”.
El resto del equipo es lo que todos sabemos, un medio del
campo que no sabe si tiene que atacar o defender y una defensa empeñada en hacer
permanente regalos de Navidad, lo cual, ante los grandes te mata, porque sus delanteros
no suelen perdonar, y ante los pequeños a veces te condena. No fue el caso en
Montjüic gracias a que Leo Franco estuvo soberbio todo el partido.
Este equipo tiene fe y pegada, lo cual es un cocktail
explosivo, porque cuando van decididamente a por un partido lo ganan. No acabo
de entender porque tenemos que estar siempre al filo de la navaja racaneando
con el resultado, porque cuando hizo falta volver a marcar, le creamos tres
ocasiones clarísimas al Espanyol. Sinama y Maniche no vieron puerta, pero Agüero
como un ciclón y el olfato de un jugador único como él, enmendó el error del
primer minuto de la segunda parte, para hacernos soñar con la magia de la Navidad.