Para los gordos, para los flacos, para los altos, para los bajos, para los que ríen, para los optimistas, para los pesimistas, para los que juegan, para las familias, para los reyes, para los magos, para los responsables, para los comprometidos, para los náufragos, para los de allá, para los que trabajan, para los de acá, para los del fondo, para los de la 0. Para todos. Grande Atleti.
Pero sobre todo, para Forlán. El uruguayo se echó el equipo a la espalda y cuando nadie creía, ni si quería los optimistas, él se mostró inasequible al desaliento, tuvo fe y volvió a demostrar que es el mejor profesional que hay en la plantilla y una de las personas más grandes que cualquiera nos podamos haber echado a la cara en nuestra vida.
No es ya sólo que en un gol calcado al del día del Barça y Villarreal se haya cimentado una remontada similar. Es su espíritu, su hambre, la brega, la manera de lucharlas todas, de subir, de bajar, de llegar el primero en un contraataque del rival tras un corner propio, de llegar el primero en un contraataque propio tras un corner del rival, de animar a los demás cuando te meten el segundo y de dar un ejemplo magnifico a la humanidad. Con fe, esfuerzo y tesón los resultados llegan.
No creo que hubiese un alma en el Calderón, además de Forlán, que creyese en la remontada. El varapalo había sido demasiado duro y condensado. En apenas dos minutos, una expulsión y dos goles. Demasiado castigo para un equipo que tampoco había demostrado nada hasta ese momento con once y que pocos visos tenía de cambiar de cara con diez. Kameni había sido durante toda la primera parte un espectador más, porque el Atleti con este 4-2-4 se atasca y es incapaz de construir y elaborar.
Pero ante la falta de capacidad creativa del centro del campo, a este equipo lo que mejor le va es el coraje. Ese coraje al que le van de perlas los zapatazos de Forlán, que surgen como un acicate que hace despertar al resto. Tras el primero, empujó el Atleti, apretó, ocupó todo el terreno de juego y nadie se dio cuenta de que jugaba con un hombre menos.
Simao, Kun y Forlán se intercambiaban posiciones de maravilla, frente a la rigidez que exige jugar con dos extremos, la movilidad de los tres volvía loca a la defensa periquita. Llegó el empate y el Calderón empezó a creer y empujó como nunca y a servidor, que es un blando, se le caían las lágrimas de los ojos cuando todo el campo gritaba con las bufandas al viento. El empate no servía para demasiado, pero esta gente es la leche.
Salió Banega y se empezó a tocar con más criterio. El argentino se ofrecía a todas, en el centro, en las bandas, entre los centrales. Siempre que había un apuro allí aparecía Ever para mostrar una solución. El Atleti seguía apretando, con movilidad en ataque, se sucedían faltas y corners pero no éramos capaces y la gente no sabía si seguir creyendo. Hasta que Simao le puso una magnífica a Forlán y el uruguayo no podía fallar.
La locura llegaba al césped y las gradas, los atléticos que durante buena parte de la noche veían que se escapaba definitivamente la Champions se abrazaban. Todos eran uno, todos un escudo y todos esos niños atléticos desde los 1 hasta los 99 años miraban a su padre allá donde estuviese y le decían “Papá, ya se porque somos del Atleti”.
P.D.: esta crónica está dedicada a todos los que en el descanso hemos dicho que el año que viene no renovábamos.