Qué raros somos los seres humanos. Resulta que el presidente USA, George Bush, es un llorón de tomo y lomo cuando creíamos que era un berzotas, impasible ante la desgracia ajena. Pero no. Por un quítame allá esas pajas se convierte en una plañidera, que produce más moco que un saco de caracoles. Al menos eso cuenta el libro Certeza absoluta, donde aparece tierno, dulce y solidario, amigo de sus amigos y leal hasta la muerte. Qué cosas.
A este señor le ocurre todo lo contrario que a Kate McCann, la madre de la niña más famosa del mundo, Madeleine. Cuando lo suyo sería que echara por sus ojos ríos de lágrimas ante tamaña tragedia, jamás, en ninguna foto, en ninguna entrevista, ha emitido ni un sollozo, ni tan siquiera ha esbozado un puchero. El padre, Gerry, tampoco. Son como témpanos.
Ahora los padres, acompañados en todo momento por sus asesores de comunicación, son sospechosos de la muerte de la niña en medio de una campaña mediática sin precedentes.
Si resulta cierta la investigación de la policía portuguesa, con la ayuda incondicional de la británica, menudo patinazo para el Papa, que recibió a los compungidos padres con los brazos abiertos. Tanto es así que, por si las moscas, la página oficial del Vaticano ha retirado el enlace a la web de Madeleine.
El abuelo materno de la criatura ha echado más leña al fuego al apuntar que los padres solían dar a los niños un sedante, Calpol, derivado del paracetamol, para que durmieran tranquilos. Una práctica poco ejemplar para una pareja de médicos. Menos mal que la tía Philomena, en esa familia se han acostumbrado a hablar ante los medios con una facilidad pasmosa, ha mostrado su apoyo incondiconal a los sospechoso.
El jarro de agua fría ha sido el olor a cadáver que identificaron los perros policías enviados por Scotland Yard en el peluche de Madeleine, en un vaquero y una camisa de su madre y en su Biblia. La pareja de english springer spaniel, entrenados a partir de restos humanos y de animales como conejos o ratas, también encontró olor a muerto en la llave del coche que los McCann alquilaron veinticinco días después del supuesto secuestro de su hija. Para más colmo, en el maletero descubrieron gotas de sangre de la pequeña. Enigma tras enigma.
La popularidad y compasión que han sentido hasta ahora los McCann, que han reunido un millón y medio de euros en donaciones, comienza a desvanecerse.