Cuando uno es artista, pierde la noción del tiempo. A Miquel Barceló le encargaron hacer algo con la cúpula de una sala de las Naciones Unidas en Ginebra, de la que España se adjudicó su embellecimiento. La Sala de la Alianza de Civilizaciones, dióle de nombre Zapatero.
En abril de 2007 el pintor mallorquín se puso manos a la obra asegurando que a finales de ese mismo año estaría terminada. Mira que le advirtieron que de no ser así, España tendría que abonar los gastos de las reuniones que no pudieran celebrarse en ese lugar.
Pues el retraso ha sido de once meses, o sea, una pasta. La obra resultó ser un obrón. “Calculé mal”, dijo Barceló, y la cúpula se convirtió en una pesadilla porque decorar 1.400 metros cuadrados de techo abovedado tiene lo suyo.
Afortunadamente ya está terminada y se inaugurará en breve, lo que se celebró con una rueda de prensa encabezada por el ministro de Exteriores. La pregunta era de rigor: “¿Cuánto ha costado la cúpula?”. Moratinos miró para otro lado pero como quiera que los periodistas se pusieron pesaditos, respondió solemne: “El arte no tiene precio”.
Hechas las pertinentes averiguaciones, la cupulita ha costado 20 millones de euros. Y digo yo, si esa va a ser la sala de la Alianza, si allí se van a discutir la pobreza, el hambre, la enfermedad, de los desfavorecidos, ¿por qué no hemos hecho algo baratito y el resto lo habíamos metido en una hucha para la solidaridad internacional?